Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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La Bodega
No la dejó irse.
Después de decirle "veremos si te dejo ir", Pietro Valero no le abrió la puerta. No con llave. La dejó cerrada con el viento, pero se paró delante de ella, con la copa en la mano, bloqueando la salida con su cuerpo.
Isabella no pidió que se quitara. Si se quitaba, se rompía la magia.
—Son las doce — dijo él mirando su reloj de oro viejo —. No vas a volver caminando con menos doce grados y la nieve hasta la rodilla. Te vas a morir en mi viñedo y no quiero tener que explicarle a los carabinieri por qué hay una escritora bella congelada en mis uvas. Duerme acá. Arriba hay cuartos. O duerme acá, en mi sala. Yo no toco a mujeres que no me lo piden.
—Yo no te pedí nada — dijo Isabella.
—Me pediste dos vinos — contestó él —. Viniste a mi casa de noche, mojada, con un suéter pegado. Eso es pedir, aunque no lo digas.
Isabella se rió. Por primera vez
—Soy dueño de una empresa de vino — dijo Pietro —. Manipular es mi trabajo. Ven. Te voy a mostrar algo. Si te vas a quedar todo el invierno en mi pueblo, tienes que entender de dónde viene mi poder.
La agarró de la muñeca. No de la mano. De la muñeca. Con fuerza, pero sin hacer daño. Con esa posesión que él mismo había confesado: _yo no amo, yo poseo._
La llevó por un pasillo de piedra. Abrió una puerta pequeña de madera que parecía una alacena. Detrás había escaleras que bajaban. Piedra húmeda. Olor a tierra mojada y a roble. Frío más frío que afuera.
—Mi bodega — dijo —. 300 años. Acá abajo están mis Brunellos. Cada botella vale 500 euros. Acá abajo está todo lo que soy.
Bajaron. La bodega era infinita. Arcos de piedra, barricas gigantes de roble francés alineadas como ataúdes, botellas acostadas con polvo de décadas. Una sola luz amarilla colgando.
Hacía un frío que cortaba los huesos. Isabella se abrazó sola porque él la había soltado.
Pietro fue hasta una barrica que tenía escrito con tiza: _Riserva 1979 - P.V. - Non toccare._
—Este es el vino que te di — dijo —. 1979. El año que nací yo. Mi padre lo hizo para mí. Me dijo: "Cuando encuentres a una mujer que te haga querer abrir esta barrica, ábrela. Porque esa mujer vale más que el vino". Nunca la abrí. Ni siquiera cuando me casé. Mi esposa nunca me hizo querer abrirla.
Agarró un vaso de cristal largo, de esos que usan los enólogos, lo metió directo en la barrica. Sacó vino tinto, casi negro.
—Prueba — dijo, dándoselo.
Isabella tomó. Era diferente a la botella. Más fuerte. Más vivo. Le quemó la garganta y luego le dejó un sabor a chocolate amargo y a tierra.
—Es adictivo — susurró.
—Como yo — dijo Pietro, muy cerca de ella ahora, en la oscuridad de la bodega.
Y entonces pasó.
La puerta de arriba, la de madera que parecía alacena, se cerró de golpe por el viento que bajaba de la villa. Se escuchó un _clack_ seco.
Pietro subió dos escalones y empujó. No abrió.
—Se trabó — dijo —. Esta puerta tiene 300 años. Se hincha con el frío. A veces se traba por dentro.
Isabella sintió un poco de miedo al fin. Estaban encerrados en una bodega subterránea, a menos cinco grados, sin teléfono, sin que nadie supiera que estaba ahí, con un hombre que todos en el pueblo temían.
—Pietro — dijo —. Ábrela.
—Estoy intentando — dijo él, empujando con el hombro. No abría.
Se dio la vuelta. La miró. Estaban a un metro, en la semipenumbra, con una sola luz amarilla.
—Va a venir mi encargado mañana a las seis de la mañana a revisar la temperatura — dijo con calma —. Faltan seis horas. No nos vamos a morir. Pero vamos a tener frío.
Se quitó el abrigo negro largo y se lo puso a Isabella sobre los hombros. Olía a él. A vino y a perfume caro y a leña.
—Ponte esto — ordenó.
Isabella se lo puso. Le llegaba hasta los pies. Estaba caliente por su cuerpo.
—Ahora siéntate — dijo él, señalando una barrica —. Y cuéntame por qué huyes. Porque si vamos a estar encerrados seis horas, quiero saber a quién le voy a tener que cobrar por haberte traído a mi pueblo.
Isabella se sentó en la barrica. El abrigo de él la cubría entera.
—Huyo de no sentir nada — dijo al fin, después de un silencio largo —. En Lima no sentía nada. Ni con mi novio, ni escribiendo. Estaba muerta. Mi editora me dijo que mis novelas no tienen sangre. Que escribo bonito pero sin hambre. Y yo quiero tener hambre. Quiero sentir algo que me asuste. Como tu mirada. Tu mirada me asusta.
Pietro se sentó frente a ella, en otra barrica. Se quedaron rodilla con rodilla. En la bodega fría, se veía el vapor de sus respiraciones.
—¿Te asusta mi mirada? — preguntó.
—Sí.
—Bien — dijo —. Porque a mí me asusta tu belleza. Y no me había asustado nada desde que murió mi esposa.
Se acercó. Le quitó el vaso de vino de la mano y lo puso en el piso. Le agarró las dos manos. Sus guantes ya no estaban. Sus manos estaban calientes, grandes, con algunos callos de trabajar la tierra, aunque fuera dueño.
—Isabella — dijo, y era la primera vez que decía su nombre sin burla, sin posesión, solo su nombre —.
Yo tengo casi 42 años. Tú tienes 26. Yo soy respetado en este pueblo porque todos me tienen miedo. Tú eres una desconocida que llegó con una maleta roja y me miraste sin miedo cuando todos bajan la cabeza. ¿Sabes lo que eso le hace a un hombre como yo que lleva cuatro años sin sentir nada?
Isabella no contestó. No podía. El corazón le latía tan fuerte que se escuchaba en la bodega.
Pietro le soltó una mano y le tocó el pelo rizado, mojado todavía. Un mechón. Solo un mechón. Con delicadeza. Como si tocara una uva que no quiere romper.
—Me vuelve adicto — susurró —. Como el vino. Peligroso y adicto. Así te dije que sería. ¿Te acuerdas? En tu cabeza, cuando pensaste mi historia. Dijiste que querías un amor peligroso y adicto. Acá lo tienes.
Isabella cerró los ojos. No de miedo. De entrega.
—Pietro — dijo —. Si nos quedamos acá seis horas, y tú me sigues mirando así, yo no me voy a ir en primavera. Me voy a quedar.
—Lo sé — dijo él —. Por eso dejé las dos botellas. Porque sabía que vendrías. Y sabía que si venías a mi casa, no te dejaría ir.
Afuera, arriba, la nieve seguía cayendo sobre Montalcino, tapando Via della Fortezza 3, tapando el camino de vuelta. Encerrándolos más.
Adentro, en la bodega de 300 años, con menos cinco grados, con un abrigo negro compartido, con dos copas de Brunello 1979 a medias, Isabella apoyó su cabeza en el hombro de Pietro Valero. El hombre más temido y respetado de la Toscana. Viudo. Peligroso.
Y Pietro Valero, por primera vez en cuatro años, desde que su esposa se tiró del caballo, apoyó su cabeza sobre la de una mujer y cerró los ojos.
No se besaron. No hacía falta. La adicción no empieza con un beso. Empieza con quedarse.
Y ya se habían quedado.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭