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La Muda Del Serrallo

La Muda Del Serrallo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Venganza / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Prólogo

La noche olía a tierra mojada y a humo de leña. Ayla se agachó detrás del muro del jardín, el cuchillo corto apretado contra la palma. Su hermano mayor, Tarek, le hizo una seña con dos dedos. Ella asintió. No hacía falta hablar. Nunca había hecho falta.

Llevaba diecinueve años sin voz. Nació así, después de que su madre se asustara de más durante el parto. El médico del reino dijo que las cuerdas vocales estaban bien, pero algo se había roto adentro. Ayla no lloró. Solo miró. Y desde entonces aprendió a mirar más que nadie.

Tarek le había enseñado a pelear en ese mismo jardín. Primero con ramas, después con cuchillos de madera, luego con acero real escondido bajo las ropas. “Si no puedes gritar, al menos puedes cortar”, le decía. Ella practicaba hasta que los brazos le temblaban. Por su madre. Por sus hermanos. Por no ser una carga.

Esa noche el viento traía otro olor. Caballos. Muchos.

Los gritos empezaron en la puerta principal. Hombres con antorchas. Voces extranjeras. El metal chocando. Ayla se pegó al muro y vio a su hermano menor salir corriendo del pabellón. Un hombre con turbante oscuro le atravesó el pecho antes de que llegara a la fuente. Tarek salió detrás, espada en mano. Duró poco. Tres contra uno. Cayó de rodillas, la sangre le manchaba la camisa blanca.

Ayla no gritó. No podía. Solo contó los cuerpos que caían. Su madre apareció en la terraza alta, el cabello suelto, el vestido de noche. Intentó hablar con los invasores. Le cortaron el cuello en menos de un segundo. El cuerpo rodó por las escaleras de piedra.

Ayla se quedó quieta. El cuchillo le temblaba. Quiso salir. Quiso pelear. Pero Tarek le había dicho mil veces: si estás sola, sobrevive. Sobrevive y después cobra.

Se arrastró por el canal de riego hasta el establo. Se escondió bajo la paja, junto a las cabras que balaban asustadas. Escuchó pasos. Voces. Órdenes en un idioma que no conocía del todo, pero entendía lo suficiente. Buscaban mujeres. Jóvenes. Vivas.

La sacaron de la paja a patadas. Un soldado la agarró del brazo y la miró a la cara. Ella le sostuvo la mirada. El hombre se rió.

—Esta no habla —dijo a otro—. Muda. Vale menos, pero sirve.

La ataron con las demás. Doce mujeres del reino. Algunas lloraban. Otras se mordían los labios hasta hacerse sangre. Ayla no hizo nada. Solo caminó. El polvo de la carretera le entraba en la boca. El sol salió rojo sobre las colinas. Detrás dejaron el castillo ardiendo.

Durante tres días caminaron. Por las noches las metían en carpas. Los soldados se turnaban. Ayla aprendió rápido dónde mirar y dónde no. Cuando uno se acercó demasiado, le clavó el codo en la garganta. Le costó un golpe en la cara, pero no se acercó más.

Al cuarto día vieron las murallas de Zafira. Altas. Blancas. Con torres de oro que brillaban aunque el cielo estuviera nublado. El sultán Kael había ganado otra guerra. Su ejército traía regalos: oro, caballos, y mujeres.

Las llevaron al harén por una puerta lateral. Una eunuca gorda las revisó una por una. Cuando llegó a Ayla, le abrió la boca a la fuerza, le tocó los pechos, le miró entre las piernas.

—Sin marca de nobleza. Sin joyas. Muda. La mandamos a la cocina o a fregar suelos.

Ayla bajó la cabeza. Por dentro contaba los rostros. El soldado que mató a Tarek. El que empujó a su madre. El que se rió cuando la sacaron de la paja. Todos estaban ahí, caminando por los pasillos del palacio como si nada.

Esa primera noche la acostaron en un colchón delgado junto a otras seis esclavas. El olor a aceite de rosa y a sudor se mezclaba. Alguien sollozaba en la oscuridad. Ayla cerró los ojos y repitió el juramento que se había hecho en el jardín, mientras la sangre de su hermano se secaba en las piedras:

Voy a vivir.

Voy a aprender cada pasillo.

Voy a esperar.

Y cuando llegue el momento, ninguno de ellos va a oír venir la muerte.

Porque ella no necesitaba voz para matar.

Solo necesitaba tiempo.

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