Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 18
Santiago se puso de pie con aplomo. El saco impecable, la mirada concentrada. Avanzó medio paso y abrió el expediente que tenía preparado.
—Señoría —su voz era serena pero contundente—, presentamos como pruebas de la infidelidad del demandado fotografías, videos y grabaciones de conversaciones.
En la pantalla grande se reprodujo un video. Todos los presentes pudieron ver con nitidez a Adrián sentado con Lorena en el regazo; se reían, se besaban, se abrazaban con descaro. Como si el mundo les perteneciera solo a ellos.
Un rumor encendido recorrió la galería. Adrián hundió la cabeza; el rostro le ardía.
—Dios santo. Hasta eso hicieron —cuchicheó alguien.
—Es descaradísimo.
Después, las imágenes pasaron a la escena en que Adrián y doña Carmen planeaban poner a su nombre los bienes de Valentina. La última grabación mostraba la reunión de ambas familias para discutir la boda de Adrián y Lorena, y el divorcio con Valentina. Cada una de sus maquinaciones quedó al descubierto.
—¡Eso es mentira! —vociferó doña Carmen, fuera de sí.
Las caras de la familia de Adrián y la de Lorena se crisparon. Se habían pasado semanas defendiéndose y tachando todo de calumnia fabricada por Valentina.
—Además —continuó Santiago—, presentamos evidencia de falsificación de informes médicos, así como de la administración de un anticonceptivo anti-ovulatorio a nuestra clienta sin su conocimiento.
—¿Qué significa eso? —le susurró una vecina de Lorena a la esposa del jefe del barrio.
—Que le daban un medicamento a Valentina para que no pudiera embarazarse —respondió la mujer.
—¿¡Qué!? Con razón Valentina no quedaba embarazada, y eso que llevan cinco años de casados.
—Qué crueldad.
Un murmullo indignado recorrió la sala. La gente maldecía a Adrián entre dientes y compadecía a Valentina.
Valentina bajó la mirada. Las manos le temblaron apenas, pero no dijo nada. En un rincón de su corazón se agolpaban la tristeza y la devastación. Sentía que le habían arrebatado la posibilidad de ser mujer en toda la extensión de la palabra.
—Y por último, Señoría —la voz de Santiago se volvió más incisiva—, existen pruebas de desvío de fondos de la cuenta mancomunada y del capital de trabajo, ambos propiedad de nuestra clienta.
—Aparte de infiel, el señor Adrián resulta también ladrón —soltó alguien desde la primera fila.
—Con razón le daba tanta plata y tantos regalos a Lorena; era dinero robado.
—¡Cielos...! Pobre Valentina. Le pusieron los cuernos y encima le saquearon todo.
* * *
Un mes más tarde llegó el fallo. Valentina se presentó tranquila, sin la tensión que la había embargado en las audiencias previas.
Todo lo contrario de Adrián y doña Carmen. Ambos lucían tensos, con la expresión endurecida. Cada vez que sus ojos tropezaban con los de Valentina, desviaban la mirada de inmediato.
La asistencia del público era aún mayor. Desde el primer juicio, el caso de Adrián y Valentina no había hecho más que ganar notoriedad. Ahora todos querían conocer la decisión del juez.
El juez recorrió la sala con gravedad; la gente cuchicheaba sin parar. Segundos después, golpeó el mazo. El silencio fue absoluto.
—Tras evaluar la totalidad de las pruebas presentadas —declaró el juez con firmeza—, este tribunal determina que el demandado incurrió en faltas graves dentro del matrimonio.
Adrián se tensó como una cuerda a punto de reventar. Se le fue el color de la cara; el sudor le brotaba por todo el cuerpo. Como si le estuvieran arrancando el alma.
—Por lo tanto, este tribunal concede la demanda de divorcio interpuesta por la demandante.
La voz del juez resonó clara, categórica e irrevocable.
Los vecinos presentes, al escuchar el fallo, estallaron en aplausos al unísono, hasta que el juez les pidió orden.
Valentina cerró los ojos un instante. Por fin se acabó, pensó, aliviada.
—Asimismo —prosiguió el juez—, se otorga a la demandante la mayor parte de los bienes gananciales, en atención a su contribución y a las pruebas legítimas de propiedad.
Adrián se quedó con la boca abierta, mudo. La cabeza le estalló de golpe, el cuerpo se le aflojó y el pecho se le comprimió. Todo lo que había maquinado se derrumbó en un solo fallo.
—¡Se levanta la sesión! —anunció el juez. El golpe del mazo selló el final.
—¡Felicidades, Valentina! —le gritó una vecina.
—Al fin la justicia se puso del lado de quien la merece —murmuró don Ramón con satisfacción, y los demás asintieron.
Valentina abrió los ojos despacio. No sonrió ni tampoco lloró. Solo sintió que la losa que cargaba en el pecho por fin se levantaba.
—Gracias, Santiago. Esto es justo lo que esperaba —le dijo a su abogado.
—Porque usted se lo merece, Valentina. Todo eso es suyo por derecho.
Valentina se levantó, seguida de Santiago. Salieron juntos de la sala. No hubo más lágrimas. Su corazón parecía haber cruzado ya el límite del dolor.
Mientras tanto, Adrián seguía desplomado en su asiento, envuelto en el abrazo de doña Carmen, que se deshacía en un llanto desgarrador. Ambos estaban devastados por no haber obtenido nada de los bienes gananciales. Hasta un momento antes, se habían ilusionado con quedarse la mitad del patrimonio de Valentina.
—¡Para celebrar el día de hoy, te invito a comer algo rico! —anunció Santiago con una sonrisa amplia.
Valentina se quedó callada un segundo, procesando lo que acababa de oír.
—¿Usted me invita? ¿No debería ser al revés... que yo lo invite a usted? —Valentina se señaló a sí misma.
Santiago la llevó a un restaurante de comida regional. El menú cambiaba cada día, pero la sazón era siempre extraordinaria.
—Y ahora, ¿qué piensa hacer? —preguntó Santiago, curioso. La observaba con atención.
—Hmm, dedicarme a la granja y aumentar las ventas de pollo —contestó Valentina con ánimo renovado.
—¿Y en cuanto a vivienda? —insistió Santiago.
La sonrisa de Valentina se fue apagando. Alguna vez pensó en buscar una casa propia, pero por ahora tenía planes de expandir la granja.
—Si busca un lugar cómodo y seguro para vivir, tengo una recomendación —añadió el abogado.