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Volví quince años después y mis hijos me odian

Volví quince años después y mis hijos me odian

Status: En proceso
Popularitas:270
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Cap 5 — Emiliano, el desconocido

Isabel se despertó a las tres de la mañana porque alguien le estaba agarrando la mano.

Abrió los ojos. Emiliano estaba sentado en el borde del sofá de la sala, donde ella le había ordenado dormir, pero se había arrastrado hasta el sillón donde ella se quedó dormida revisando álbumes de fotos. Tenía los ojos abiertos y le estaba apretando la mano como si tuviera miedo de que desapareciera.

—Emi, ¿qué haces?

—Nada. —No le soltó la mano—. Me desperté y quería asegurarme de que estabas aquí.

—¿A las tres de la mañana?

—Sí.

Isabel lo miró. Este hombre de cuarenta y tres años, que manejaba un imperio multimillonario y hacía temblar a los ejecutivos con una sola mirada, estaba sentado en la oscuridad sujetándole la mano como un niño asustado.

—Emi, estoy aquí. No me voy a ir.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo. Ahora vete a dormir.

—¿Puedo dormir aquí?

—No. Sofá. Ya te lo dije.

—Pero...

—Sofá.

Emiliano volvió al sofá arrastrando los pies. Isabel lo escuchó acomodarse, suspirar, moverse, suspirar otra vez. Cinco minutos después estaba dormido.

Isabel se quedó despierta un rato más, mirando el techo.

¿Cuántas noches habrá pasado así estos quince años? ¿Cuántas veces se habrá despertado a las tres de la mañana buscándome?

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A la mañana siguiente, Isabel bajó a la cocina y encontró a Emiliano ya vestido, afeitado, con un café en la mano y el teléfono pegado a la oreja.

No parecía el mismo hombre de las tres de la mañana.

—No me importa lo que diga el contrato —decía con voz plana, sin alzarla—. Quiero esa cláusula cambiada antes del mediodía. Si a las doce no está en mi escritorio, busco otra firma.

Colgó sin despedirse.

—Buenos días —dijo Isabel.

Emiliano la vio y su cara cambió por completo. La mandíbula se relajó, los ojos se ablandaron, y una sonrisa le cruzó la cara.

—Buenos días, mi Isa. ¿Dormiste bien? ¿Quieres café? Te lo preparo yo. ¿Con leche? ¿Sin leche? ¿Desayunaste?

Isabel parpadeó. Era como ver a dos personas distintas en el mismo cuerpo.

—Con leche, gracias.

Emiliano le preparó el café con una dedicación absurda. Le puso la cantidad exacta de leche, revolvió despacio, le acercó la taza con las dos manos como si fuera una ofrenda.

—¿Así está bien? ¿No está muy caliente? ¿Quieres que le ponga azúcar?

—Está perfecto, Emi. Es solo un café.

—No es solo un café. Es tu café.

Isabel lo miró. Este hombre hablaba en serio. Para él, un café para Isabel era un evento importante.

Emiliano sonrió como si le hubieran dado un premio.

En ese momento entró Santiago. Se sirvió un vaso de agua sin mirar a nadie y se sentó en la barra.

—Buenos días, Santi —dijo Isabel.

Santiago asintió con la cabeza. No dijo nada, pero tampoco se fue. Eso ya era algo.

Emiliano miró a su hijo.

—¿A qué hora tienes clase?

—A las nueve.

—Te mando el carro a las ocho y media.

—No necesito carro. Tengo el mío.

—El tuyo tiene una llanta baja.

—Entonces la cambio.

—Te mando el carro.

Santiago lo miró con una expresión que Isabel conocía demasiado bien: era la misma cara que ponía Emiliano cuando alguien lo contradecía en los negocios.

—No necesito tu carro, papá.

—Te lo mando igual.

Santiago se levantó, dejó el vaso en el fregadero y se fue sin decir una palabra más.

Isabel observó toda la escena sin intervenir. Cuando Santiago desapareció por la puerta, miró a Emiliano.

—¿Siempre es así entre ustedes?

—¿Así cómo?

—Así. Tú das una orden, él la rechaza, tú insistes, él se va.

Emiliano se encogió de hombros.

—Es un muchacho independiente.

—No es independiente, Emi. Te está diciendo que no quiere nada de ti. Y tú no estás escuchando.

Emiliano frunció el ceño.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que le ruegue?

—Quiero que le preguntes cómo está. Que le digas algo que no sea una orden.

Emiliano abrió la boca para responder, pero su teléfono sonó. Lo miró.

—Tengo que tomar esta llamada.

—Emi...

Pero ya estaba hablando. Y su voz volvió a cambiar: fría, cortante, sin una gota de la dulzura que le daba a Isabel.

—Dile a Fernández que si vuelve a llegar tarde a una reunión, no hace falta que llegue. ¿Quedó claro?

Colgó.

Isabel lo miró.

—¿Qué? —preguntó Emiliano, notando su expresión.

—Nada. Es que me cuesta trabajo entender cómo puedes ser tan dulce conmigo y tan duro con todos los demás.

—Porque tú eres tú. Los demás son los demás.

Lo dijo con total naturalidad, como si fuera la cosa más obvia del mundo.

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Esa mañana, Isabel decidió hablar con Don Refugio a solas.

Se sentaron en el estudio con la puerta cerrada. Emiliano se había ido a la Torre Salazar, pero antes de irse le dio un beso en la frente, le dejó una nota en la mesa del café que decía "vuelvo pronto, no te muevas", y le mandó tres mensajes en los primeros diez minutos del camino.

Isabel había contestado a uno. A los otros dos les puso un corazón y apagó las notificaciones.

—Cuco, necesito que me cuentes todo. Cómo fue Emiliano como padre estos quince años. Sin adornar. Sin protegerlo. La verdad.

Don Refugio suspiró. Se frotó las manos como si estuviera buscando las palabras correctas. Luego se sentó derecho, como si estuviera dando un testimonio formal.

—Cuando usted desapareció, señora, el señor se pasó el primer año en un barco buscándola. Recorrió medio Pacífico. Gastó una fortuna. No comía, no dormía. Los empleados decían que estaba perdiendo la cabeza.

—¿Y los niños?

—Al principio se llevó al joven Santiago al barco. Pero el niño tenía seis años, señora. Se enfermaba del estómago por el mar. Lo mandó de vuelta a las tres semanas. A los gemelos los dejó con niñeras.

Isabel apretó los labios pero no dijo nada.

—Después, cuando volvió del mar, se metió de lleno en el trabajo. Decía que si hacía más grande el Grupo Salazar, tendría más recursos para buscarla. Y eso hizo. Triplicó el valor de la empresa en cinco años. Pero en esos cinco años apenas vio a sus hijos.

—¿Los visitaba en el internado?

—Iba a veces, señora. Pero no se quedaba mucho. Llegaba, firmaba las boletas, revisaba las calificaciones, les compraba lo que pidieran. Si necesitaban algo, se lo resolvía con una llamada. Pero no se sentaba con ellos. No les preguntaba cómo estaban. No sabía cómo hacer eso.

—¿Y ellos?

—El joven Santiago dejó de llamarlo "papá" a los diez años. Empezó a decirle "señor". La señorita Luna se fue al otro extremo: le pedía dinero para todo, porque era la única forma en que él respondía. Y el joven Sol...

—¿Qué pasó con Sol?

—Sol se peleó con un compañero del internado a los once años. Le rompió la nariz. El señor fue a la escuela, pagó la cuenta del hospital, y se fue. No le preguntó a Sol por qué lo había hecho.

—¿Y por qué lo hizo?

—Porque el compañero dijo que su mamá estaba muerta y que a nadie le importaba.

Isabel cerró los ojos.

Se quedó así un momento, sin hablar. Don Refugio esperó en silencio.

—Gracias, Cuco —dijo por fin—. Puedes irte.

Don Refugio se levantó, pero se detuvo en la puerta.

—Señora, si me permite decir una cosa.

—Dime.

—El señor no es un mal hombre. La quiere a usted más que a nada en el mundo. Pero cuando usted se fue, se le olvidó que querer a alguien más no significa querer menos a otro.

Isabel asintió.

Don Refugio salió y cerró la puerta.

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Esa noche, cuando Emiliano volvió de la oficina, Isabel lo estaba esperando en la sala.

—Emi, siéntate. Tenemos que hablar.

Emiliano se sentó. Algo en la cara de Isabel le dijo que esta conversación no iba a terminar con un beso.

—¿Sabías que Sol le rompió la nariz a un compañero a los once años porque el chico dijo que su mamá estaba muerta?

Emiliano no respondió.

—¿Lo sabías?

—Sabía que se peleó. No sabía por qué.

—Porque no preguntaste.

Silencio.

—Y Santiago dejó de llamarte papá a los diez años. ¿Sabías eso?

—Sí.

—¿E hiciste algo al respecto?

—¿Qué iba a hacer, Isa? No puedo obligar a un niño a llamarme papá.

—No, pero puedes sentarte con él y preguntarle qué le pasa. Puedes ir a sus partidos, a sus eventos, a sus cumpleaños. ¿Fuiste a algún cumpleaños, Emi?

Emiliano bajó la cabeza.

—Estaba buscándote.

—Lo sé. —La voz de Isabel se suavizó—. Sé que estabas buscándome. Y sé que eso te costó todo. Pero mientras me buscabas a mí, los perdiste a ellos.

—No los perdí.

—Santiago te dice "señor". Luna solo te llama cuando necesita dinero. Sol lleva seis meses en un campamento y no has ido a verlo ni una vez. Eso es perderlos, Emi.

Emiliano se pasó las manos por la cara. Cuando las bajó, tenía los ojos rojos.

—No sabía cómo ser padre sin ti —dijo en voz baja—. Tú eras la que sabía qué hacer. Yo solo sabía trabajar.

Isabel lo miró.

El hombre más poderoso de Ciudad Brisa, el presidente del Grupo Salazar, el que hacía temblar a medio mundo empresarial con una llamada, estaba sentado frente a ella con los ojos rojos diciéndole que no sabía ser padre.

Le agarró la mano. Se la apretó fuerte.

—Pues vas a aprender. Porque yo no puedo arreglar esta familia sola. Necesito que estés presente. No con dinero, no con carros, no con órdenes. Presente. ¿Entiendes?

—Sí.

—Mañana vas a llamar a Santiago y le vas a preguntar cómo le fue en la universidad. No le vas a mandar un carro. Le vas a preguntar cómo está.

—¿Y si no me contesta?

—Le vuelves a llamar al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Hasta que conteste.

Emiliano asintió.

—¿Puedo dormir en la cama hoy?

—No.

—Pero ya van tres noches...

—Y van a ser cuatro. Buenas noches, Emi.

Emiliano se fue al sofá sin protestar.

Isabel subió a la suite y cerró la puerta. Se sentó en el borde de la cama y miró el teléfono. Tenía un mensaje de Santiago.

"Gracias por los huevos que le dejó a Luna. Se los comió todos aunque dijo que no iba a comer."

Isabel sonrió.

Santiago vigila a su hermana sin que ella lo sepa. Este chico es mejor de lo que deja ver.

Apagó la luz.

Abajo, en la sala, Emiliano estaba acostado en el sofá mirando el techo. No podía dormir. Las palabras de Isabel le daban vueltas en la cabeza.

"Mientras me buscabas a mí, los perdiste a ellos."

Agarró el teléfono. Abrió el chat de Santiago. La última conversación entre ellos era de hacía dos semanas: un mensaje suyo que decía "Necesito que firmes un documento" y la respuesta de Santiago: "Mándalo por correo."

Emiliano escribió: "¿Cómo te fue hoy?"

Se quedó mirando el mensaje un minuto entero. Luego lo borró.

No sabía cómo hacer esto. Pero Isabel le había dicho que aprendiera. Y si había algo que Emiliano Salazar había demostrado en quince años, era que haría cualquier cosa que Isabel le pidiera.

Volvió a escribir el mensaje. Esta vez lo envió.

Santiago lo leyó a los diez segundos. No respondió.

Pero lo leyó.

Era un inicio.

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