El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.
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Capítulo 22
Cap 22: La segunda boda
Tres meses después de mi boda cancelada, Sebastián Girón se casó con Paz Blanco.
Lo supe por Bravo. No por una invitación, nadie en su sano juicio me habría invitado a esa boda. Pero Bravo tenía contactos en los registros civiles de Santa Aurelia, y cuando el nombre de Sebastián Girón apareció en una solicitud de matrimonio, me lo notificó en menos de una hora.
La ceremonia fue civil, discreta, sin fanfarria. Un salón de eventos en el borde de La Ribera, lejos de la Zona Alta, lejos de las cámaras, lejos de todo lo que Sebastián alguna vez consideró digno de su apellido. La lista de invitados cabía en una servilleta: la madre de Paz, dos primos lejanos, un socio de negocios que probablemente estaba ahí para cobrar una deuda.
Me enteré un lunes. Preparé todo durante la semana. El sábado, cuando Sebastián y Paz estaban a punto de firmar un acta de matrimonio que era más un contrato de supervivencia que una declaración de amor, yo estaba lista.
No iba a ir sola. No por miedo, porque la ley funciona mejor cuando tiene testigos.
Le conté a Rodrigo primero.
—Tengo un expediente completo contra Sebastián Girón. Fraude farmacéutico en Laboratorios Aurora, vendió medicamentos con principios activos por debajo del estándar regulatorio. Falsificación de reportes de calidad. Evasión fiscal en tres de sus subsidiarias. Y uso de fondos de la empresa para gastos personales, incluyendo el departamento donde vivió con Paz los últimos tres meses.
Rodrigo revisó el expediente con la calma de un cirujano examinando una radiografía.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Bravo me dio las pistas. El equipo legal de Grupo Valdés hizo el resto. Le pedí a Martínez que investigara a Laboratorios Aurora como si fuera un análisis de riesgo para una posible adquisición. No sabe para qué lo quiero.
—¿Los datos son sólidos?
—Cada página tiene respaldo documental. Cada número tiene fuente verificable. Y todo fue obtenido por medios legales, registros públicos, declaraciones fiscales, informes regulatorios.
Rodrigo cerró la carpeta.
—¿Qué vas a hacer?
—Entregarlo. En persona. En su boda.
Mi hermano me miró un segundo largo. Después asintió.
—¿Necesitas compañía?
—Necesito un abogado. Y un testigo.
—Tienes ambos.
El sábado a las cuatro de la tarde, llegué al salón de eventos de La Ribera.
No llevé un vestido espectacular. No llevé tacones de diez centímetros ni joyas que brillaran. Llevé un traje sastre gris, sobrio, profesional, el tipo de ropa que usaría un abogado al presentar una demanda. Porque eso era exactamente lo que iba a hacer.
Rodrigo iba a mi derecha. A mi izquierda, el licenciado Martínez, nuestro asesor legal, con un maletín que contenía tres copias del expediente: una para Sebastián, una para la autoridad regulatoria y una para la fiscalía.
Entramos sin anuncio. El salón era pequeño, mesas de plástico cubiertas con manteles blancos baratos, flores artificiales en jarrones de cristal, una pista de baile que nadie usaría. La ceremonia civil acababa de terminar. Sebastián y Paz estaban de pie junto a la mesa principal, con copas de champán que probablemente costaron más de lo que podían pagar.
Paz me vio primero. Su cara pasó de la sorpresa al miedo en medio segundo, el tipo de miedo que produce reconocer que la persona a la que amenazaste en un baño hace una semana está parada frente a ti con un abogado y una carpeta.
Sebastián me vio después. Su cara fue diferente, confusión, después negación, después esa esperanza patética que los hombres como él confunden con dignidad.
—Alegra... ¿qué haces aquí?
Caminé hasta la mesa principal. Quince personas me miraban, quince testigos de lo que estaba a punto de pasar. Puse la carpeta sobre la mesa, junto a las copas de champán y el acta de matrimonio recién firmada.
—Felicidades por tu boda, Sebastián. Les deseo lo mejor. —Abrí la carpeta—. Esto es un expediente de investigación sobre las operaciones de Laboratorios Aurora durante los últimos tres años. Documenta fraude en la composición de medicamentos, falsificación de reportes de calidad y evasión fiscal. Copias idénticas han sido enviadas esta mañana a la Autoridad Nacional de Regulación Farmacéutica y a la Fiscalía General.
El silencio fue total. No el silencio de mi boda, aquel fue dramático, eléctrico, lleno de energía contenida. Este era el silencio de un velorio. El silencio de algo que se acaba.
Sebastián miró la carpeta. Miró las fotos, sus propias firmas en documentos de calidad que certificaban lotes de medicamentos con principios activos al sesenta por ciento de lo declarado. Miró los extractos bancarios que mostraban transferencias a cuentas en paraísos fiscales. Miró las declaraciones de extrabajadores que Bravo había localizado y que confirmaban que todo se hacía por instrucción directa de la dirección general.
—Esto... esto no es verdad —balbuceó.
—Cada documento tiene fecha, sello y firma verificable. Tu firma, Sebastián.
Paz se agarró del borde de la mesa. Su barriga de siete meses parecía más grande bajo la luz fluorescente del salón, una mujer embarazada en su boda, descubriendo que el hombre con el que acaba de casarse no solo es un mentiroso emocional sino un criminal financiero.
—No puedes hacer esto —dijo Paz, con una voz que intentaba ser firme y que sonaba como cristal a punto de romperse—. Es nuestra boda. Tienes que irte.
—Ya me voy. —Cerré la carpeta—. El licenciado Martínez puede explicarles el procedimiento legal si tienen preguntas. Mi trabajo aquí terminó.
Me di la vuelta. Caminé hacia la puerta. Tres pasos.
Un ruido detrás de mí, una silla cayendo, pasos rápidos, una mano agarrándome el brazo con la fuerza de la desesperación.
—¡Alegra! —Sebastián me había alcanzado. Sus dedos se clavaban en mi brazo como garras. Sus ojos estaban rojos, desorbitados, con la mirada de un animal acorralado—. ¡Arruinaste mi vida! ¡Todo lo que tenía, todo, me lo quitaste! ¡Voy a hacer que pagues por esto!
No me moví. No grité. No tuve que hacerlo.
Porque una mano apareció desde atrás, una mano que conocía por la fuerza precisa con la que sujetaba tubos de ensayo y por la cicatriz reciente en el antebrazo, y se cerró alrededor de la muñeca de Sebastián con la presión exacta de alguien que sabe dónde están los puntos de presión.
—Suéltala.
Damián Montero. Traje oscuro. Expresión de piedra. Los ojos más fríos que le había visto nunca, y eso era decir mucho tratándose de un hombre cuya temperatura emocional habitual oscilaba entre el hielo y el permafrost.
Sebastián lo miró. Miró la mano que le apretaba la muñeca. Miró la distancia nula entre el cuerpo de Montero y el mío, la distancia de alguien que no va a permitir que te toquen.
Soltó mi brazo.
Montero no soltó su muñeca. No inmediatamente. La sostuvo tres segundos más, los suficientes para que Sebastián entendiera que esto no era una sugerencia, sino un ultimátum.
—Si la vuelves a tocar —dijo Montero, con la voz baja de alguien que no necesita gritar para aterrorizar—, no va a ser un abogado el que venga a buscarte.
Soltó la muñeca. Sebastián retrocedió dos pasos, frotándose el brazo.
Montero me miró. Solo un segundo, uno de esos segundos nuestros que cada vez contenían más información de la que el lenguaje podía procesar.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Vámonos.
En el auto, camino a mi casa, el silencio duró quince minutos.
Yo miraba por la ventana. Montero conducía con la concentración de alguien que procesa datos mientras maneja, los ojos en la carretera, la mente en otra parte.
—¿Cómo sabías que estaría ahí? —pregunté.
—No sabía que estarías ahí. Sabía que Girón se casaba hoy.
—¿Y viniste a la boda de Sebastián Girón por voluntad propia?
Silencio. Dos cuadras.
—Vine porque Rodrigo me llamó. Dijo que ibas a hacer algo que podía complicarse y que necesitabas respaldo en caso de que Girón reaccionara mal.
—¿Rodrigo te llamó?
—Sí. —Pausa—. Tu hermano es más sensato de lo que parece.
Otro silencio. Este más denso. Cargado de todo lo que no estábamos diciendo, de la mano de Montero cerrándose sobre la muñeca de Sebastián, de su cuerpo interponiéndose entre el peligro y yo, de la voz que dijo «si la vuelves a tocar» con una intensidad que no tenía nada que ver con protocolos de seguridad institucional.
Me dejó en la puerta de mi edificio. Apagó el motor.
—Valdés.
—¿Sí?
—Lo que hiciste hoy fue correcto. Los datos eran sólidos, el procedimiento fue legal y el timing fue estratégico. —Pausa—. Pero la próxima vez, avísame antes. No me gusta enterarme de las cosas por terceros.
—¿Por qué te importa enterarte?
Silencio. Largo. El tipo de silencio que contiene una respuesta que alguien no está listo para dar.
—Buenas noches, Valdés.
—Buenas noches, Montero.
Me bajé del auto. Caminé hasta la puerta. No me volteé.
Pero sabía, como sabía que el pH 6,8 era la respuesta correcta, como sabía que los datos no mienten, que Damián Montero se quedó estacionado frente a mi edificio hasta que la luz de mi departamento se encendió.
Continuará...