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La Sombra En La Niebla

La Sombra En La Niebla

Status: En proceso
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras diez años de un exilio forzado y cargado de humillaciones, Adrián regresa a la ciudad que lo destruyó. Poseedor de una fortuna misteriosa y una identidad nueva, su plan es quirúrgico: desmantelar las vidas de las cinco familias que lo traicionaron. Sin embargo, a medida que sus enemigos caen, descubre que la venganza tiene un costo colateral: su propia humanidad. El regreso de un viejo amor y un secreto del pasado lo obligarán a decidir si prefiere ver el mundo arder o encontrar la paz en las cenizas.

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CAPÍTULO 19: EL PRECIO

​El olor a cuero caro y alcohol de malta dentro del sedán blindado no lograba sofocar el tufillo metálico del peligro que flotaba en el aire de Altagracia. Eran las dos de la mañana. Una neblina densa, casi sólida, bajaba desde las colinas de las Lomas y se arrastraba sobre el asfalto mojado de la avenida circunvalación, reduciendo la visibilidad a apenas un par de metros por delante del capó.

​En el asiento trasero, Adrián Vantress apoyaba la sien contra el cristal helado de la ventanilla. Tenía la corbata aflojada y los ojos fijos en la nada. La conversación con Elena horas atrás en el penthouse seguía retumbándole en la cabeza como un eco persistente. «El chico que me amó sigue vivo ahí dentro...» La frase le escocía más que la cicatriz del costado derecho que le dejó la navaja en San Cayetano.

​En el puesto del piloto, Mateo Rivas conducía con la espalda rígida y las dos manos firmes sobre el volante de cuero. El viejo detective no miraba el camino con la parsimonia habitual; sus ojos saltaban constantemente entre el asfalto y el espejo retrovisor.

​—Estás demasiado tranquilo, Adrián —murmuró Mateo con su voz rasposa, rompiendo el zumbido constante del motor—. Cuando a los perros viejos como Guillermo Castillo y Bernardo Valeriano les quitas el dinero, la reputación y los jueces, solo les queda una carta por jugar. Y esa carta no se firma en una notaría.

​—Están acorralados, Mateo —contestó Adrián sin cambiar de postura, con un hilo de voz cansado—. Mañana a primera hora la fiscalía ejecutará la orden de embargo sobre la sede del Banco Mercantil. No tienen liquidez para pagar a sus matones ni tiempo para salir del país.

​—Por eso mismo —sentenció Mateo, apretando la mandíbula—. Un hombre acorralado que no tiene nada que perder es el animal más peligroso de la selva.

​Apenas Mateo terminó de pronunciar la última palabra, un destello blanco de luces altas cegó por completo el espejo retrovisor.

​Una camioneta pickup de gran tonelaje, de color oscuro y sin placas de circulación, surgió de la neblina a toda velocidad. Sin emitir la menor señal de frenado, la embestida inicial impactó violentamente contra el parachoques trasero del sedán.

​El golpe seco retumbó en la cabina blindada como el martillazo sobre un yunque. La cabeza de Adrián se estrelló contra el reposacabezas, haciendo que un latigazo de dolor le recorriera el cuello.

​—¡Asegúrate! —gritó Mateo, engranando la marcha rápida y pisando el acelerador a fondo.

​El sedán blindado respondió con un rugido de su motor V8, disparándose hacia adelante sobre el asfalto resbaladizo. Sin embargo, la pickup no buscaba una simple colisión por alcance. Un segundo vehículo —un todoterreno blindado con defensas reforzadas de acero— emergió de un cruce lateral sin encender los faros, embistiendo el costado del copiloto en un ángulo oblicuo.

​El impacto lateral hizo girar el sedán como un peón sobre la calzada mojada. Las chispas saltaron en una lluvia dorada cuando la chapa de acero rozó contra la barrera de protección del puente del arroyo seco. El chirrido del metal retorciéndose tapó por completo el ruido del motor.

​Adrián sintió la aceleración brutal de la gravedad. El cinturón de seguridad se le clavó en el pecho con la violencia de una cincha de hierro, cortándole la respiración. Vio el rostro de Mateo tenso, luchando desesperadamente contra el volante para recuperar el control de las dos toneladas de acero antes de que el vehículo volcara sobre el precipicio del puente.

​—¡Nos van a sacar de la ruta! —rugió Mateo, con las venas del cuello a punto de estallar.

​Desde la ventanilla de la pickup trasera, un brazo cubierto por una chaqueta táctica se asomó sosteniendo una ametralladora compacta. El resplandor de los disparos iluminó la niebla en ráfagas cortas e implacables. Los proyectiles de alto calibre impactaron contra el cristal blindado trasero, creando un entramado de grietas circulares que volvieron la luneta opaca de inmediato. El vidrio aguantó el impacto, pero la fuerza de las detonaciones resonó dentro del vehículo como detonaciones de dinamita en un túnel cerrado.

​Ya no era una guerra de auditorías, balances contables y quiebras corporativas. Era la brutalidad pura de la supervivencia, el olor a pólvora quemada mezclado con el hedor a goma quemada y líquido de frenos hirviendo.

​—¡Sujétate! —gritó Mateo.

​El todoterreno lateral volvió a embestir con saña, golpeando el eje trasero del sedán. El vehículo de Adrián perdió el agarre por completo sobre el barro acumulado en el borde del puente. El auto dio dos vueltas sobre su propio eje, rompió la barrera de contención de hormigón y se precipitó en una caída libre de cuatro metros hacia el lecho seco del río.

​El impacto contra el suelo de grava y rocas fue devastador.

​El aire dentro de la cabina se llenó de un polvo blanco denso cuando los airbags se desplegaron con un estallido ensordecedor. El sedán quedó volcado sobre su costado izquierdo, con el motor emitiendo un siseo agónico de vapor de radiador y aceite quemado.

​Durante diez segundos eternos, el silencio volvió a la noche, roto solo por el goteo constante de combustible sobre las piedras y el sonido lejano de la lluvia volviendo a caer.

​En el interior retorcido del auto, Adrián abrió los ojos despacio. La vista se le nublaba en tonos rojos por un hilo de sangre caliente que le bajaba desde la frente, cortándole el párpado izquierdo. Sentía un dolor agudo, punzante, en las costillas, como si una de ellas se hubiera fracturado con el impacto del cinturón.

​A su lado, Mateo yacía inconsciente sobre el volante, con el rostro cubierto de sangre por un corte en el pómulo, pero la respiración pesada de su pecho confirmaba que seguía con vida.

​Adrián intentó mover el brazo derecho. Un mareo feroz le hizo dar vueltas a la cabeza. El dolor en la cicatriz de su costado se activó como un hierro candente, confundiéndose con las heridas del choque.

​En la parte superior del puente, el sonido de botas pesadas pisando la grava suelta quebró la quietud de la noche.

​Dos hombres vestidos de negro bajaron despacio por el terraplén del arroyo. Llevaban linternas tácticas en la mano izquierda y pistolas con silenciador en la derecha. Los haces de luz blanca cortaron la niebla, buscando la estructura destrozada del sedán.

​—Asegura el blanco —dijo una voz grave con acento extranjero desde la penumbra—. El patrón Castillo no quiere cadáveres sin verificar.

​Adrián escuchó las pisadas acercarse sobre las piedras. El pulso, que durante años había mantenido bajo un control quirúrgico y frío, comenzó a martillearle en los oídos con una violencia salvaje. El sudor mezclado con la sangre le escocía en los ojos.

​Sintió una descarga eléctrica de pánico puro, pero no era el miedo paralizante del muchacho de dieciocho años en la celda de San Cayetano; era la rabia ancestral del depredador que se niega a morir en una zanja.

​Extendió la mano izquierda con lentitud hacia la guantera destrozada entre los asientos delanteros. Sus dedos ensangrentados buscaron entre los cristales rotos hasta tocar el frío del empuñadura de polímero de la pistola automática que Mateo guardaba bajo el tablero. La tomó con firmeza, liberando el seguro con el pulgar.

​La sombra del primer sicario se proyectó sobre la ventanilla rota del conductor. La luz de la linterna iluminó directamente el rostro cubierto de sangre de Adrián.

​El hombre alzó la pistola, preparando el disparo a quemarropa.

​Antes de que el sicario pudiera apretar el gatillo, Adrián reaccionó con un instinto primario. Apoyó la espalda contra el asiento volcado, alzó la mano a través del marco roto del cristal y disparó tres veces seguidas.

​Los estallidos de los disparos retumbaron en la hondonada del arroyo.

​El primer sicario cayó hacia atrás con un impacto seco sobre las piedras, dejando caer la linterna, que quedó iluminando el barro. El segundo hombre, sorprendido por la respuesta, disparó a ciegas hacia la cabina mientras retrocedía hacia la pendiente del terraplén, buscando cobertura entre las rocas.

​Adrián no esperó. Sacó el cuerpo del vehículo con un esfuerzo sobrehumano, arrastrándose sobre los cristales rotos. Se puso de rodillas sobre la grava húmeda, con el rostro bañado en sangre y la pistola empuñada con ambas manos. Apuntó hacia la silueta que intentaba trepar por la ladera y volvió a apretar el gatillo dos veces.

​El segundo impacto derribó al sicario, que rodó por la pendiente hasta quedar inmóvil junto a la rueda trasera del todoterreno.

​El silencio absoluto volvió al lecho del arroyo. Solo el ruido de la lluvia golpeando el metal del auto volcado rompió la penumbra.

​Adrián se quedó de rodillas sobre las piedras sucias, respirando con bocanadas cortas y dolorosas que le desgarraban los pulmones. Miró sus manos: estaban cubiertas de una mezcla espesa de barro, aceite de motor y sangre. Su sangre y la de los hombres que yacían a pocos metros de él.

​Sostuvo la pistola automática con los dedos temblorosos. La piel se le erizó bajo la lluvia helada que le empapaba la camisa destrozada.

​Miró hacia la cima del puente, donde la neblina seguía flotando sobre la carretera vacía. En ese instante, en medio del olor a pólvora quemada y la muerte respirándole en el cuello, la última ilusión de elegancia corporativa se disipó de su mente para siempre.

​Había creído que la venganza era una partida de ajedrez limpia, un juego de cifras en pantallas de ordenador, contratos anulados y quiebras ejecutadas desde despachos con vistas a la ciudad. Se había engañado a sí mismo pensando que podía destruir a los monstruos de Altagracia vistiendo trajes de seda sin mancharse las manos.

​Apoyó la mano libre en el suelo, levantándose despacio sobre las piernas vacilantes.

​La guerra de números había terminado. Las tres familias habían cruzado la última frontera, tirando la máscara de la aristocracia para mostrar la garra del asesino. Y si ellos querían una guerra de sangre en la oscuridad de la calle, Adrián Vantress estaba dispuesto a darles exactamente lo que estaban pidiendo.

​Caminó lentamente hacia el sedán volcado, abrió la puerta del piloto con un esfuerzo agónico y ayudó a Mateo a salir de la estructura retorcida. La noche en Altagracia apenas comenzaba, pero para los hombres que ordenaron el ataque, el margen de la negociación se había cerrado para siempre en el barro del arroyo.

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celimar
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celimar
💯💯👏
Celina Espinoza
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Fernanda
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Lobelia ❣️
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celimar
est buena
Lobelia ❣️
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