Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 23. silencio y planes parte 4.
En casa, Valerius recibió un mensaje: una nota que, en su vida pasada, también había recibido. Al leerla, su semblante se volvió sombrío al instante. Buscó con la mirada a su hija y la encontró junto a Kael y Mateo; los tres parecían llevarse bien, en paz. Frunció el ceño, aunque su corazón se alivió un poco. "Mi hija está bien por ahora… y con Lir y Elian estará a salvo," se repitió para sí mismo, intentando convencerse. "Resolvere esto cuanto antes"
—Isabella, niña mía —dijo, acercándose e interrumpiéndolos con suavidad.
—¿Sí, papá? ¿Necesitas algo? —respondió ella, recibiéndolo con una sonrisa cariñosa.
—Tengo que irme —le dijo con tono serio, dándole un beso tierno en la frente—. Recuerda: puedes confiar en los sirvientes y en el guardia. Ellos te cuidarán y te protegerán si estás en peligro. Si me necesitas, llámame. No lo dudes. Siempre estaré aquí para ti, mi amor.
—Claro, papá… pero te veo preocupado. ¿Sucede algo? —preguntó Isabella, notando la seriedad en el semblante de su padre.
—No es nada grave —respondió él con calma—. Volveré a visitarte en unos días.
—Está bien, papá. Eres bienvenido cuando quieras —dijo ella, sin darle mayor importancia. “Recuerdo que por estas fechas papá descubre que el Clan Fénix traficaba con esclavos… Debe de ser eso lo que lo tiene inquieto”, pensó.
Valerius se marchó, pero antes de irse dio instrucciones claras a Elian y a Lir: ambos debían informarle de todo lo que ocurriera y, sobre todo, nunca debían separarse de Isabella.
Mientras tanto, Damián regresaba a casa. Había comprado el hibridor, pero aún no lo había usado. Una lucha interna lo consumía; durante todo el camino no dejó de pensar en las palabras de Lidia. “Si le pido a Isabella que duerma conmigo esta noche… ¿Me rechazará o aceptará?”. Soltó un suspiro largo y miró el frasco en sus manos.
—Si esto sale mal… podría terminar muy mal —murmuró—Se lo pediré. Después de todo, soy su esposo.
Damián subió las escaleras con paso lento, el frasco del hibridor apretado entre los dedos como si fuera algo frágil y, al mismo tiempo, peligroso. No sabía que, horas atrás, Lidia había conseguido acceso al laboratorio donde vendían la sustancia y había alterado su composición: ahora, en lugar de calmar su instinto bestial, haría todo lo contrario. Lo dejaría indefenso, débil, sin fuerza para controlar ni su propio cuerpo ni sus emociones. Una trampa perfecta, esperando ser usada.
Al llegar al pasillo, antes de llegar a la habitación de Isabella, se detuvo en seco. La puerta estaba entreabierta y pudo verla dentro. No estaba sola.
Lir estaba muy cerca de ella. Demasiado cerca. Su postura era respetuosa, pero su rostro reflejaba una angustia profunda, y su cuerpo estaba inclinado hacia el de ella como si buscara refugio. Damián sintió cómo la sangre le hervía de golpe.
—…siento que la furia se me escapa de las manos —decía Lir con voz baja, temblorosa—. No tengo pareja, nadie que me ancle, que me calme cuando el instinto se desboca. Por eso se lo pido,señora Isabella… ¿podrías prestarme un poco de tu energía mental? Solo lo necesario para tranquilizarme. No abusaré, te lo prometo.
(El poder mental calma a todos los hombres bestia con pactó o sin el es algo con lo que toda hembra nace)
Isabella no dudó ni un instante. Sonrió con dulzura y levantó una mano hasta posarla suavemente sobre la frente de él.
—Claro que sí, Lir. No tienes por qué pedir permiso —respondió ella con ternura—. Toma lo que necesites. Aquí eres parte de mi familia no te dejaré desamparado.
Cerró los ojos y Damián pudo ver cómo un brillo tenue y cálido pasaba de ella a él. Lir cerró los ojos también, soltando un suspiro de alivio, y su cuerpo se relajó por completo bajo el tacto de ella.
Ese gesto fue la chispa que encendió todo.
Los nudillos de Damián se pusieron blancos de tanto apretar los puños. Un destello de ira abrasador y feroz, le recorrió cada vena. "¿Energía mental? ¿Por qué se la da a él tan fácil, tan dispuesta, y conmigo dudaba? ¿Por qué a él sí lo deja acercarse tanto?"
La bestia dentro de él rugió, pidiendo salir, reclamando lo que era suyo. Sus sentidos se agudizaron de golpe; el olor del agua marina que emanaba de Lir le llegó hasta el fondo y lo sintió como una ofensa. Las garras le empezaron a salir sin querer, rasgando la tela de sus guantes. Los ojos le cambiaron de color, brillando en la penumbra.
—Mía… —gruñó entre dientes, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta—. Eres mía… ¡Aléjate de ella!
Sabía que debía contenerse, que no debía perder el control, pero la imagen de Lir recibiendo algo que él anhelaba con toda su alma lo cegó. El pánico de perder la razón se mezcló con los celos hasta volverlo imprudente. Tengo que calmarme… tengo que controlarme… el hibridor…
Con la mano temblorosa, destapó el frasco y se lo bebió de un trago, de un solo golpe, sin pensarlo más.
—Esto me tranquilizará… me devolverá el control… —murmuró, esperando sentir el alivio que Lidia le había prometido.
Pero no llegó el alivio.
Al contrario.
Apenas pasaron unos segundos y sintió que sus piernas flaqueaban. Un mareo brutal lo golpeó, como si el suelo se moviera bajo sus pies. La fuerza que siempre lo había acompañado, la fuerza de su forma bestial, se desvaneció de golpe, dejándolo vacío, ligero, débil. Sus rodillas cedieron y tuvo que apoyarse contra la pared para no caer. El frasco se le escapó de los dedos y cayó al suelo, rompiéndose con un sonido seco que resonó en el silencio del pasillo.
—¿Qué… qué me está pasando? —susurró, sintiendo cómo sus propios instintos se apagaban, dejándolo expuesto y vulnerable—. No… esto no era lo que debía hacer…
La puerta se abrió de golpe. Isabella y Lir salieron al pasillo, alertados por el ruido. Y lo vieron allí: Damián, apoyado contra la pared, pálido, sin fuerza, con la respiración entrecortada, mirándolos con ojos que ya no brillaban con la ferocidad de antes, sino con confusión y… miedo.
Isabella llegó a su lado en un instante, con el rostro pálido de preocupación.
—Damián, ¿qué te ocurre? —preguntó extendiendo una mano hacia él—. Estás helado…
Pero él retrocedió de golpe, esquivando su contacto. Sus ojos, antes feroces, ahora estaban llenos de algo que lo aterraba: inseguridad. Se sentía diminuto, inútil, un esposo que no podía protegerla ni siquiera de sí mismo. Un pensamiento terrible lo golpeó "Si me ve así… débil, sin fuerza… pensará que no soy digno de ella. Se dará cuenta de que ya no sirvo. Y romperá el vínculo."
Ese pensamiento lo llenó de pánico, pero su orgullo lo obligó a endurecerse. Apretó los dientes y forzó una postura rígida, tratando de ocultar el temblor de sus piernas.
—Aléjate —dijo con voz tensa, evitando mirarla a los ojos—. No te acerques.
—¿Qué dices? —Isabella se detuvo, confundida y herida—. Déjame ayudarte, por favor…
—¡Que te alejes! —repitió él, con más firmeza de la que sentía—. No necesito tu ayuda. Estoy bien. Solo… fue un mareo. Nada más. Ve con Lir. Él sí necesita tu energía.
Le dio la espalda antes de que pudiera decir nada más, caminando con pasos torpes pero decidido a no mostrar cuánto le costaba mantenerse de pie. Se encerró en su habitación y al quedar solo, se desplomó contra la puerta, respirando con dificultad.
—Ella va a dejarme. Ya no soy el mismo. Pronto se dará cuenta y romperá el vínculo —su mayor temor era que Isabella lo despreciara—. Antes solía decir que me mantenía a su lado por mi fuerza… si la pierdo, me dejará sin dudarlo.