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Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Status: En proceso
Popularitas:760
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Cap 11 — Cuentas bancarias

Valentina no iba al banco. Valentina iba a buscar pruebas.

La diferencia era importante, aunque para la cajera del mostrador no existiera. Para ella, Valentina era solo una mujer más pidiendo un estado de cuenta. Otra clienta con número de turno y cara de lunes.

No tenía forma de saber que la señora del turno cuarenta y tres estaba sudando frío debajo de la blusa.

—Aquí tiene, señora. ¿Algo más?

—No. Gracias.

Valentina tomó el sobre. Se sentó en la banca de espera junto a una señora con un niño dormido en los brazos. Lo abrió.

Los números le saltaron a la cara.

Transferencias mensuales. Todas a la misma cuenta. Enero: ochocientos mil pesos. Febrero: un millón doscientos. Marzo: setecientos cincuenta mil. Abril: novecientos.

La cuenta receptora estaba a nombre de Gladys Reyes.

Valentina pasó el dedo por la columna de cifras. Sumó. Verificó. Su mente de contadora hacía el trabajo sola, como un músculo que responde antes de que el cerebro dé la orden, mientras el resto de su cuerpo temblaba.

No de miedo. De rabia.

Cuatro millones ochocientos mil pesos.

Eso era lo que Martín le había robado a su propia empresa para dárselo a su madre. Cuatro millones ochocientos mil pesos registrados como «servicios de consultoría externa». Consultorías de empresas que no existían. Las mismas fantasmas que Sebastián ya había documentado en el juzgado.

Mientras a ella le decía que no había presupuesto para contratar más personal. Que la empresa «apenas sobrevivía». Que había que apretarse el cinturón.

Maldito desgraciado.

Cerró el sobre. Lo metió en la bolsa, pegado al cuerpo como si fuera un órgano vital.

El niño de la señora de al lado se despertó llorando. Valentina se levantó. Caminó hacia la puerta con los pasos medidos, la bolsa apretada contra el costado, la mandíbula tan tensa que le dolían las muelas.

Afuera, el sol le pegó en la cara. Se apoyó contra la pared del banco y sacó el celular.

Escribió un correo. Porque ahora los correos eran el único canal. Porque el teléfono ya no lo contestaba. Porque así lo había querido ella con su estúpido borrón y cuenta nueva.

Licenciado Montero: Tengo documentación bancaria que confirma transferencias no declaradas de Empresas Reyes a una cuenta personal. Solicito una reunión a la brevedad. Valentina Solano.

La respuesta llegó en nueve minutos. Los contó.

Señora Solano: Mañana a las 9:00 en sala tres. Traiga los originales. Lic. S. Montero.

Sala tres. Siempre sala tres.

Como si esa sala fuera el único lugar del universo donde los dos podían existir juntos sin que el mundo se incendiara.

La audiencia fue distinta a las anteriores.

No hubo gritos de Gladys —la orden de restricción la mantenía lejos del juzgado—. No hubo arrebatos de Martín —su nueva abogada le había cosido la boca con amenazas de desacato—.

Lo que hubo fue silencio. El silencio de un hombre que sabe que está perdiendo y ya no tiene energía para pelear.

Martín estaba sentado al otro lado de la sala con los hombros caídos. No la miró. Valentina se alegró de eso.

Sebastián presentó las pruebas con la precisión de siempre. Los estados de cuenta. El informe del perito contable Mendoza que había rastreado cada transferencia hasta su origen. Las facturas falsas que justificaban los retiros. Todo documentado, numerado, encuadernado en carpetas con pestañas de colores.

Esa es su forma de decir «esto me importa», pensó Valentina. Con carpetas.

—Las transferencias a la cuenta de la señora Gladys Reyes suman cuatro millones ochocientos mil pesos en los últimos veinticuatro meses —dijo, sin levantar la voz—. No existe justificación contable para ninguna de ellas. Cada una fue registrada bajo conceptos ficticios vinculados a las cuatro empresas fantasma ya documentadas por este tribunal.

La abogada de Martín se puso de pie.

—Mi representado argumenta que se trata de gastos familiares. Manutención para su madre.

Sebastián ni siquiera la miró.

—Un acuerdo privado con fondos de una empresa no es un acuerdo privado. Es malversación. Y montos que superan en un trescientos por ciento cualquier gasto razonable no son manutención. Son un robo disfrazado de cariño filial.

El juez revisó las pruebas. Página por página. Con la lentitud metódica de quien sabe que cada línea puede cambiar una vida.

Veinte minutos. Veinte minutos que se sintieron como veinte horas.

Valentina estaba sentada con las manos cruzadas sobre la falda. La espalda recta. La mandíbula apretada. Podía sentir la presencia de Sebastián a su izquierda como se siente el calor de una fogata: sin mirarlo, sin tocarlo, sabiendo exactamente dónde estaba cada centímetro de su cuerpo.

Los fluorescentes zumbaban. Un reloj de pared hacía tic-tac con la regularidad de un metrónomo enfermo.

Entonces lo sintió.

Su mano. Debajo de la mesa.

No agarrando la suya. No entrelazando los dedos. Solo la punta de sus dedos rozando el dorso de la mano de ella. Un contacto tan leve que podría haber sido accidental.

Pero Valentina conocía esa mano. Conocía la precisión con que esos dedos hacían todo —pasar páginas, firmar documentos, abrochar botones uno por uno como si cada uno fuera una puerta que se cierra—.

Nada de lo que Sebastián Montero hacía con las manos era accidental.

El corazón le dio un golpe tan fuerte que lo sintió en la garganta.

No movió la mano. No lo miró.

Tres segundos. Cuatro. Cinco.

Los dedos de él contra los de ella, en el espacio invisible entre los dos, mientras el juez leía y los fluorescentes zumbaban y el mundo seguía girando fuera del juzgado sin saber que debajo de una mesa de madera barata dos personas estaban cruzando una línea que no tenía nombre.

Luego el juez levantó la vista y Sebastián retiró la mano. Con la misma suavidad con que la había puesto.

Cinco segundos. Valentina iba a recordar esos cinco segundos durante mucho tiempo.

—Este tribunal ordena la restitución de los fondos malversados a la empresa —dictó el juez—. Se gira orden de embargo preventivo sobre las cuentas de la señora Gladys Reyes por el monto documentado.

El mazo cayó.

Valentina no escuchó el sonido.

Todavía estaba sintiendo el fantasma de cinco dedos contra el dorso de su mano.

Afuera del juzgado, Sebastián caminó a su lado con las manos en los bolsillos del saco. Como siempre. Como si debajo de la mesa del juez no hubiera cruzado la línea que él mismo había trazado con sus correos fríos y su puerta cerrada sin portazo.

El sol estaba alto. La escalinata brillaba.

—El caso avanza bien —dijo, mirando al frente—. Con la orden de embargo y la investigación fiscal, Martín tiene muy poco margen. En unas semanas podríamos tener una resolución definitiva.

—¿Y después?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Como un pájaro que se escapa de una jaula mal cerrada.

Sebastián dejó de caminar. La miró.

—¿Después de qué?

—Cuando el caso termine. Cuando ya no seas mi abogado. —Tragó saliva. El corazón le latía en las sienes—. ¿Qué pasa con nosotros?

La palabra nosotros quedó flotando en el aire como una moneda lanzada al vuelo. Cara o cruz. Todo o nada.

Sebastián la miró un momento largo. Esa expresión que Valentina todavía no sabía descifrar: no fría, no cálida, algo intermedio que dolía más que cualquiera de los dos extremos.

—Cuando el caso termine —dijo, con una voz tan baja que tuvo que inclinar la cabeza para escucharlo—, usted y yo no tendremos ninguna relación profesional.

—Eso ya lo sé.

—Bien. —Una pausa. El viento le movió un mechón de pelo sobre la frente—. Entonces ya sabe la respuesta.

Se dio la vuelta y caminó hacia el estacionamiento.

Valentina se quedó de pie en la escalinata. El sol le pegaba en la cara. El corazón le latía tan fuerte que le dolían las costillas.

Usted y yo no tendremos ninguna relación profesional.

Eso podía significar dos cosas. Que no tendrían ninguna relación. O que la relación que tuvieran sería otra cosa.

Sebastián Montero y su maldita manía de decir las cosas más importantes de la forma más ambigua posible.

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Vergara M. Carmen
quien es??? será el papá de Sebastián
Vergara M. Carmen
😂😂
Vergara M. Carmen
no puedo parar de leer 🔥🔥
Vergara M. Carmen
me perdí?? no entendí, no fue Sebastián quien los presento
que le consiguió ese trabajo?
Vergara M. Carmen
como, acaso no fue ella q le dijo de la invitación?
Vergara M. Carmen
claro, tenía q ser una amiga alocada😂
Vergara M. Carmen
ay Valentina!!!
Vergara M. Carmen
está muy buena está novela☺️
Vergara M. Carmen
que?? comooo🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
😂😂😂🔥🔥
Vergara M. Carmen
bien🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
que gente más despreciable, ya les llegará el karma
Vergara M. Carmen
uyyy pero🤬🤬🤬
Vergara M. Carmen
primer capítulo: atrapador, me gusta☺️
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