A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 8
Capítulo 8: El torneo deportivo
El torneo deportivo escolar se anunció un lunes por la mañana, con un cartel pegado en la entrada del edificio principal que parecía hecho por alguien que acababa de descubrir WordArt: letras arcoíris sobre fondo amarillo, con clip arts de pelotas y trofeos distribuidos sin ningún criterio estético.
"GRAN TORNEO DEPORTIVO INTERGRUPAL, INSCRIPCIONES ABIERTAS, ATLETISMO, BASQUETBOL, VOLEIBOL, SALTO DE ALTURA, ¡REPRESENTA A TU GRUPO!"
Catalina arrugó la nariz.
—Paso. Lo mío es el chisme, no el deporte.
—Lo tuyo es opinar sobre el deporte de los demás —corregí.
—Exacto. Que es mucho más divertido.
No tenía intención de inscribirme. En la vida anterior, creo que participé en algo de atletismo por presión social y terminé en último lugar, lo cual no me sorprendió porque mis piernas estaban entrenadas para bailar, no para correr.
Pero entonces vi a Isabela Prieto.
Estaba parada frente al cartel, sola, con las manos entrelazadas sobre el estómago y una expresión que conozco bien: la de alguien que quiere algo con todas sus fuerzas pero tiene miedo de que el querer sea más grande que la capacidad.
Isabela Prieto era menuda, callada, con el cabello recogido en una trenza que siempre le quedaba un poco torcida y unos ojos enormes que parecían pedir disculpas por existir. En la vida anterior, Isabela fue una de las personas más valientes que conocí, no de la valentía que hace ruido, sino de la que resiste en silencio, pero a los diecisiete años todavía no lo sabía.
—¿Te quieres inscribir? —le pregunté, deteniéndome a su lado.
Dio un brinquito. Como si no esperara que alguien le hablara.
—Yo… estaba viendo. Salto de altura —señaló la línea del cartel con un dedo tembloroso—. Me gusta el salto de altura. Pero…
—¿Pero?
—No sé si soy lo suficientemente buena.
La miré. Recordé algo que, en la vida anterior, no supe sino hasta mucho después: Isabela Prieto llegó a competir a nivel estatal en salto de altura durante la universidad. No ganó, pero el hecho de que una chica a la que el mundo trataba como invisible saltara más alto que la mayoría ya era una victoria.
—¿Sabes qué? —dije—. Yo me inscribo contigo.
—¿Tú? ¿En salto de altura?
—No, yo en lo que sea que no requiera coordinación. Pero te acompaño a entrenar. Si quieres.
Los ojos de Isabela se iluminaron de una forma que me dolió un poco, porque no debería ser tan raro que alguien le ofreciera compañía.
—¿En serio? —preguntó, como si "en serio" fuera una palabra que no le aplicaban con frecuencia.
—En serio.
Los entrenamientos empezaron esa semana. El campo deportivo de la escuela era un rectángulo de pasto quemado por el sol, con una pista de atletismo que tenía más baches que asfalto y una fosa de salto de altura cuya colchoneta olía a humedad y a años de uso sin lavarse.
Me inscribí en la carrera de relevos porque era la única prueba donde podía contribuir sin hacer el ridículo de forma individual. Isabela se inscribió en salto de altura. Y para las tres de la tarde del primer día de entrenamiento, estábamos en el campo bajo un sol que hacía sudar hasta a las piedras.
—Tres vueltas de calentamiento —anunció el profesor de deportes, un hombre con bigote de morsa y silbato cromado—. Todos. Sin excepción.
"Todos" incluía, aparentemente, a los estudiantes del Grupo 4 que habían sido inscritos por su tutor de grupo sin su consentimiento.
Vi a Lisandro antes de que él me viera a mí.
Estaba en la orilla del campo, solo, siempre solo, estirando los brazos con la eficiencia mecánica de alguien que ha hecho esa rutina muchas veces. Llevaba una camiseta blanca de algodón, pants oscuros y los lentes de siempre. Nada fuera de lo ordinario.
Hasta que empezó a correr.
Y entonces todo dejó de ser ordinario.
Lisandro Sotomayor corría como si la gravedad le diera permiso especial. Zancadas largas, fluidas, con una economía de movimiento que no encajaba con la imagen del chico encorvado sobre un libro. Su respiración era rítmica, controlada. Sus brazos se movían con la coordinación de alguien que no improvisa sino que ha entrenado.
Pero eso no fue lo que me quitó el aire.
Lo que me quitó el aire fue que, en la segunda vuelta, la camiseta blanca se le pegó al torso con el sudor. Y debajo de esa camiseta —debajo de la tela que se transparentaba como una cortina mojada— había un cuerpo que no tenía ningún derecho a estar oculto bajo uniformes escolares.
Hombros anchos. Espalda recta. Abdominales que se marcaban con cada respiración como líneas dibujadas sobre piedra. Antebrazos con venas que serpeteaban bajo la piel. La complexión de alguien que hace ejercicio a diario, en secreto, probablemente a las cinco de la mañana cuando nadie lo ve, porque mostrar el cuerpo implicaría mostrar algo más y eso es exactamente lo que Lisandro Sotomayor evita a toda costa.
Me quedé parada en el medio del campo como un poste de luz con falda.
—Sol. —Isabela me tocó el brazo—. ¿Estás bien?
—Sí —mentí. Mi voz sonó como si alguien me estuviera apretando la garganta—. Perfectamente.
—Es que no te has movido en como un minuto.
—Estoy… evaluando el campo. La pista. Las condiciones del terreno.
Isabela siguió la dirección de mi mirada. Vio a Lisandro corriendo. Volvió a mirarme. Abrió la boca. La cerró.
No dijo nada. Pero una sonrisita tímida se le dibujó en los labios.
—Vamos a correr —dije, jalándola del brazo antes de que se le ocurriera hacer algún comentario.
Corrimos las tres vueltas. Bueno, yo corrí dos y media y la última media la caminé porque mis pulmones de exbailarina que llevaba dos semanas sin entrenar decidieron que ya era suficiente. Isabela corrió las tres completas con una disciplina que me hizo entender por qué llegaría a competir a nivel estatal.
Cuando terminé, me dejé caer en el pasto junto a las gradas. Catalina, que había venido "a observar", es decir, a sentarse en las gradas con su celular y un jugo de caja, me miró desde arriba con una sonrisa depredadora.
—¿Qué? —dije, jadeando.
—Nada. Solo que llevas toda la sesión mirando a cierta persona y creo que le vas a hacer un agujero en la espalda.
—No sé de qué hablas.
—Sotomayor. Camiseta blanca. Sudor. Abdominales. ¿Te suena?
—Estoy evaluando su forma deportiva.
Catalina se rio tan fuerte que tres personas voltearon a vernos.
—"Evaluando su forma deportiva". Eso lo voy a guardar para tu discurso de bodas.
—¡Cállate!
Pero no podía enojarme, porque tenía razón. No había podido apartar los ojos de Lisandro durante toda la sesión y, siendo honesta conmigo misma, no quería. Mi cuerpo de diecisiete años estaba reaccionando a ese Lisandro adolescente con una intensidad que me tomaba por sorpresa. No debería ser así. Yo ya conocía ese cuerpo, bueno, la versión adulta de ese cuerpo. En la vida anterior, vi a mi esposo sin camisa más veces de las que puedo contar, aunque siempre de lejos, siempre de paso, siempre con esa distancia invisible que ninguno de los dos se atrevió a cruzar.
Pero verlo ahora, a los diecisiete, con el sudor brillándole en la piel y los músculos moviéndose bajo la tela como promesas, era distinto. Era nuevo. Era como descubrir que algo que creías conocer tiene capas que nunca habías tocado.
Contrólate, Sol. Tienes veintisiete años por dentro. Compórtate como una adulta.
Mi cuerpo de diecisiete años opinaba diferente.
Lisandro terminó de correr. Se detuvo junto a las gradas del lado opuesto. Tomó una botella de agua. Bebió. Luego, con un gesto que probablemente no tenía ninguna intención de ser devastador, se levantó el borde de la camiseta y se secó el sudor de la frente con la tela.
El gesto duró tres segundos.
En esos tres segundos, su abdomen quedó completamente expuesto. Piel dorada por el sol, músculos definidos, la línea del oblicuo trazando una V que desaparecía dentro del pants.
Tres segundos.
Me parecieron tres horas.
—Oye. —Catalina me codeó—. Se te va a caer la baba.
—No es cierto.
—Literalmente tienes la boca abierta.
Me la cerré. Me sequé los labios con el dorso de la mano. Miré hacia otro lado con la dignidad de alguien que acaba de ser descubierta haciendo exactamente lo que estaba haciendo.
Y en ese momento, como si el universo hubiera decidido que mi humillación no era suficiente, Lisandro giró la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron.
No fue como las otras veces, un vistazo fugaz, un contacto accidental de medio segundo. Esta vez fue directo. Él me miró y yo lo miré y ninguno de los dos apartó la vista durante lo que se sintió como un siglo geológico.
Y entonces vi algo que nunca, en toda nuestra vida anterior juntos, había visto.
Las orejas de Lisandro Sotomayor se pusieron rojas.
No un rubor sutil. No un tono rosado que podría atribuirse al calor del ejercicio. Un rojo intenso, furioso, que le subió desde el lóbulo hasta la punta como si alguien le hubiera encendido un interruptor.
Se dio la vuelta. Bruscamente. Como si mi mirada le quemara. Agarró su mochila, se puso la sudadera encima —en pleno sol, con treinta grados— y caminó hacia el edificio de aulas con la rigidez de alguien que acaba de perder una batalla que no sabía que estaba peleando.
Pero no se fue del campo.
Se sentó en las gradas del otro lado. Abrió un libro. Y se quedó ahí.
No se fue.
Catalina me miró. Yo la miré a ella.
—Las orejas —dijo ella.
—Las orejas —repetí.
—Le gustas.
—Todavía no.
—Sol, a ese chico se le pusieron las orejas como semáforo porque te vio mirándolo. Eso no es "todavía no". Eso es "ya pero no quiere admitirlo".
No le contesté. Sonreí hacia el pasto, con la cara caliente y el corazón latiéndome en las orejas, igual que a él.
En otra vida, nunca supe cuándo empezaste a quererme. Nunca vi la señal. Nunca noté el momento exacto en que dejé de ser una desconocida y me convertí en algo que te importaba.
En esta, acabo de verlo.
Orejas rojas, Lisandro Sotomayor. Orejas rojas.
Al salir del campo deportivo, caminé hacia la puerta con Isabela, que me contaba emocionada que había logrado saltar un metro cuarenta y que el entrenador le dijo que tenía buena técnica.
—¡Un metro cuarenta! —repitió, con una sonrisa tan grande que le transformaba la cara—. ¡Mi récord personal era un metro treinta y cinco!
—Eso es increíble, Isa —le dije, y lo decía en serio—. Para la competencia vas a superar el metro cincuenta, ya vas a ver.
No la estaba adulando. En la vida anterior, Isabela había saltado un metro sesenta y dos en la competencia estatal. Un metro cuarenta era solo el principio.
Caminamos hacia la salida del campo. El piso de tierra tenía los baches de siempre, trincheras miniatura que la escuela no reparaba porque nadie se quejaba lo suficiente como para que importara.
No vi el bache.
Mi pie derecho entró de lleno en el hueco. El tobillo se torció un cuarto de giro. Perdí el equilibrio y caí hacia adelante con la gracia de un costal de papas.
No llegué a tocar el suelo. Me detuve a medio camino, con una mano apoyada en la tierra y la otra agarrándome el tobillo.
—¡Sol! —Isabela se agachó a mi lado—. ¿Estás bien?
—Sí, sí. No es nada. —Me levanté despacio, sacudiéndome la tierra de la falda.
Y al levantar la vista, vi a Lisandro.
Estaba a unos diez metros de distancia, detenido. Había estado caminando delante de mí, ¿desde cuándo? ¿Cuántos minutos llevaba caminando delante de mí sin que yo lo notara?, y se había detenido al escuchar el ruido.
No se acercó. No me ofreció la mano. No preguntó si estaba bien.
Simplemente se detuvo. Me miró por encima del hombro. Y se quedó ahí, inmóvil, hasta que me puse de pie.
Cuando vio que estaba bien, que caminaba, que el tobillo aguantaba mi peso, que no era nada grave, se dio la vuelta y siguió caminando.
Sin decir nada.
Sin voltear de nuevo.
Pero no caminó hasta que yo me levanté.
Isabela, que había visto toda la escena, me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Eso fue…?
—Sí —dije, sacudiéndome las manos—. Eso fue.
No necesité explicar qué era "eso". Isabela, que sabía lo que era estar sola y desear que alguien se detuviera por ti, entendió perfectamente.
Caminamos hacia el dormitorio en silencio. Ella con su sonrisa nueva y yo con la imagen de un chico detenido a diez metros de distancia, mirándome por encima del hombro, esperando sin acercarse, protegiendo sin tocar.
Esa noche le mandé un mensaje a Lisandro.
"Vi tu tiempo en las vueltas hoy. Corres rápido para ser alguien que dice que no le gusta el deporte."
Respuesta, diez minutos después:
"Nunca dije eso."
Dos palabras más que el promedio. Y un dato implícito: nunca dijo que no le gustara el deporte. Eso significaba que yo había asumido algo sobre él, y él me había corregido. Lo cual significaba que le importaba lo que yo pensara.
Progreso, pensé, mientras apagaba la pantalla y me abrazaba a la almohada.
Lento, microscópico, invisible para cualquiera que no esté prestando atención.
Pero progreso.