Liora Montclair siempre supo que era un estorbo.
Hija menor de una casa noble en decadencia, fue criada entre insultos, miradas de desprecio y un veneno que nadie más que ella sospechaba. Su cuerpo —grande, rollizo, "impresentable" según su propia familia— era la prueba visible de años de humillación silenciosa. Cuando la obligaron a casarse con el Duque Alaric Ravens, el general más temido del Imperio Aurelius, Liora se preparó para lo peor: otro hombre que la miraría con asco.
Pero Alaric no la miró con asco.
De hecho, Alaric fue el primero en notar que su vestido de boda estaba diseñado para humillarla. El primero en tratarla con respeto. El primero en no verla como un cuerpo defectuoso, sino como una mujer con fuego en los ojos y una lengua afilada que ni siquiera un Duque podía domar.
Lo que Alaric no sabe es que Liora guarda secretos que podrían sacudir los cimientos del imperio. Secretos sobre su verdadero linaje. Sobre las sombras que la obedecen. Sobre la espada que esconde debajo de la dulzura.
Lo que Liora no sabe es que el veneno que corre por sus venas fue puesto ahí por alguien de su propia sangre. Y que destaparlo significará enfrentarse a conspiraciones que van mucho más allá de la crueldad doméstica.
Mientras Liora descubre que el "monstruo" con el que la casaron tiene las manos más gentiles que jamás la han tocado, una guerra se avecina en el horizonte. Una guerra que pondrá a prueba no solo su matrimonio, sino los secretos que ambos juran proteger.
Entre batallas en campos nevados, intrigas palaciegas que cortan más profundo que cualquier espada, y un niño de tres años con media lengua que insiste en llamarla "Lilola", Liora tendrá que decidir: ¿seguir escondiéndose detrás de la máscara de la esposa sumisa, o revelarse como lo que realmente es?
Porque debajo de la piel que todos despreciaron, late el corazón de una guerrera.
Y el Duque Ravens está a punto de descubrir que se casó con la mujer más peligrosa del imperio.
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CAPÍTULO 4. PRINCESA OSA
Liora despertó con una sensación... extraña.
No había puertas azotándose.
No había gritos de sirvientes.
No había susurros que mencionaran su nombre en tono despectivo.
Lo único que había era la luz de la mañana cayendo suavemente a través de las altas ventanas de la habitación nupcial en el Castillo Ravens, y un silencio que no le oprimía el pecho.
Liora abrió los ojos lentamente.
El techo de la habitación era alto, con ornamentos sencillos pero elegantes. No había lujos excesivos, ni tallados que pretendieran presumir riqueza. Todo parecía funcional, como su dueño.
Liora se sentó, percatándose de algo con lentitud: había dormido profundamente la noche anterior. Sin pesadillas. Sin llanto contenido.
Eso... era extraño.
Liora se levantó de la cama, caminó hacia la ventana y abrió las cortinas. Desde allí se veía el amplio patio del Castillo Ravens, bien cuidado y silencioso. No era como la casa Montclair, que siempre se sentía asfixiante por las miradas y los murmullos.
Unos golpes suaves sonaron en la puerta.
—Adelante —dijo Liora por reflejo, y luego se detuvo un instante.
Su tono de voz... era tranquilo.
Una sirvienta entró con actitud respetuosa. Tendría unos treinta años, rostro amable, movimientos serenos.
—Buenos días, Señora Duquesa —dijo haciendo una reverencia—. ¿Ya se ha levantado?
Liora se quedó paralizada una fracción de segundo.
No había tono cínico.
No había burla encubierta.
—Hmm... sí —respondió Liora.
—¿Desea desayunar en la habitación o en el comedor? —preguntó la sirvienta con suavidad—. También preparamos té de hierbas si lo desea.
Liora parpadeó.
—¿No... te molesta? —preguntó Liora con vacilación.
La sirvienta pareció confundida.
—¿Molestarme... qué, Su Excelencia?
Liora negó despacio con la cabeza.
—No es nada. Desayunaré en la habitación.
—Bien. ¿Hay algún alimento que desee evitar? —preguntó la sirvienta de nuevo con cortesía. Su tono era serio. Respetuoso.
Liora casi se rio de la sorpresa.
—No. Gracias —respondió Liora.
La sirvienta sonrió cortésmente y salió con pasos silenciosos.
Liora se quedó sola en medio de la habitación.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que... no estaba siendo juzgada.
El día transcurrió con lentitud.
Liora recorrió los pasillos del Castillo Ravens, acompañada por un joven sirviente encargado de mostrarle las áreas que podía visitar.
No había miradas de desprecio. No había susurros. Los sirvientes hacían una reverencia, saludaban brevemente y continuaban con su trabajo.
Como si... Liora realmente perteneciera a ese lugar.
Y precisamente eso era lo que la inquietaba.
Esto no coincidía con lo que había imaginado.
Liora se había preparado para insultos, para miradas de asco, para un trato brusco, como el que siempre recibió en Montclair. Más aún después de que el rumor sobre el Duque abandonándola el día de la boda se extendiera por todas partes.
Pero en este castillo... no había nada de eso.
—Su Excelencia parece confundida —dijo el sirviente, que era unos años mayor que Liora y se llamaba Gideon.
—Un poco —admitió Liora con honestidad.
—Si algo le incomoda, no dude en decirlo. Las órdenes del Duque fueron claras: todo el personal debe tratarla con respeto —dijo Gideon con una sonrisa amable.
Liora dejó de caminar.
—¿Órdenes del Duque? —repitió en voz baja.
—Sí, Su Excelencia —respondió Gideon.
El sirviente no dijo nada más, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
Pero en el pecho de Liora, algo vibró levemente.
¿Alaric Ravens, el hombre que no la miró en el altar, que se fue y la dejó el día de la boda, había dado una orden así?
Extraño.
Muy extraño.
Cerca del mediodía, Liora pidió permiso para caminar sola por el jardín lateral del castillo. Era un jardín poco visitado, más pequeño que el jardín principal, y mucho más silencioso. Árboles altos daban sombra al sendero, y flores silvestres crecían sin que muchas manos humanas las tocaran.
Un lugar tranquilo.
A Liora le gustó.
Caminó despacio, disfrutando del aire fresco, hasta que un sonido detuvo sus pasos.
Un sollozo.
Bajo, contenido, como el de alguien que no quiere que lo descubran llorando.
Liora giró la cabeza.
Bajo un árbol grande, en una banca de piedra fría, estaba sentado un niño pequeño. Su cabello era castaño oscuro, algo desordenado; sus hombros eran pequeños, su cuerpo menudo. Tenía los puños apretados sobre el regazo y el rostro agachado.
Liora dudó un momento y luego se acercó.
—Oye —lo saludó Liora con suavidad—. ¿Por qué estás llorando solo aquí?
El niño se sobresaltó. Levantó el rostro rápidamente, y sus grandes ojos se abrieron de par en par al ver a Liora. Su mirada se detuvo; no solo miraba, sino que observaba.
Demasiado tiempo.
Liora casi quiso retroceder, temiendo que el niño fuera a gritar o a llamar a un sirviente.
Pero entonces, los labios pequeños se movieron.
—Plincesa Osa —dijo el niño con su vocecita de media lengua.
Liora se quedó inmóvil. Miró al niño y luego... sonrió.
No fue una sonrisa forzada. Fue una sonrisa que nació sola.
Liora se arrodilló para quedar a la altura del niño.
—Así es —dijo con ligereza—. Soy la Princesa Osa. Grrr.
El niño parpadeó. Y luego se rio contento.
—¡Plincesa Osa es muy glaciosa!
—Entonces —continuó Liora con voz cálida—, ¿por qué un niño tan guapo como tú está llorando solo aquí?
El niño volvió a agachar la cabeza. Sus hombros se hundieron.
—Mamá y papá no etán —dijo el niño con su media lengua—. Se fuelon, dijeron los silvientes.
Liora tragó saliva.
—¿A dónde se fueron?
—A tlabajal —respondió rápidamente—. El Empelalol los llamó.
Ah. Liora entendió.
Este niño... claramente no era hijo del Duque. Alaric Ravens nunca se había casado, y demasiados rumores decían que se mantenía alejado de las mujeres. Pero era evidente que el niño formaba parte de la familia Ravens.
Quizás un sobrino.
Quizás un pariente lejano.
Lo que estaba claro era que estaba solo.
Liora sonrió de nuevo.
—En ese caso... ¿qué te parece si juegas conmigo?
El niño levantó la cabeza de golpe. Sus ojos brillaron.
—¿Plincesa Osa quiele jugal con Lowan? —preguntó el niño.
—Sí —respondió Liora sin dudar—. Yo también estoy sola aquí.
La sonrisa del niño se extendió de oreja a oreja.
—¡Bieeen! —exclamó contento.
Liora se rio enternecida. Hacía muchísimo tiempo desde la última vez que había escuchado una risa tan inocente. Su corazón, que había estado pesado durante tanto tiempo, se sintió ligero solo con ver la expresión de Rowan.
—Entonces, ¿te llamas Rowan? —preguntó.
El niño asintió con energía.
—Mi nombre es Liora —se presentó ella.
Rowan ladeó la cabeza.
—¿Lilola?
Liora se rio de nuevo, más suelta.
—Casi acertaste.
Se sentaron en el pasto, juntaron hojas secas, contaron nubes y corretearon entre los árboles. Rowan le contaba cosas con su media lengua sobre asuntos sencillos: sobre los pájaros, sobre un tío muy grande, sobre el castillo que a veces se sentía solitario.
—Lilola —dijo Rowan de pronto—. ¿Pol qué Lilola etá aquí? Yo nunca vi a Lilola antes.
—Porque apenas me mudé a este castillo anoche —respondió Liora.
Rowan asintió, con los bracitos cruzados sobre el pecho y el rostro serio, como si de verdad entendiera, aunque era obvio que no.
Qué adorable, pensó Liora.
—¿Lilola etá solita? ¿No tiene amigos? —preguntó Rowan.
Liora asintió.
Rowan sonrió.
—¡Entonses sé amiga de Lowan, sí!
Liora lo miró con ternura.
—¿De verdad Rowan quiere ser amigo de una gorda como yo?
Rowan frunció el ceño.
—¿Golda? ¿Qué es golda?
—Cuando alguien tiene un cuerpo grande como el mío, le dicen gorda —explicó Liora.
Rowan sonrió de oreja a oreja.
—¡Oh! ¿Lilola quiele decil como un oso?
—Más o menos —respondió Liora conteniendo la risa.
—Tlanquila —dijo Rowan con seriedad—. Lowan es valiente con los osos. Mi tío dice que los osos son lindos. Así que Lilola también es linda.
Por primera vez en su vida, Liora escuchó que alguien se refería a su cuerpo sin ningún insulto.
Liora extendió la mano y acarició la cabeza de Rowan con suavidad. Su pecho se llenó de calidez. Le ardían un poco los ojos por esa ternura.
Jugaron hasta que el sol se inclinó hacia el oeste.
Y en medio de las risas pequeñas y los pasos ligeros, Liora se dio cuenta de algo con absoluta claridad:
El Castillo Ravens... quizás no era un lugar cruel.
Aunque Liora no se percató de que un par de ojos la observaban a ella y a Rowan desde hacía rato, desde un rincón en las sombras.
Que pasara ?