Ella tiene curvas que esconde y un promedio impecable. Él es el hombre perfecto que la observa en secreto. Una noche, un plan macabro los une. ¿El resultado? Una mentira, un bebé y un amor que lo arriesgará todo.
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capitulo 5
Romina
Vi un pasillo al fondo, junto a los baños, y me lancé hacia él. El pasillo era estrecho, con varias puertas a los lados. Probé la primera, cerrada. La segunda, también cerrada. El pánico comenzaba a crecer en mi pecho, mezclándose con ese fuego interior que no cesaba, que me nublaba la razón.
La tercera puerta cedió. Era una habitación oscura, pequeña, que parecía un almacén o quizás una oficina en desuso. Me deslice dentro, cerré la puerta con manos temblorosas y accioné, o eso creía el pestillo. Apoyé la espalda contra la madera, jadeando, intentando controlar la respiración.
La oscuridad era casi total, solo un tenue rayo de luz se colaba por una ventana pequeña y sucia en lo alto de la pared. Estaba a salvo. O al menos eso creía.
El silencio era un alivio después del estruendo del bar. Pero el fuego en mi cuerpo no cesaba. Al contrario, en la penumbra, sin el estímulo de las luces y la música, se volvía más intenso, más consciente. Mis pechos estaban hinchados, sensibles, rozando la tela del vestido con cada respiración agitada. Mis pezones, endurecidos, delataban mi estado. Un calor húmedo crecía entre mis piernas, y me moví incómoda, presionando los muslos uno contra otro en un intento desesperado por aliviar una tensión que no entendía.
¿Qué me estaba pasando, Por qué me sentía así?
De repente, un ruido. El pestillo de la puerta se movió. Contuve el aliento. Alguien lo estaba forzando desde fuera. Sentí el golpe suave, insistente, y luego el ruido metálico de algo que forzaba la cerradura. Mi corazón se detuvo.
La puerta se abrió.
Una silueta alta se recortó contra la luz tenue del pasillo. La puerta se cerró detrás de él, y la oscuridad volvió a envolvernos. No podía ver su rostro, solo adivinaba su forma, su tamaño. Mis piernas flaquearon.
—No... por favor...
susurré, pero mi voz apenas fue un hilo.
No dijo nada. Pero lo sentí acercarse. Su presencia llenaba la pequeña habitación, su calor llegaba a mí antes que su contacto. Y entonces, sus manos encontraron mi cuerpo en la oscuridad.
Me presionó contra la pared, no con brusquedad, pero sí con una firmeza que me indicaba que no había escapatoria. Sus manos recorrieron mis brazos, mis hombros, y yo... yo no podía moverme. No podía apartarlo. El fuego interior rugió con furia al contacto de sus manos, y un jadeo escapó de mis labios, un sonido que no reconocí, que me avergonzó y excitó a partes iguales.
Su cuerpo me aprisionaba contra la pared, y aunque mi mente gritaba que me alejara, que esto estaba mal, mi cuerpo... mi cuerpo lo necesitaba. Lo necesitaba con una urgencia desesperada, animal, que anulaba cualquier pensamiento racional.
Sentí que me daba la vuelta, que ahora estaba de espaldas a él, mirando a la pared. Sus manos recorrieron mis caderas, mis caderas anchas que tanto odiaba, y en lugar de rechazarlas, las acariciaron con una posesión que me hizo temblar. Sus dedos se clavaron suavemente en la carne de mis caderas, y yo arqueé la espalda instintivamente, ofreciéndome.
Entonces sentí sus labios en mi cuello.
Fue como una descarga eléctrica que recorrió todo mi ser. Su boca era cálida, suave, y besaba mi piel con una lentitud que me desesperaba. Subió por mi cuello, hasta mi mandíbula, hasta la comisura de mis labios. No era brusco, no era violento. Era delicado. Terriblemente delicado.
—No... por favor... no
susurré de nuevo, pero mis palabras eran solo un murmullo sin convicción, ahogado por el deseo.
Entonces escuché su voz. Una voz profunda, grave, que vibró en algún lugar de mi vientre y me hizo temblar de pies a cabeza.
—¿Eres una visión
susurró, con una mezcla de asombro y deseo en su tono.
—o eres otro de mis sueños?
Sus palabras me desconcertaron. Eran dulces, casi tiernas. No eran las palabras de alguien que quisiera lastimarme. No eran las palabras de León, o si?
¿Quién era este hombre?
No tuve tiempo de preguntar. Sus labios encontraron los míos en la oscuridad, y todo pensamiento se disolvió. Su boca sabía a alcohol, a algo dulce, a hombre. Me besaba con una intensidad que me robaba el aliento, y yo, sin poder evitarlo, me dejé llevar. Mis manos, que habían estado rígidas a los costados, se levantaron y se aferraron a su camisa, tirando de él hacia mí.
Sus manos seguían recorriendo mi cuerpo, explorando cada curva, cada pliegue, cada centímetro de piel que encontraban. Acariciaron mis pechos sobre la tela del vestido, y yo gemí contra su boca. Rodearon mi cintura, apretaron mis nalgas, me levantaron ligeramente para pegarme más a él. Y yo respondía a cada caricia, mi cuerpo moviéndose al ritmo de sus manos, buscando más, siempre más.
No había cordura en mi mente. Solo existía él. Solo existían sus manos, su boca, su cuerpo contra el mío.
Sin dejar de besarme, sin dejar de susurrarme palabras que no entendía pero que sentía en lo más profundo, me llevó hacia la cama. Porque había una cama en esa habitación. Una pequeña, quizás de algún empleado, pero una cama al fin.
Me tumbó sobre ella con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus caricias. Su cuerpo se colocó sobre el mío, y sentí el peso de él, un peso bueno, que me anclaba a la realidad y al mismo tiempo me hacía flotar.
Sus manos encontraron el cierre de mi vestido. Lo bajó lentamente, y yo sentí el aire fresco de la habitación en mi piel. Me despojó de la prenda con una lentitud que me desesperaba, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Mis hombros, mi escote, la curva de mis pechos.
Cuando mi vestido cayó al suelo, cuando solo me cubría la ropa interior, se detuvo. En la penumbra, sentí su mirada recorriéndome. Y luego, sus manos, sus labios, continuaron.
Se despojó de su propia ropa con movimientos rápidos, y cuando su piel desnuda se pegó a la mía, un gemido profundo escapó de mi garganta. Su cuerpo era duro, caliente, musculoso. El mío, blando, curvilíneo, tan diferente. Pero cuando sus manos acariciaron mis caderas, cuando sus labios besaron la piel de mi vientre, cuando sus dedos trazaron círculos en mis muslos, no sentí vergüenza. Sentí que era hermosa. Sentí que era deseada.
—Eres perfecta
susurró contra mi piel.
— Maldita sea, eres tan hermosa.
Nadie me había dicho eso jamás. Nadie. Y en la oscuridad, sin ver su rostro, solo sintiendo sus caricias y escuchando sus palabras, algo se rompió dentro de mí. Algo que no sabía que estaba cerrado.
Sus labios continuaron su recorrido hacia abajo. Besaron mi vientre, mis caderas, la parte interna de mis muslos. Y cuando llegaron a mi centro, cuando su boca encontró el lugar más íntimo de mi cuerpo, el mundo explotó.
Grité. Grité de placer, de sorpresa, de algo que nunca había experimentado. Sus manos sujetaban mis caderas, impidiendo que me moviera, mientras su boca me llevaba a lugares que no sabía que existían. Las sensaciones se acumulaban en mi vientre, creciendo, intensificándose, hasta que todo mi cuerpo se tensó y me rompí en mil pedazos, sacudida por la liberación que me dejó sin aliento, temblando, llorando.
Cuando la primera liberación pasó, cuando aún temblaba por las convulsiones, lo sentí moverse sobre mí. Me acomodó, colocándose entre mis piernas. Su cuerpo cubrió el mío, y su boca buscó la mía de nuevo.
—Eres mía esta noche
susurró.
— Solo mía.
Y entonces lo sentí. La punta de su amigo presionando mi entrada. Y se detuvo.
—¿Es tu primera vez?
preguntó, su voz ronca, apenas un susurro.
Mi corazón se aceleró aún más si cabía. ¿Cómo lo había sabido, Cómo podía saberlo? Pero no podía mentir. No en ese momento, no a él.
—Sí
respondí, con la voz temblorosa.
Sentí su respiración agitada contra mi cuello. Se quedó quieto un momento, como procesando la información. Y luego, con una ternura que no esperaba, besó mi frente.
—Qué regalo me has dado
murmuró.
— Qué regalo.
Y se introdujo en mí.
Fue lento. Doloroso al principio, un dolor agudo que me hizo tensarme y jadear. Pero él se detuvo, me dejó adaptarme, me besó, me susurró palabras dulces, esperó a que mi cuerpo dejara de resistirse. Y cuando el dolor dio paso a otra cosa, a una sensación de plenitud, de completitud, comenzó a moverse.
Sus embates eran suaves al principio, profundas, medidas. Pero pronto la pasión lo desbordó, y el ritmo se aceleró. Y yo lo seguía, mis caderas elevándose para encontrarse con las suyas, mis uñas clavándose en su espalda, mis gemidos llenando la habitación oscura.
Me hizo suya sin pudor, sin reparos, pero con la delicadeza con la que se trata una flor. Y en cada movimiento, en cada embestida, repetía lo perfecta que era, lo hermosa, lo mucho que lo estaba volviendo loco.
—Eres increíble
jadeaba contra mi oído.
— eres lo más hermoso que he tocado jamás.
Y yo, que siempre había odiado mi cuerpo, que siempre lo había escondido, me sentía por primera vez deseada, valorada, hermosa.
La segunda liberación me alcanzó de repente, una ola gigante que me arrasó por completo. Grité porque no podía contenerlo. Y sentí cómo él se tensaba sobre mí, cómo un gruñido profundo escapaba de su garganta, cómo se derramaba dentro de mí en su propia liberación.
Luego, el silencio. Solo el silencio...
Continuara...