Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 5
Capítulo 5: Medio millón de deuda
Los golpes no vienen de uno en uno. Vienen en manada.
El primero llegó por el celular, dos días después de la fiesta. Una foto de Brenda: ella y Kevin dormidos en el sillón de él, la cabeza de ella en su hombro, la mano de ella sobre su pecho. Sin texto. No hacía falta texto. La foto decía todo lo que quería decir.
Me quedé mirándola en el camión, camino al trabajo, con un nudo en la garganta, y decidí no contestar. No le voy a dar el gusto. Guardé el teléfono.
El segundo golpe llegó tres días después. Otra foto de Brenda. Pero esta era distinta: Kevin en una camilla de hospital, la cara hinchada, un ojo morado, el labio partido, una venda en la ceja. Y abajo, dos palabras: "Ven rápido".
El corazón me dio un vuelco. Solté la calculadora, dejé a medias una cotización de tornillería, y pedí permiso.
—El licenciado Cortés no está —me dijo la secretaria, mascando chicle—. Anda en junta con un proveedor. Pero déjale recado, al rato viene.
El licenciado Cortés. Fabián Cortés, mi jefe, el "esposo modelo" que en Velatech todos ponían de ejemplo, el que tenía la foto de su esposa y su hijo en el escritorio. Le dejé el recado, agarré mi bolsa y corrí al hospital sin esperar respuesta. Ya luego vería si me descontaban el día.
Kevin estaba peor de lo que la foto mostraba. Me contó todo con la voz pastosa: un tipo que andaba tras Brenda la había emborrachado en un hotel, ella le habló a Kevin muerta de miedo pidiendo auxilio, los cuates fueron a sacarla de ahí y se armó el pleito. Kevin se llevó la peor parte por meterse a defenderla.
Y ahí estaba ella, sentada a la orilla de la camilla, tomándole la mano, con los ojos llorosos y una voz de miel:
—Desde chiquitos es igual, Kevin. Cuando algo me pasa, el primero que llega siempre eres tú. Siempre.
Kevin le apretó la mano. Y a mí, su novia, apenas me miró de reojo, como quien mira a la visita que llegó tarde.
—Sofi, qué bueno que viniste —me dijo, con la voz pastosa por el labio hinchado—. No es nada, no te preocupes.
—¿Cómo que no es nada? —Me acerqué a la camilla, del otro lado, donde no estaba Brenda—. Mira cómo te dejaron.
—Fue por defenderla. —Y lo dijo con orgullo, con esa nobleza rota que a mí me enamoraba y me mataba al mismo tiempo—. ¿Qué querías que hiciera? Me habló muerta de miedo. Uno no deja tirada a la gente que quiere.
A la gente que quiere. Miré a Brenda, del otro lado de la camilla, tomándole la mano con los ojos húmedos y una lágrima perfecta rodándole por la mejilla, tan bien puesta que parecía ensayada frente al espejo. Y algo dentro de mí, esa noche, junto a esa camilla, empezó a apagarse despacio, como una veladora que se queda sin cera.
Le compré un jugo en la cafetería del hospital. Se lo di. Me lo agradeció. Brenda pidió una torta "para los dos" y le dio la mitad a Kevin, de su propia mano. Yo me quedé ahí parada, con el jugo ya bebido, sobrando en el cuarto de un hombre que era mi novio.
—————
El derrumbe final fue en la boda de un amigo de Kevin, dos semanas después.
Brenda llegó de rojo. Rojo entero, entallado, del brazo de Kevin, riéndose fuerte para que todos voltearan. Y cuando en la mesa alguien soltó la pregunta obligada de toda boda —"¿y ustedes dos para cuándo?"—, ella contestó, mirándome directo a los ojos:
—Pronto, pronto.
Kevin no dijo nada. No la desmintió. Se quedó callado, con la copa en la mano, mirando el mantel.
Ese silencio me partió en dos.
Me levanté de la mesa con toda la dignidad que me quedaba, que ya era poca, y le dije a Kevin, bajito, para que solo él me oyera:
—Terminamos.
Y me fui. Esta vez de verdad. Esta vez no lo dije para que me siguiera. Salí del salón, tomé el camión, lloré todo el camino con la frente pegada al vidrio, y esta vez él no me marcó, no me alcanzó, no me buscó. La guerra fría se hizo larga y helada.
Pensé que ya no me podía pasar nada peor.
Me equivoqué.
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La bomba familiar estalló a la mañana siguiente, por teléfono.
Era mi mamá. Doña Marisol, con esa voz quejumbrosa que se le pone cuando trae malas noticias, mezclada con reclamo, como si yo tuviera la culpa de todo por estar lejos.
—Sofía, hija, es que tu hermano… —Se le quebró la voz—. Aarón hizo una tontería. Una tontería grande.
Aarón tenía dieciocho años y había dejado la prepa por meterse de aprendiz en un taller mecánico. Le encantaban los coches. Le encantaban demasiado. Y una noche, sin permiso de nadie, se le hizo fácil sacar del taller una camioneta de lujo que un cliente había llevado a servicio, para pasearla, para presumirla, para sentirse dueño de algo que jamás iba a poder comprar.
La chocó. Por alcance, en un semáforo, distraído, presumiéndole a un cuate por el manos libres. La camioneta —una de esas que cuestan más de tres millones de pesos, blindada, importada, de las que uno ve pasar y ni voltea porque sabe que no es de su mundo— quedó con el frente destrozado, el cofre plegado como papel, la defensa en el piso.
Y el dueño reclamaba los daños. Quinientos mil pesos.
Medio millón.
Me senté en el piso de la cocina con el teléfono en la mano y el mundo dándome vueltas. Medio millón. Yo ganaba seis mil quinientos al mes cuando me pasaran a planta. Mi papá cargaba costales por doscientos pesos el día. Mi mamá vendía verdura en el mercado de Ciudad del Río. Junté en la cabeza todo lo que teníamos en el mundo —la casita del pueblo, las herramientas de mi papá, mis ahorros de trapo— y no llegaba ni a la mitad de la mitad. Medio millón no era una deuda. Era una condena a perpetuidad.
—¿Y Aarón cómo está? —alcancé a preguntar.
—Encerrado en su cuarto, llore y llore. Dice que se va a poner a trabajar doble. —Mi mamá bajó la voz, y ahí vino lo que de verdad me quería decir—: Sofía, tú que estás allá en Ciudad Aurora, tú que tienes estudios… es tu hermano, hija. Es tu sangre. Algo tienes que hacer.
Es tu sangre. Cómo pesaban esas tres palabras en boca de mi mamá. Toda la vida las mismas: para el hijo hombre, la carrera de mecánico, la moto, los permisos; para mí, la beca que yo peleé sola y el deber eterno de sacar las castañas del fuego por todos. Pero era mi hermano. Era ese escuincle necio que me seguía a todos lados de niña. Y lo quería.
—Voy para allá —le dije a mi mamá—. Voy a hablar con el dueño. A ver si me da plazos, a ver si le baja, a ver qué se puede.
Junté mis últimos ahorros para el camión y me fui a Ciudad Aurora, a la dirección que Aarón me pasó, temblando, ensayando en la cabeza cómo iba a rogar, cómo iba a ver la cara del hombre al que le habíamos destrozado un coche que valía más que la vida entera de mi familia.
—————
La dirección era una torre de cristal en el corazón financiero de la ciudad. De esas que uno ve desde el camión y piensa que ahí adentro trabaja gente de otro planeta. Un vigilante de traje me revisó de arriba abajo antes de dejarme pasar; me di cuenta, tarde, de que traía los zapatos gastados y la blusa arrugada del camión. Subí en un elevador de espejos que olía a dinero, a perfume caro, a mundo ajeno, con las manos sudadas y el corazón en la garganta.
Arriba, todo era mármol y silencio. Una asistente de tacones altísimos y sonrisa de plástico me pidió que esperara en una sala con sillones de piel blanca donde daba miedo hasta sentarse. Me quedé en la orilla, apretando la bolsa contra las piernas, contando los pisos de la ciudad que se veían por el ventanal, ensayando en la cabeza cómo iba a rogar.
Al rato volvió con una carpeta.
—El licenciado la recibe en un momento —dijo—. Mientras, revise el expediente.
El expediente de daños. Fotos de la camioneta destrozada desde todos los ángulos, el peritaje, las facturas, las cifras, los sellos, todo en orden, todo legal, todo cobrable hasta el último peso. Un trabajo impecable de abogados que cobraban en una hora lo que yo en un mes.
Y en la primera hoja, en el renglón donde decía propietario del vehículo / acreedor, leí un nombre.
Se me cayó la carpeta de las manos.
Levanté la vista despacio, con el estómago en el piso, y ahí estaba, del otro lado del cristal de su oficina, mirándome con esa calma de dueño, con el labio ya casi curado de donde yo lo había mordido dos semanas atrás.
El acreedor de los quinientos mil pesos era Damián Godoy.
No, pensé, mientras todo encajaba con un chasquido siniestro. No puede ser casualidad. Esto lo armó él. Desde el principio.