Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18 — El anuncio de la boda
El cielo de la capital esa noche rebosaba de luces. Farolas de edificios, destellos de cámaras y los reflectores de un pequeño escenario montado con elegancia en los jardines de un hotel de cinco estrellas.
Se suponía que el evento era una reunión de negocios. Pero en realidad iba mucho más allá.
Arman se erguía en el centro del salón. El traje le sentaba impecable, el rostro tranquilo, la mirada cargada de cálculo.
A su lado, Camila lucía imponente. El vestido que llevaba atraía todas las miradas, y su sonrisa parecía ensayada hasta la perfección.
—¡Cariño! —La voz suave sonó junto a él y Arman giró la cabeza.
—Este es el momento indicado —le susurró Camila.
Arman no respondió de inmediato. Desde que la empresa había vuelto a estabilizarse, Camila no había dejado de presionarlo para que se casara con ella.
—Ya esperamos bastante —insistió. El tono era dulce, pero llevaba una carga por debajo.
En otro rincón, Diana, sentada junto a Lina, observaba el escenario con expectación.
—Tu abuela siempre dijo que Camila era la más indicada para ser tu mamá —murmuró.
Lina asintió despacio.
—Sí, abue. Mamá Camila nos trata bien. Siempre me da lo que quiero. No como mamá Mela.
—No menciones a esa desagradecida —gruñó Diana—. Demasiado anticuada, incapaz de hacer nada útil. No sé cómo Arman se casó con ella.
La mueca se le deshizo en sonrisa en cuanto volvió a posar los ojos en Arman y Camila.
Había transcurrido un año desde el divorcio. Y durante todo ese tiempo, Camila había estado ahí para ellos.
Cuidó de Diana con esmero, acompañó a Lina con los estudios, la consintió y le prodigó atención.
Y ahora sentían que era suficiente.
—¡Cariño! —lo llamó Camila otra vez.
Arman respiró hondo y avanzó hacia el frente. Los reflectores se concentraron en él.
Los invitados enmudecieron. Varios periodistas presentes prepararon las cámaras.
—Agradezco a todos los señores y señoras que nos acompañan esta noche. Y en esta ocasión quiero compartir un anuncio —dijo.
Lanzó una mirada fugaz hacia Camila y volvió a encarar al público.
—En los próximos días contraeré matrimonio.
Un murmullo recorrió la sala. Algunos cuchicheaban, otros aplaudieron. Los periodistas no apartaban las cámaras de su rostro.
—Esta será la boda que siempre soñé, con la mujer que amo profundamente —prosiguió. Se volvió hacia un costado y extendió la mano hacia Camila—. Ella es Camila.
El salón estalló en aplausos.
Las luces centellearon, se oyeron vítores discretos cuando Camila se acercó y entrelazó sus dedos con los de Arman. Sonreía ampliamente, radiante de felicidad.
En su rincón, Diana asintió satisfecha. Lina aplaudió con suavidad a su lado.
—Por fin van a casarse —musitó Diana, sin despegar la mirada de la pareja en el escenario.
Camila giró el rostro y clavó en Arman una mirada tierna pero intensa.
—Gracias, mi amor —le susurró.
Arman no contestó enseguida. Se limitó a devolverle una sonrisa tenue, porque para él aquello no era solo ponerle fin al escándalo que había circulado, sino también el inicio de algo más grande.
La noche estaba muy avanzada. Las luces de la ciudad seguían encendidas, pero en el piso más alto de un hotel, en la suite presidencial, reinaba el silencio.
La habitación era amplia. Ventanales de piso a techo dejaban ver el resplandor de la ciudad allá abajo.
En el centro, un hombre estaba sentado de espaldas a la puerta. El porte erguido, una mano apoyada en el respaldo del sillón. Miraba hacia afuera sin decir palabra, pero su presencia imponía una presión difícil de ignorar.
Tres golpes secos resonaron en la puerta.
—Adelante. —La voz era grave, sosegada; bastaba para que cualquiera midiera sus pasos.
La puerta se abrió. Entró un hombre con una carpeta negra en la mano. Era Arga, el asistente de confianza del dueño del Grupo Atma.
—Disculpe que lo moleste a estas horas, señor. —Hizo una leve inclinación antes de acercarse. Luego depositó un sobre lujoso sobre la mesa.
—Es una invitación formal de la familia Wijaya. Don Arman espera que usted tenga a bien asistir.
El hombre no se volvió de inmediato.
Arga bajó un poco la cabeza.
—La boda se celebrará en dos semanas.
Silencio. Solo se percibía el zumbido tenue del aire acondicionado.
Unos segundos después, el hombre giró apenas la cabeza. Su mirada se posó en el sobre dorado que descansaba sobre la mesa.
El nombre estaba impreso con nitidez: Arman Wijaya & Camila Agatha.
La comisura de sus labios se elevó despacio, formando una sonrisa fina y gélida.
—Una boda —murmuró.
Arga permaneció callado. Llevaba suficiente tiempo a su lado como para saber que ese tipo de silencio era más peligroso que cualquier palabra.
—Ayer apenas lo anunció a los medios y ya están repartiendo invitaciones. Parece que lo tenían preparado desde hace mucho —observó el hombre.
—La empresa Wijaya se muestra bastante segura últimamente —apuntó Arga con cautela—. Sobre todo desde que consiguieron un nuevo inversor; su situación ha mejorado.
El hombre alzó la copa que sostenía y giró despacio el líquido ambarino.
—Sí, están repuntando.
Arga asintió.
—Por eso quieren usar la boda como prueba de que nunca hubo infidelidad previa. Y la opinión pública empieza a elogiar a la señorita Camila por haber estado al lado del señor Arman durante los tiempos difíciles.
El hombre tomó la invitación, la abrió con parsimonia y leyó el contenido. Al instante siguiente se le escapó una risa breve que hizo a Arga contener el aliento.
—Interesante.
Arga lo miró.
—¿Asistirá usted?
—No —respondió sin rodeos.
Se puso de pie y caminó hacia el ventanal, contemplando la ciudad desde las alturas.
—No me gustan las fiestas.
Arga guardó silencio. Sabía que había otra razón por la que aquel hombre prefería no cruzarse con Arman y Camila.
—Pero hay que respetar la invitación —continuó el hombre, y su mirada se afiló—. Así que envía un obsequio como felicitación... y déjalos disfrutar por ahora.
La sonrisa reapareció, más fría y profunda.
—Porque la felicidad construida sobre la suciedad nunca dura.
Arga hizo una reverencia.
—Entendido, señor. —No preguntó más y salió de la habitación.
El hombre permaneció de pie frente al ventanal, contemplando las luces de la ciudad. Sus dedos apretaron la invitación un poco más, aunque su expresión seguía serena.
Pero detrás de esa calma había algo largo tiempo enterrado. Algo que ahora comenzaba a despertar.
Y, sin que nadie lo supiera, aquella boda que todos celebraban como un nuevo comienzo tal vez resultara ser el principio del derrumbe.