Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
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Capítulo 18: La primera audiencia
La solicitud presentada por Amelia y Gael fue admitida para trámite provisional antes de que terminara la jornada. Herrera confirmó la noticia poco después de las seis de la tarde, pero la victoria tenía un precio: el tribunal había fijado una audiencia extraordinaria para determinar si el matrimonio podía producir efectos patrimoniales mientras se resolvía la demanda de nulidad presentada por los Llorente. Amelia permaneció frente al ventanal de la oficina leyendo la notificación por tercera vez. La audiencia sería a primera hora de la mañana siguiente. No tendrían semanas para preparar una estrategia. Tendrían horas.
Gael estaba sentado al otro lado de la mesa revisando los documentos.
—El tribunal quiere escuchar a ambas partes.
—Era previsible.
—Victoria estará allí.
Amelia dejó la notificación sobre la mesa.
—Eso también era previsible.
Gabriel entró con una segunda carpeta.
—Hay algo que necesitan saber.
Gael levantó la mirada.
—¿Qué?
—Los abogados de Victoria han solicitado incorporar como prueba varios documentos relacionados con el matrimonio.
Amelia frunció el ceño.
—¿Qué documentos?
Gabriel abrió la carpeta.
—Conversaciones previas a la boda, movimientos financieros realizados durante las semanas anteriores al matrimonio y registros de reuniones entre asesores de ambas familias.
Amelia tomó los papeles.
—¿Cómo consiguieron esto?
—Algunos documentos fueron obtenidos legalmente durante el proceso de investigación. Otros...
Gabriel hizo una pausa.
—Otros parecen haber sido filtrados.
Gael se puso de pie.
—¿Por quién?
—Todavía no lo sabemos.
Amelia comenzó a revisar las páginas. Había registros de reuniones, intercambios entre abogados y referencias a la estructura patrimonial que se había discutido antes de la boda. Nada demostraba que el matrimonio fuera falso, pero presentado de manera aislada podía construir una historia peligrosa.
—Esto fue preparado desde antes de la demanda —dijo ella.
Gael se acercó.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque nadie consigue esta cantidad de información en unas horas. Victoria llevaba semanas preparando el ataque.
Gabriel asintió.
—También hay otra cosa.
—¿Qué?
—Uno de los documentos contiene una conversación entre un abogado externo y una persona del Grupo Santoro.
Gael extendió la mano.
—Déjame verla.
Gabriel le entregó la hoja.
Gael la leyó en silencio. Su expresión cambió.
Amelia lo observó.
—¿Qué dice?
Él levantó la mirada.
—Es una conversación sobre el Proyecto Legado que ocurrió tres días antes de nuestra boda.
Amelia sintió que algo se tensaba dentro de ella.
—¿Y?
—Mencionan tu nombre.
—¿Qué dicen de mí?
Gael volvió a leer el documento.
—Que eras la única persona con capacidad legal para reclamar el activo.
El silencio fue inmediato.
Amelia extendió la mano.
—Dámelo.
Leyó las líneas con atención. La conversación era breve, pero suficiente para crear una apariencia incómoda: alguien del Grupo Santoro había discutido la posibilidad de que el matrimonio con Amelia modificara la posición jurídica del Proyecto Legado.
—Esto es malo —dijo Gabriel.
—No necesariamente —respondió Amelia.
Gael la miró.
—¿No?
—No dice que el matrimonio fuera creado para obtener el activo.
—Pero sí demuestra que alguien conocía las consecuencias.
—Conocer una consecuencia no significa provocar una decisión por esa consecuencia.
Gael asintió lentamente.
—Exactamente.
Amelia levantó la vista.
—¿Quién es el abogado que aparece aquí?
Gabriel respondió:
—Mauro Vidal.
Gael se quedó inmóvil.
—¿Lo conoces?
—Demasiado bien —respondió Gael—. Fue asesor externo de mi padre durante años.
Amelia cerró la carpeta.
—Entonces mañana no solo vamos a defender nuestro matrimonio.
—¿Qué quieres decir?
—Vamos a descubrir quién está utilizando documentos de tu propia familia para intentar destruirlo.
Esa noche, ninguno de los dos abandonó la Torre Santoro hasta pasada la medianoche. Herrera trabajó con ellos desde la sala de reuniones mientras los abogados preparaban la estrategia para la audiencia. Cada documento fue revisado. Cada fecha fue comparada. Cada conversación fue analizada.
A las dos de la madrugada, Herrera dejó el último expediente sobre la mesa.
—Tenemos una defensa sólida.
Amelia negó con la cabeza.
—Sólida no es suficiente.
—¿Qué quieres entonces?
—Quiero demostrar que ellos están manipulando la cronología.
Herrera levantó la mirada.
—Explícate.
Amelia señaló los documentos.
—Aquí dicen que el Grupo Santoro sabía que el matrimonio podía activar derechos patrimoniales. Pero eso no prueba que Gael y yo nos casáramos por esa razón. Necesitamos demostrar qué ocurrió antes de que ambos grupos conocieran el alcance de la cláusula.
Gael comprendió inmediatamente.
—Los documentos del registro civil.
—Sí.
—Y los mensajes de los días anteriores.
—Exactamente.
Herrera asintió.
—Si conseguimos demostrar que la decisión matrimonial ya estaba tomada antes de que ustedes conocieran la existencia de esta cláusula específica, debilitamos el argumento de los Llorente.
Gael se levantó.
—Voy a buscar los archivos.
Amelia lo detuvo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque llevas dieciocho horas trabajando.
—Tú también.
—Pero yo no pienso dormir.
Gael la miró con una expresión casi divertida.
—Eso no era una orden, ¿verdad?
—No.
—Menos mal.
Por primera vez en toda la noche, Amelia sonrió ligeramente.
Fue un instante pequeño, casi imperceptible.
Pero Gael lo notó.
—Deberías hacerlo más a menudo.
La sonrisa desapareció.
—¿Hacer qué?
—Sonreír.
—No estamos aquí para eso.
—Lo sé.
Gael tomó su chaqueta.
—Pero tampoco estamos muertos.
Amelia lo vio salir.
No supo por qué aquellas palabras permanecieron en su mente mucho después de que la puerta se cerrara.
A las siete de la mañana, el tribunal estaba rodeado de periodistas. La noticia de la audiencia extraordinaria había provocado una expectación enorme. Amelia llegó acompañada de Herrera y dos abogados del Grupo Santoro. Gael caminaba a su lado.
Cuando bajaron del vehículo, las cámaras comenzaron a dispararse.
—¡Señora Santoro!
—¿Confía en que el matrimonio será declarado válido?
—¿Se casó con Gael Santoro para obtener el Proyecto Legado?
Amelia no respondió.
Gael tampoco.
Entraron al edificio sin detenerse.
En el interior, Victoria ya los esperaba.
Vestía un traje claro y llevaba el cabello perfectamente arreglado. Su expresión era tranquila, casi satisfecha.
—Amelia.
Amelia se detuvo.
—Victoria.
—Espero que hoy podamos resolver esto sin más escándalos.
Amelia sostuvo su mirada.
—El escándalo empezó cuando decidiste convertir un matrimonio en una demanda.
Victoria sonrió.
—No fui yo quien puso un activo millonario dentro de un matrimonio.
Gael dio un paso al frente.
—Y tú no eres quien decide qué es válido y qué no.
Victoria lo miró.
—Todavía no.
Herrera intervino.
—La audiencia está a punto de comenzar.
Victoria se apartó.
—Nos veremos dentro.
Amelia continuó caminando.
Cuando entraron a la sala, sintió el peso de todas las miradas. El juez ocupó su lugar y pidió silencio.
La representación legal de los Llorente habló primero.
El argumento fue directo: el matrimonio entre Amelia Ferrer y Gael Santoro se había producido en un momento estratégicamente vinculado a la disputa por el Proyecto Legado. La cláusula de control compartido convertía el vínculo matrimonial en un mecanismo de acceso patrimonial y, según ellos, existían indicios suficientes para cuestionar la autenticidad de la intención matrimonial.
Después comenzaron a presentar documentos.
La conversación del abogado.
Los movimientos financieros.
Las reuniones.
Las referencias al Proyecto Legado.
Cada pieza parecía cuidadosamente escogida para construir una sola historia.
Hasta que Herrera pidió la palabra.
—Señoría, la parte demandante está confundiendo conocimiento con intención.
El juez lo observó.
—Continúe.
Herrera colocó una carpeta sobre la mesa.
—La defensa presenta documentos que demuestran que la decisión matrimonial entre Amelia Ferrer y Gael Santoro fue tomada antes de que ambos conocieran la cláusula específica de cinco años de control compartido que hoy se pretende utilizar como prueba de un supuesto matrimonio instrumental.
Victoria se movió ligeramente en su asiento.
Amelia lo notó.
Herrera continuó.
—Además, presentamos registros que demuestran que los preparativos matrimoniales comenzaron antes de las reuniones empresariales que la parte demandante utiliza para construir su argumento.
El juez recibió los documentos.
—¿Y cómo explican entonces las conversaciones relacionadas con el Proyecto Legado?
Herrera respondió:
—Como conversaciones empresariales entre asesores. No existe en ninguna de ellas una instrucción de la señora Ferrer o del señor Santoro para contraer matrimonio con el propósito de apropiarse del activo.
El abogado de los Llorente se levantó.
—Objeción.
El juez levantó una mano.
—Permitiré la respuesta.
Herrera asintió.
—Gracias, señoría.
Entonces Victoria pidió hablar.
—Señoría, hay algo que la defensa está omitiendo.
El juez la miró.
—¿Qué?
Victoria señaló a Amelia.
—La señora Ferrer sabía que su matrimonio podía modificar su posición sobre el Proyecto Legado.
Amelia sintió que todas las miradas se dirigían hacia ella.
—¿Cuándo lo supo? —preguntó el juez.
Victoria respondió antes de que Amelia pudiera hacerlo.
—Antes de la boda.
El juez volvió la mirada hacia Amelia.
—¿Es correcto?
Amelia se puso de pie.
—No en los términos que ella pretende.
—Explíquese.
Amelia respiró profundamente.
—Sabía que mi matrimonio con Gael podía tener consecuencias patrimoniales generales. Como cualquier persona que firma un matrimonio con asesoría legal. Lo que no sabía era que existía una cláusula específica que otorgaba cinco años de control compartido sobre el Proyecto Legado.
El juez permaneció atento.
—¿Cuándo conoció esa cláusula?
—Después de casarme.
—¿Quién se la presentó?
Amelia miró brevemente a Gael.
—Catalina Santoro.
El abogado de los Llorente intervino.
—Entonces admite que el matrimonio produjo exactamente el beneficio que hoy defiende.
Amelia volvió el rostro hacia él.
—Admito que el matrimonio produjo una consecuencia legal. No admito que esa consecuencia haya sido el motivo por el cual me casé.