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Él Villano Que Organizaba Demasiado Bien

Él Villano Que Organizaba Demasiado Bien

Status: Terminada
Genre:Acción / Comedia / Fantasía épica / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8. Una Reunión con la Reina

La mañana después del desastre fue sorprendentemente tranquila.

Aquello, según Damián, era una mala señal.

—Las catástrofes deberían dejar más ruido.

—Esa no es una frase normal —dijo Celeste.

—Lo sé.

—¿Y aun así la dijiste?

—La dije porque me preocupa.

Basilio caminaba delante de ellos por los pasillos del palacio real.

A su alrededor, decenas de sirvientes intentaban reparar los daños de la noche anterior.

Era una tarea ambiciosa.

Especialmente porque parte del techo seguía faltando.

—Fulgor pregunta si puede quedarse con una de las columnas rotas.

—No puede.

—Ya la escondió.

—¿Cómo se esconde una columna?

—Con dedicación.

Celeste soltó una pequeña risa.

Damián empezaba a sospechar que se estaba acostumbrando peligrosamente a su compañía.

Y eso era un problema.

Uno molesto.

Y completamente ignorado.

Finalmente llegaron a una sala privada de reuniones.

Dos guardias abrieron las puertas.

Al otro lado los esperaba la reina Aurelia.

La gobernante estaba sola.

No había consejeros.

No había nobles.

No había funcionarios.

Lo que ya indicaba la gravedad de la situación.

—Lord Umbra.

—Majestad.

—Lady Valoria.

—Majestad.

La reina observó a ambos durante unos segundos.

—He pasado la mañana escuchando informes.

Damián hizo una mueca.

—Nunca son buenas noticias cuando una conversación empieza así.

—Estoy de acuerdo.

La reina apoyó ambas manos sobre una enorme mesa cubierta por mapas.

—Aurelia tiene un problema.

—Otro más —murmuró Basilio.

—Varios más.

—Eso también era esperable.

La reina extendió uno de los mapas.

Era antiguo.

Mucho más antiguo que cualquier mapa moderno.

Los bordes estaban desgastados.

Las rutas aparecían dibujadas a mano.

Y sobre el reino podían verse cinco símbolos extraños marcados con tinta dorada.

—¿Qué son esos? —preguntó Celeste.

—Anclas de corona.

Silencio.

—Eso explica exactamente nada —dijo Damián.

La reina asintió.

—Lo imaginé.

Entonces señaló el primer símbolo.

—Cuando se fundó Aurelia, los primeros reyes sellaron parte del reino utilizando magia ancestral.

—Nunca escuché hablar de eso.

—Porque fue ocultado.

—Excelente.

—La costumbre nacional parece ser esconder cosas terribles —añadió Basilio.

Nadie discutió ese punto.

La reina continuó.

—Cada una de estas anclas mantiene unido un aspecto del antiguo pacto sobre el que se construyó el reino.

—¿Y qué ocurre si alguien las controla?

La reina guardó silencio unos segundos.

—Podría reclamar Aurelia sin conquistarla.

Aquella frase hizo que la habitación se enfriara.

Celeste cruzó los brazos.

—Eso parece importante.

—Lo es.

—¿Muy importante?

—Catastróficamente importante.

Damián observó los símbolos.

Cinco puntos.

Cinco ubicaciones.

Cinco posibles problemas.

Su día empeoraba con admirable consistencia.

—¿Cuál es la conexión con Marvon?

La reina se volvió hacia él.

—Marvon no era el líder.

—Ya lo sospechaba.

—Era una herramienta.

—También lo sospechaba.

—¿Sospechas algo que no termine mal?

—No últimamente.

Sobre la mesa apareció un segundo objeto.

Una máscara blanca.

Agrietada.

Rota por varios lugares.

Celeste inmediatamente se puso tensa.

—¿Qué es eso?

Damián no respondió.

Porque ya lo sabía.

Y porque la sola visión del objeto le provocó una sensación desagradable en el estómago.

La reina lo observó.

—¿La reconoces?

—Sí.

—Entonces habla.

Damián suspiró.

—Odio cuando las reuniones incluyen confesiones.

—Empieza.

Durante unos segundos guardó silencio.

Luego apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Hace años busqué respuestas sobre mi familia.

Celeste lo observó atentamente.

Era la primera vez que él hablaba de algo personal.

Y aquello solo hacía más evidente su incomodidad.

—¿Y?

—Encontré a la Corte del Espejo.

La reina no parecía sorprendida.

Celeste sí.

—¿Ellos te encontraron a ti?

—No.

—¿Los buscaste?

—Sí.

—Eso suena como una idea terrible.

—Lo fue.

—Al menos eres honesto.

—Solo porque ya es demasiado tarde para mentir.

Basilio carraspeó.

—Fue una época complicada.

—Gracias, Basilio.

—Siempre intento ayudar.

Damián ignoró el comentario.

—La Corte ofrecía conocimiento.

—¿A cambio de qué?

—Algo pequeño.

Celeste frunció el ceño.

—Cuando alguien dice algo pequeño, nunca es pequeño.

—Correcto.

—¿Qué les diste?

Damián permaneció en silencio.

—Damián.

—Mi reflejo.

Silencio.

—¿Tu qué?

—Mi reflejo.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

—¿Literalmente tu reflejo?

—Sí.

—¿El de los espejos?

—Ese mismo.

Celeste se quedó mirándolo.

Luego giró lentamente hacia Basilio.

—¿Esto es normal?

—Sorprendentemente sí.

—¿Por qué pregunto?

—Porque todavía conserva esperanza.

Antes de que pudiera responder, algo ocurrió.

La máscara blanca sobre la mesa vibró.

Una vez.

Luego otra.

Todos la observaron.

—No me gusta eso —dijo Celeste.

—A mí menos.

Una grieta luminosa apareció en la superficie.

Después otra.

Y otra más.

La reina dio un paso atrás.

—¿Eso debería suceder?

—No.

—Excelente.

Las grietas comenzaron a brillar.

Luego la máscara habló.

—Damián Umbra.

Hubo silencio.

—No.

—Damián Umbra.

—No.

—Damián Umbra.

—Sigo diciendo no.

La máscara ignoró la objeción.

Un cristal cercano se agrietó repentinamente.

Luego otro.

Después una jarra.

Finalmente todos los objetos reflectantes de la sala comenzaron a vibrar.

—¡Aléjense! —gritó Damián.

Demasiado tarde.

Los trozos de vidrio se elevaron en el aire.

Y dentro de ellos apareció un rostro.

Su propio rostro.

Pero no exactamente.

Piel blanca.

Ojos plateados.

Una sonrisa inquietante.

El reflejo robado.

Celeste desenvainó la espada.

—¿Ese eres tú?

—Larga historia.

—Odio tus historias.

—Yo también.

El reflejo sonrió.

—Qué emotivo.

—Vete.

—No.

—Insisto.

—Y yo también.

Fulgor apareció de repente por una ventana abierta.

Nadie entendió cómo.

Ni siquiera Basilio.

El dragón aterrizó dentro de la sala.

Destruyendo una silla histórica.

—Por supuesto —murmuró la reina.

Fulgor observó el reflejo.

El reflejo observó a Fulgor.

Fulgor decidió que no le gustaba.

Y lanzó un pequeño chorro de fuego.

El reflejo desapareció.

También desapareció parte de una cortina.

Y una mesa.

Y posiblemente un tratado diplomático.

Silencio.

—Bueno —dijo Basilio.

—No.

—Bueno.

—No.

—Bueno.

Damián se cubrió el rostro.

—¿Se ha ido?

Celeste observó los cristales.

Ya estaban inmóviles.

—Parece que sí.

La reina respiró profundamente.

—Necesito una nueva sala de reuniones.

—Y una nueva mesa —añadió Basilio.

—Y una nueva silla —dijo Celeste.

Todos miraron a Fulgor.

El dragón estaba sentado sobre los restos.

Orgulloso.

—No fue tu mejor intervención —dijo Damián.

Fulgor emitió un pequeño ruido victorioso.

—Definitivamente cree que ayudó.

—Lo sé.

Finalmente la reina volvió a desplegar el mapa.

—Estamos perdiendo el tiempo.

Su voz sonó firme.

Serena.

Decidida.

—Tenemos cinco anclas.

La Corte del Espejo está involucrada.

Y alguien intenta reclamar el reino.

La habitación quedó en silencio.

Damián observó las marcas doradas.

Celeste hizo lo mismo.

Fulgor intentó comerse una esquina del mapa.

Basilio lo impidió.

Y por primera vez desde el baile, los cuatro comprendieron algo importante.

Marvon nunca había sido el verdadero enemigo.

Sólo había sido la primera puerta.

Y acababan de descubrir que había muchas más esperando detrás.

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