Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 19
El Salón de los Espejos del Club Financiero vibraba con el murmullo de transacciones millonarias y perfumes de alta gama. David Bianchi caminaba por el lugar con la seguridad de un monarca, pero su mente era un nido de estrategias oscuras. Había diseñado esta noche como una prueba de laboratorio. Invitó a Anna con una cortesía gélida, exigiendo su presencia como la "consorte oficial" en la reunión anual de accionistas, solo para aplicar un castigo psicológico: la invisibilidad.
Quería verla quebrarse. Quería ver si la mujer que gritaba su nombre en la oscuridad de un invernadero se desmoronaba cuando el hombre que la poseía por contrato le negaba el saludo frente a sus pares.
—Quédate cerca del buffet de caviar, Anna. No interrumpas mis conversaciones con el consejo —le había soltado David al bajar del coche, sin siquiera mirarla, su mano soltando la de ella como si fuera un objeto inanimado—. Hoy los números hablan, no las esposas.
Anna sintió el pinchazo de la humillación, pero su respuesta no fue un sollozo, sino un reajuste de su arquitectura interna. Vestía un traje sastre de seda color grafito que marcaba su figura con una precisión matemática. Su cabello estaba recogido en una coleta alta, tirante, que acentuaba la frialdad de sus ojos verdes.
—Entendido, David. Trataré de no perturbar tu... elocuencia —respondió ella, su voz fluyendo como nitrógeno líquido.
David se alejó de inmediato, sumergiéndose en un círculo de magnates petroleros, dándole la espalda de forma deliberada durante más de una hora. La ignoró en los brindis, evitó presentarla a los nuevos socios y, cuando sus miradas se cruzaban por accidente, él desviaba la suya con un desdén calculado. Era un desplante público, una marca de territorio que pretendía recordarle su lugar como un "trámite" legal.
Pero Anna Bianchi no era una mujer que se marchitara en las sombras.
Tras quince minutos de observación analítica, Anna detectó una grieta en el grupo de inversores asiáticos. Se acercó con la elegancia de una pantera, sosteniendo una copa de agua mineral como si fuera el cetro de un imperio. No esperó a ser presentada.
—Señor Tanaka, he leído su último informe sobre la volatilidad de las criptodivisas en el mercado de Singapur —dijo Anna, su voz modulada con una seguridad que detuvo la conversación del grupo—. Su teoría sobre la descentralización del riesgo es fascinante, aunque omite la variable de la regulación fiscal europea que entra en vigor el próximo mes.
El hombre, un tiburón de las finanzas que rara vez escuchaba a alguien fuera de su círculo íntimo, la miró con sorpresa.
—¿Y usted es...?
—Anna Bianchi —respondió ella, extendiendo una mano firme—. Pero hoy, preferiría que me viera como la estratega que ha detectado un error de tres puntos porcentuales en su proyección de beneficios para el tercer trimestre. ¿Me permite mostrarle por qué?
David, desde el otro lado del salón, sintió un cambio en la marea. Ya no era él el centro de atención. Vio cómo el grupo más poderoso de la noche rodeaba a su esposa. Vio a Anna gesticular con una gracia técnica, sus ojos encendidos con la chispa del intelecto puro. No era la mujer sumisa que él esperaba ver derrotada; era una fuerza de la naturaleza que estaba ganándose a los socios uno por uno, sin mencionar su apellido una sola vez.
La sensualidad de Anna en ese momento no residía en su escote, sino en su poder. Su inteligencia era un imán que David no podía ignorar. Su posesividad comenzó a arder bajo su esmoquin. Verla brillar por sí sola, independiente de su sombra, le provocaba una mezcla insoportable de orgullo y rabia.
—Es fascinante, ¿verdad? —una voz fluida interrumpió sus pensamientos.
Arturo Varga estaba apoyado en una columna de mármol, con la mirada fija en Anna. No le quitaba los ojos de encima. Había una devoción hambrienta en su expresión que hizo que David apretara los dientes hasta que le dolió la mandíbula.
—Parece que tu "trámite" tiene más cerebro que todo tu consejo de administración junto, David —continuó Arturo, dando un sorbo a su champán—. Mira cómo se mueve. Mira cómo los domina. Si yo tuviera a una mujer así a mi lado, no la ignoraría. La pondría en un trono y quemaría a cualquiera que se atreviera a mirarla.
—Cierra la boca, Arturo —masulló David, su mirada gris clavada en la mano de un socio que acababa de rozar el brazo de Anna en un gesto de admiración.
—¿Te duele? —se burló Arturo, disfrutando del tormento de su rival—. Ver que ella es un sol propio y que tú eres el que se está quedando en la oscuridad. Ella no te necesita para brillar, David. Y eso es lo que más te aterra. Que ella pueda elegir irse con alguien que sí sepa apreciar la joya que es.
David no aguantó más. Dejó su copa sobre una bandeja y caminó hacia el grupo de Anna con la pesadez de una tormenta inminente. Se abrió paso entre los inversores y colocó una mano posesiva en la parte baja de la espalda de ella, apretando con una firmeza que decía claramente: Es mía.
—Señores, lamento interrumpir, pero mi esposa tiene otros compromisos esta noche —dijo David, su voz cargada de una autoridad gutural que no admitía réplicas.
Anna lo miró de reojo, su máscara de hielo intacta, aunque por dentro disfrutaba del caos que había provocado.
—Oh, David. El señor Tanaka y yo estábamos justo discutiendo la fusión de las filiales. Pensé que estabas... ocupado con asuntos más importantes.
David se inclinó hacia ella, su aliento rozando su sien, ignorando a los presentes.
—Vámonos. Ahora.
La arrastró fuera del salón hacia la terraza privada. Una vez allí, bajo la luz de la luna y el eco lejano de la fiesta, la acorraló contra la barandilla de piedra. El frío de la noche chocaba con el calor de sus cuerpos.
—¿Qué demonios crees que estabas haciendo? —exigió David, su rostro a milímetros del de ella.
—Brillar, David —respondió Anna, su voz firme, sin rastro de miedo—. Hiciste un desplante público para ver si me rompía. Bueno, aquí estoy. No me rompí. Me convertí en el activo más valioso de esta habitación mientras tú intentabas tratarme como a una secretaria olvidada.
David la observó con una intensidad que rozaba la locura. La mujer frente a él ya no era la "esposa de papel". Era una mujer poderosa, astuta y terriblemente deseable. Su instinto posesivo se mezcló con un respeto reticente que lo desarmó.
—No eres un trámite —confesó David, su voz rota—. Eres un imán del caos, Anna. Y me estás destruyendo el orden que tanto me costó construir.
Él la tomó por la barbilla, obligándola a sostener la mirada. El deseo sexual entre ellos era una cuerda tensada al máximo. David se dio cuenta de que su estrategia había fallado de la manera más espectacular posible: al intentar ignorarla, la había convertido en el único objeto que sus ojos —y los de todo el mundo— querían poseer.
Anna sonrió, una sonrisa de victoria analítica que le devolvió el golpe.
—Entonces aprende a vivir en el caos, David. Porque a partir de hoy, ya no voy a pedir permiso para existir en tu mundo.
David la soltó, pero la sombra de Arturo observándolos desde el ventanal le recordó que la guerra por el corazón y la lealtad de Anna acababa de escalar. Su esposa ya no era una obligación; era la mujer más peligrosa de su vida, y él estaba peligrosamente cerca de rendirse ante ella.