Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.
Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.
Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…
¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?
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Capítulo 11
Alejandro esbozó una sonrisa amplia y encantadora; los hoyuelos se le marcaron con nitidez mientras contemplaba a Aurora sin apartar los ojos. Había una ternura tan honda en su mirada que parecía que, en medio del bullicio de la ciclovía dominical aquella mañana, no existiera nadie más que ellos dos.
—Así que todavía recuerdas un detalle tan pequeño, ¿eh, profesora? —dijo Alejandro, bajando la voz una octava a propósito, cargando cada palabra de un sentido que solo ellos dos podían entender.
Al oírlo, Dalia detuvo en seco la cuchara. Frunció el ceño con fuerza. Al otro lado de la mesa, Mateo y Martina se lanzaron una mirada de reojo, las frentes arrugadas. Un momento… La profesora Aurora llevaba apenas unos días dando clases, ¿por qué su papá parecía tratarla como si la conociera desde hacía mucho? ¿Y desde cuándo su papá miraba a una mujer con esa dulzura? Las preguntas empezaron a arremolinárseles en la cabeza, una tras otra.
Aurora se puso roja como un tomate, entre la vergüenza y los nervios de sentirse acorralada. Se apresuró a tomar su cuchara, tratando de comportarse con la mayor naturalidad posible para desviar la atención de todos los que estaban en la mesa.
—V-vamos… comamos todos juntos, aprovechemos que el sancocho todavía está caliente —cortó Aurora deprisa, con la voz un poco temblorosa. Se llevó a la boca una cucharada de caldo humeante sin atreverse a mirar a nadie.
Al fin, todos se pusieron a comer su sancocho. Entre cucharada y cucharada, Alejandro seguía sonriendo para sus adentros. De pronto, sus pensamientos se dejaron llevar, saltando por encima de más de una década.
El dulce recuerdo de aquel día en que había caído con fiebre en la casita de la finca del pueblo volvió a girar en su mente, nítido como el agua clara. Aquel día, Aurora había llegado con un tazón de sancocho caliente hecho por ella misma. Con una paciencia infinita, la muchacha le había dado de comer cucharada a cucharada.
—Este sancocho está hecho con una receta secreta, Alejandro. Lo preparé con mucho amor, para que te cures pronto —le había susurrado Aurora entonces, con las mejillas encendidas y una timidez de lo más adorable.
Aquel había sido el momento en que Alejandro, por primera vez, la atrajo hacia su pecho. Todavía recordaba con claridad cómo el cuerpo de Aurora, que aún llevaba el uniforme del colegio, había temblado de puros nervios entre sus brazos. Un recuerdo dulce y cálido, de antes de que el destino se los arrebatara todo de las manos.
¡Pum!
El leve golpe de la cuchara de Aurora contra el tazón de plástico deshizo de golpe la ensoñación de Alejandro.
Aurora se limpió los labios a toda prisa con una servilleta y se levantó enseguida de la silla. Ya no soportaba más la presión de aquella mirada llena de sobreentendidos ni la desconfianza de sus alumnos.
—Dalia, Mateo, Martina, señor Bustamante… lo siento muchísimo, pero me parece que tengo que irme ya. Acabo de acordarme de un asunto importante que debo resolver en casa —dijo Aurora, atropellándose. Era la única excusa lógica que se le ocurrió para escapar de las garras del pasado.
Dalia, que apenas había terminado la mitad de su sancocho, abrió los ojos con fastidio.
—¿Cómo, Auro? ¿Por qué tanto apuro? Si acabamos de…
—Perdóname, Dalia. Me tengo que ir primero. Con permiso, hasta luego —la cortó Aurora rápidamente. Sin esperar la aprobación de nadie, giró sobre sus talones y se alejó a grandes zancadas del puesto de sancocho, hasta perderse entre la multitud de la ciclovía.
Dalia soltó el aire con brusquedad y dejó la cuchara, muerta de rabia porque su rato de acercamiento al apuesto viudo que tenía al lado se había echado a perder. Pero, por debajo del fastidio, su instinto de mujer empezó a trabajar. Siguió con la mirada la partida de Aurora, entornando los ojos con recelo, y luego echó un vistazo a Alejandro, cuya vista seguía clavada en el corredor por donde su amiga había desaparecido, con un gesto de decepción imposible de disimular.
A Dalia le nació una sospecha enorme. Algo muy grande y secreto debía de estar escondiéndole su nueva amiga.
*
*
Al llegar a su casa de alquiler, Aurora cerró la puerta de un portazo y le echó llave a conciencia. Se recostó contra la madera fría de la puerta y se apretó con la mano derecha la ropa a la altura del pecho, que sentía oprimido.
Dios mío… ¿por qué tengo que volver a cruzarme con ese hombre? ¿Por qué justo ahora, cuando apenas empiezo a rehacer mi vida? Pero ¿por qué también el corazón me late así de fuerte cuando lo tengo cerca? ¡Es un hombre malvado! ¡Destruyó mi futuro y nos avergonzó a mí y a toda mi familia!, gritó por dentro, mientras el llanto volvía a estallar y le empapaba las mejillas.
Antes de que Aurora alcanzara a calmarse, unos golpes fuertes en la puerta la sobresaltaron.
Toc, toc, toc.
—¡Auro, abre la puerta, Auro! Sé que me estás ocultando algo —llamó Dalia desde afuera. El tono ya no era de fastidio, sino de una preocupación sincera—. Si confías en mí, puedes contarme lo que sea, Auro. ¡No es bueno cargar sola con algo tan pesado!
Aurora se quedó paralizada donde estaba. Se detuvo a pensar un instante. Durante más de doce años, siempre había guardado ese dolor bajo llave, ella sola. En su pueblo, ni hablar de contarlo: hasta mencionar el nombre de Alejandro era un tabú. La herida y la vergüenza habían llegado a obligarla, a ella y a sus padres, a vender lo que tenían y mudarse a otro pueblo para huir de las habladurías de la gente. ¿Sería ahora el momento de compartir esa carga?
Sintiendo la sinceridad de Dalia, que desde su llegada a la capital siempre la había ayudado, Aurora al fin dio vuelta a la llave y abrió la puerta. Bajó la cabeza, sin atreverse a mostrar el rostro hinchado de tanto llorar.
Dalia entró de inmediato y le tomó a Aurora los dos hombros.
—Auro, ¿estuviste llorando? Auro, ¿qué relación tienes en realidad con ese hombre tan guapo de recién? ¡Me refiero al señor Bustamante!
Aurora respiró hondo y se secó los restos de lágrimas de las mejillas.
—Mejor sentémonos primero, Dalia. Y… creo que de verdad puedo confiar en ti para guardar este secreto.
Al oírlo, Dalia le pasó el brazo por los hombros con calidez y la llevó a sentarse en una silla de la modesta sala. —Cuéntame, Auro. Estoy lista para escucharte. Y no te preocupes, te juro que puedo guardar este secreto hasta la muerte.
Al ver la firmeza en los ojos de Dalia, la muralla que Aurora tenía levantada en el pecho fue cayendo poco a poco. Un alivio inmenso le corrió por dentro.
—Verás, Dalia… La verdad es que el señor Bustamante… él… él fue mi novio. Y estuvimos a punto de casarnos, pero todo se vino abajo a mitad de camino —confesó Aurora con la voz temblorosa.
—¿Qué? ¿En serio, Auro?
Dalia quedó fulminada por la impresión. Hasta se levantó de la silla, con los ojos como platos. —¿El señor Bustamante, ese magnate, es tu ex? ¡Esto es una locura, Auro! ¿Cómo es posible que un hombre de ciudad como él se cruzara en tu vida de antes?
Aurora sonrió con amargura y le hizo una seña para que volviera a sentarse. Entonces empezó a desplegar aquellas páginas oscuras del pasado.
—En aquel tiempo, Alejandro era un universitario muy travieso que faltaba mucho a clase. Como ya no podían con él, su padre lo mandó a mi pueblo para que aprendiera a valerse por sí mismo y administrara la finca de su difunto abuelo. Y es que el abuelo del señor Bustamante era dueño de las tierras y de la plantación de té más grande de nuestro pueblo; incluso en el pueblo vecino la familia Bustamante tenía terrenos enormes.
Aurora hizo una pausa; los ojos se le perdieron, atravesando el tiempo.
—Para no hacerte el cuento largo, en ese entonces yo solía llevarles el almuerzo a mis padres, que trabajaban de jornaleros en esa plantación. Ahí fue donde muchas veces me encontraba con Alejandro y platicábamos. De tanto vernos, sentimos que congeniábamos y terminamos enamorándonos. Hasta que, al final, Alejandro se atrevió a decidir que se casaría conmigo.
—¿Aun sin el consentimiento de su familia? —preguntó Dalia, que empezaba a dejarse llevar por la historia.
—Sí —Aurora asintió con dolor—. En aquel momento yo era muy joven, impulsiva y estaba ciega de amor. Al final acordamos celebrar la boda sin que los padres de Alejandro, allá en la capital, se enteraran. Por suerte, en esos días había un tío de Alejandro de visita en la finca, y él sí aprobó nuestros planes y hasta accedió a ser testigo. Pero, por desgracia…
Una lágrima volvió a rodar por la mejilla de Aurora; la voz se le quebró en la garganta.
—Todo aquel sueño hermoso se hizo pedazos en una sola noche. Cintia, mi mejor amiga del pueblo, en quien más confiaba, me clavó un puñal por la espalda a escondidas. En los días previos a la boda, vino a verme llorando y me confesó que Alejandro la había dejado embarazada. En ese mismo instante mi boda se derrumbó, Dalia… Y eso que… eso que las invitaciones ya se habían repartido por todos los rincones del pueblo…
El llanto de Aurora volvió a estallar. Se cubrió la cara con las dos manos, los hombros sacudidos con fuerza al recordar la vergüenza inmensa de aquel día en que la felicidad se le había convertido en luto para toda su familia.
Dalia se quedó sentada a su lado, rígida, muda por completo, con una impresión que le calaba hasta el fondo. Miraba a Aurora con los ojos vidriosos. Jamás se le había cruzado por la mente que, detrás de la profesora Aurora, siempre alegre, paciente y entera en el colegio, se escondiera una historia de amor tan trágica y dolorosa.
Continuará…