Una joven inocente a muerto, pero, lo inimaginable ha sucedido; un alma proveniente de otra época, ha reencarnado en su cuerpo, Victoria fue una reina tirana, que gobernó con firmeza y conquisto reinos sin titubear, ahora, para sobrevivir, tendrá que convertirse en la reina de la mafia.
Pero, en su camino se cruzara con Alexey, un líder mafioso a quien no se verá como un digno rival, si no que también, podrías ser su aliado más poderoso.
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Capítulo 18: Los Canales de la Muerte
El amanecer sobre el archipiélago del sur trajo consigo una niebla espesa que se arrastraba sobre las aguas turbias de los canales. Las mansiones de estilo colonial, apoyadas sobre arcos de piedra y rodeadas por muelles privados, permanecían en un silencio aparente.
Sin embargo, la llegada del Cisne Negro no pasó desapercibida.
Victoria, vistiendo un traje táctico de combate en cuero estanco de tono gris oscuro con sus dos dagas en los muslos, permanecía en la proa de la embarcación. Alexey estaba a su lado, armado con un fusil de asalto de gran calibre y un chaleco táctico que dejaba ver la anchura descomunal de sus brazos.
Detrás de ellos, una flotilla de cuatro lanchas rápidas neumáticas ocupadas por los mejores sicarios de la organización de Alexey avanzaba en formación de cuña.
—La mansión principal de la familia Vega está en el canal central —explicó Alexey, señalando la silueta de una fortaleza de piedra con balcones de hierro forjado que se alzaba entre la niebla—. Don Carlos Vega tiene ochenta hombres armados con fusiles pesados en los balcones. No podremos acercarnos al muelle sin recibir un fuego de cobertura devastador.
Victoria sonrió. Canalizó la energía de sus canales mágicos, haciendo que sus pupilas se tiñeran de un resplandor dorado intenso que hizo que los sicarios de las lanchas traseras persignaran de pavor.
—No necesitamos acercarnos al muelle, Alexey —dijo ella con una voz serena—. Tu gente solo debe cubrir los flancos. Yo abriré el camino.
Victoria se subió a la borda del yate. Extendió los brazos hacia las aguas del canal. La sangre que manaba de una pequeña incisión en su muñeca cayó al agua turbia. Instantes después, la masa de agua frente al yate comenzó a hervir.
Una ráfaga de presión mágica de sangre y agua congelada emergió del canal, proyectándose hacia los balcones de la mansión Vega. Las estruccturas de hierro forjado y mampostería saltaron por los aires en una explosión de escombros y hielo que barrió con las primeras dos líneas de tiradores enemigos en cuestión de segundos.
Los gritos de terror de los mercenarios del sur retumbaron en la niebla.
—¡Fuego a discreción! —rugió Alexey por la radio táctica, maravillado y enardecido por el despliegue de poder de su mujer—. ¡Desembarquen en el muelle este y no dejen a nadie en pie!
Las lanchas neumáticas se abalanzaron sobre los muelles de la fortaleza. Alexey saltó de la proa del yate directamente a la terraza principal, abriendo fuego en ráfagas cortas que abatían a los guardias del cartel antes de que pudieran recuperarse del impacto mágico.
Victoria cayó justo a su lado con una agilidad felina. Desenfundó sus dos dagas de aleación y se adentró en los pasillos de mármol de la mansión de los Vega, dejando tras de sí una estela de ejecuciones impecables y precisas. La Venecia de las Sombras comenzaba a teñirse con el rojo de la rendición.
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La sala de baile de la mansión Vega, iluminada por ventanales que daban directamente a los canales interiores, era un escenario de caos absoluto. Los cuerpos de la guardia de elite de la familia yacean desparramados sobre el suelo de azulejos importados, mientras el humo de los disparos y el olor a pólvora saturaban el aire.
Don Carlos Vega, el patriarca del Cartel del Sur, permanecía acorralado contra el altar de mármol del salón principal. El anciano capo, de cabellos canos y rostro marcado por décadas de violencia sin freno, sostenía un subfusil dorado con manos temblorosas.
Alexey irrumpió en el salón, cubierto de hollín y sangre enemiga, con el fusil caliente en la mano derecha. Detrás de él, Victoria caminaba con una calma soberbia, limpiándose las dagas con un pañuelo de encaje que había tomado de las aposentos privados de la casa.
—¡Volkov! —gritó Carlos Vega, con la voz quebrada por la desesperación—. ¡Esto es una locura! ¡Los carteles del continente no van a permitir que una bruja y un salvaje de la metrópoli se queden con las rutas del sur!
—Los carteles del continente están demasiado ocupados contando el dinero que les quitamos del banco esta mañana, Carlos —respondió Alexey, avanzando dos pasos con una sonrisa peligrosa en los labios—. Has tomado malas decisiones al mandar a tus hombres a la autopista de mi ciudad.
—¡Ella te está usando! —espetó el viejo capo, señalando a Victoria con el cañón del subfusil—. ¡Esa mujer no es humana! ¡Te aplastará a ti también en cuanto termine de limpiar las provincias!
Victoria se aproximó al anciano sin mostrar la menor preocupación por el arma que le apuntaba al pecho. Se detuvo a medio metro, mirándolo con una piedad helada que hizo que el pulso de Carlos Vega fallara.
—La diferencia entre Alexey y tú, viejo mediocre, es que él es un rey de verdad que sabe dónde pararse —declaró Victoria en un tono suave que retumbó en las paredes del salón—. Tú eras un simple arrendatario de estas aguas. Mi imperio no tolera la existencia de intermediarios que no saben rendir tributo a tiempo.
Con un movimiento sutil del dedo índice, Victoria canalizó una aguja de sangre condensada que atravesó la tráquea de Carlos Vega antes de que pudiera apretar el gatillo. El anciano cayó de rodillas, soltando el arma dorada mientras se ahogaba en su propia sangre sobre el mármol del altar.
Alexey caminó hacia el cuerpo, tomó las llaves maestras de las bóvedas de la mansión y las guardó en su bolsillo táctico.
—La red del sur está destruida —anunció Alexey, mirando a Victoria con unos ojos de acero ardiendo de fascinación—. El canal entero es tuyo, Elena.
Victoria se giró despacio, caminó hacia Alexey y le rodeó el cuello con los brazos, apoyando el cuerpo cansado contra el pecho musculoso del magnate.
—Nuestro, bárbaro —corrigió ella en voz baja, dándole un beso suave en la barbilla—. Tu fuerza y mi voluntad. Ningún cartel de este mundo podrá separarnos ahora.
Alexey la sujetó por la cintura, levantándola ligeramente mientras sus labios se encontraban en un beso profundo y victorioso en medio de la sala conquistada.