Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más
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CAPÍTULO 17: Cuando el silencio también es una respuesta
El papel en las manos de Mauricio se arrugó sin que él lo notara.
Sus dedos seguían apretando la frase una y otra vez, como si al hacerlo pudiera obligar al mundo a desmentirla.
“Ahora sí estás dentro del juego.”
El pasillo del subsuelo del hospital estaba vacío.
Demasiado vacío.
La luz blanca parpadeaba de forma irregular, proyectando sombras que parecían moverse aunque no hubiera nadie.
—¡Celina! —volvió a gritar, esta vez con la voz más rota.
Solo el eco respondió.
Mauricio avanzó rápido, abriendo puertas al azar.
Depósitos.
Cuartos de limpieza.
Archivadores.
Nada.
Nada excepto el rastro de un desorden reciente.
Papeles en el suelo.
Una silla volcada.
Un archivador abierto con violencia.
Y el nombre de Lucía aún visible en la carpeta principal, como si alguien hubiera querido asegurarse de que lo viera.
Mauricio cerró los ojos un segundo.
No era solo miedo.
Era rabia.
Y algo peor.
Impotencia.
Inés apareció detrás de él sin hacer ruido.
—Ya es tarde —dijo.
Mauricio se giró de golpe.
—¡¿Qué significa esto?! —su voz salió más alta de lo que pretendía—. ¡¿Dónde está Celina?!
Inés no reaccionó al tono.
—No lo sé exactamente.
Mauricio dio un paso hacia ella.
—Eso no es una respuesta aceptable.
—Es la única que tengo.
El silencio entre ambos se volvió insoportable.
Mauricio respiraba con fuerza.
—Tú sabías que esto podía pasar.
Inés bajó la mirada un instante.
Ese pequeño gesto lo confirmó todo.
—¡Lo sabías! —explotó él.
—Sabía que alguien la iba a buscar —respondió ella finalmente—. No sabía cuándo.
Mauricio sintió un frío interno.
—¿Quién?
Inés no contestó.
—¡¿Quién se la llevó?!
Inés levantó la vista.
—No fue un secuestro improvisado.
Mauricio la miró con incredulidad.
—¿Entonces qué fue?
Inés dudó.
—Una extracción.
La palabra sonó peor que cualquier otra opción.
—Explícate.
Inés caminó hacia el centro del pasillo.
—Celina no desapareció por casualidad. La encontraron porque alguien activó una alerta.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué alerta?
Inés lo miró directamente.
—La de su nombre en el archivo de Lucía.
El mundo pareció inclinarse otra vez.
—¿Quieres decir que…?
—Que desde que abrió ese documento, dejó de ser invisible.
Mauricio apretó los puños.
—¿Quién controla eso?
Inés tardó en responder.
Demasiado.
—Personas que no trabajan con nombres públicos.
Ese silencio fue suficiente.
Mauricio entendió lo que no quería aceptar.
—Esto es más grande que mi familia… —murmuró.
Inés asintió.
—Siempre lo fue.
En otro lugar de la ciudad, Celina despertó.
No supo cuánto tiempo había pasado.
El mundo era borroso.
Frío.
Demasiado silencioso.
Estaba sentada en una silla metálica.
Sus manos estaban libres.
Pero la puerta frente a ella estaba cerrada.
Una habitación sin ventanas.
Sin reloj.
Sin referencia.
—Hola… —su voz salió débil.
Nadie respondió.
Intentó moverse.
Le dolía la cabeza.
La garganta seca.
El último recuerdo regresó como un golpe: el hospital, el archivo, el hombre, la mano sobre su boca…
Celina se llevó los dedos a los labios.
Respiró rápido.
—No… no, no, no…
La puerta se abrió.
El sonido la hizo levantar la mirada de inmediato.
El mismo hombre del hospital entró.
Esta vez sin prisa.
Sin ocultarse.
—Te despertaste rápido —dijo.
Celina lo miró con odio y miedo mezclados.
—¿Qué quiere de mí?
El hombre cerró la puerta detrás de él.
—No es lo que yo quiero.
Pausa.
—Es lo que tu madre empezó.
Celina sintió un golpe en el pecho.
—No mencione a mi madre.
El hombre la observó.
—Lucía Ríos abrió una puerta que nunca debió tocar.
Celina apretó los puños.
—¡Ella está muerta!
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Esa es la versión cómoda.
El aire se volvió más pesado.
Celina sintió un temblor en las manos.
—¿Qué significa eso?
El hombre caminó alrededor de ella.
Lento.
Controlado.
—Significa que hay verdades que no fueron permitidas salir a la superficie.
Celina lo siguió con la mirada.
—Usted no tiene derecho a hablar de ella.
El hombre se detuvo.
La miró.
Y esta vez su voz bajó.
—Tu madre no era inocente en lo que descubrió.
El golpe fue emocional.
Directo.
Celina se levantó de la silla.
—¡No la conoce!
El hombre no se movió.
—La conocí lo suficiente como para saber que iba demasiado lejos.
Celina sintió rabia.
—¿Le hicieron daño?
El silencio del hombre fue la respuesta.
Y ese silencio fue peor que cualquier confesión.
Mauricio condujo sin dirección fija.
Inés iba en el asiento del copiloto.
El teléfono en su mano vibraba constantemente.
Pero ninguno contestaba.
—Dime dónde está —insistió Mauricio.
Inés miró por la ventana.
—No lo sé exactamente.
—¡Eso no sirve!
—Pero sé quién la tiene.
Mauricio giró la cabeza hacia ella.
—Entonces dilo.
Inés tardó unos segundos.
—Valentina Ríos.
El nombre cayó dentro del auto como una explosión silenciosa.
Mauricio frenó en seco.
—Eso no tiene sentido.
Inés lo miró.
—Todo lo que estás descubriendo tiene más sentido del que quieres aceptar.
Mauricio respiró rápido.
—Valentina está muerta.
Inés negó.
—No.
Pausa.
—Desaparecida oficialmente.
El silencio se volvió insoportable.
Mauricio apretó el volante.
—¿Dónde la encontramos?
Inés lo miró.
—No la vas a encontrar a ella.
Pausa.
—Ella te va a encontrar a ti.
Celina fue llevada a otra habitación.
Esta vez más grande.
Con una mesa en el centro.
Y documentos encima.
El hombre la sentó frente a ellos.
—Mira.
Celina dudó.
Pero lo hizo.
Fotografías.
Registros.
Nombres.
Y un archivo marcado como confidencial.
“Proyecto Montenegro – Fase 1.”
Celina sintió que el aire le faltaba.
—¿Qué es esto?
El hombre se inclinó hacia ella.
—La razón por la que tu vida nunca fue completamente tuya.
Celina levantó la vista lentamente.
—¿Qué significa eso?
El hombre la observó.
Y por primera vez, su expresión no fue fría.
Fue casi… cansada.
—Significa que tú no eres un accidente en esta historia.
Pausa.
—Eres una consecuencia.
Celina sintió un vacío total.
—No entiendo…
El hombre señaló el archivo.
—Lee.
Celina abrió la primera página.
Y su respiración se detuvo.
Porque su nombre aparecía allí.
No como víctima.
No como testigo.
Sino como parte del proyecto.
Y debajo, una firma.
Repetida.
Clara.
Inconfundible.
Don Augusto Montenegro.
Celina dejó caer el documento.
—No… —susurró.
El hombre la observó.
—Ahora empiezas a entender por qué nadie quería que supieras.
Celina levantó la mirada, con lágrimas contenidas.
—¿Qué hicieron conmigo?
El silencio fue absoluto.
Y esta vez…
nadie respondió.