Una noche de borrachera, un auto destruido y un desconocido furioso. Así comienza la historia de Liandra: hacker, peleadora y dueña de una lengua tan afilada como su inteligencia.
Cuando destroza por accidente el auto de Henry Fernandes —multimillonario, CEO de tecnología y hombre acostumbrado a tener el control absoluto—, él le ofrece una salida que nadie esperaría: un matrimonio por contrato. Dos años. Reglas claras. Sin sentimientos.
Pero Liandra no es la esposa sumisa que la familia de Henry imaginaba. Abofetea rivales, hackea sistemas de seguridad, baila sobre mesas borracha y le dice "maridito" con una sonrisa que mezcla ironía y desafío.
Henry tampoco es lo que aparenta. Detrás de la fachada de empresario impecable se esconde un hombre con gustos peculiares… y un pasado que convirtió la intimidad en territorio de control. Cuando Liandra cruza esa línea, no retrocede. Pide más.
Lo que empieza como un acuerdo de conveniencia se transforma en algo que ninguno de los dos planeó: risas a las tres de la mañana, celos que queman, confesiones susurradas en la oscuridad y un "te amo" que tarda demasiado en llegar.
Pero cuando un primo obsesivo con trastornos psicópatas fija su mirada en Liandra, el contrato deja de importar. Lo que está en juego ya no es un acuerdo de papel.
Es la vida de la mujer que Henry ama.
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La familia
En cuanto el auto se detuvo…
Liandra ya se dio cuenta.
Aquello no era una casa.
Era una mansión.
Demasiado grande.
Demasiado imponente.
Todo perfectamente alineado, como si cada detalle hubiera sido pensado para impresionar… o intimidar.
Bajó del auto, manteniendo la postura.
¿Por dentro?
Curiosa.
Atenta.
Pero no intimidada.
Nunca.
Entró al lado de Henry, los pasos resonando en el piso impecable. El ambiente era sofisticado, elegante… casi como un escenario de película.
Ella observaba todo.
Cada detalle.
Hasta que—
Se detuvo.
Por un segundo.
Porque, en medio de la sala…
estaba alguien que ni ella… ni Henry esperaban.
Vanessa.
Perfecta.
Impecable.
Y con ese tipo de sonrisa que no llega a los ojos.
¿Eso?
Era problema.
Y de los grandes.
Henry lo notó en el mismo instante.
La mandíbula se le tensó levemente.
Pero no dijo nada.
Todavía.
— Llegamos — se limitó a anunciar, como si nada estuviera fuera de lugar.
Y fue entonces que una mujer se acercó.
Elegante.
Hermosa.
Con una presencia ligera, pero que dejaba huella.
— ¡Por fin! — exclamó, con una sonrisa abierta.
Señora Ivana.
La madre de él.
Liandra la reconoció de inmediato.
Y entendió lo que Henry quiso decir.
Era… parecida.
En la actitud.
En la energía.
Directa.
Vivaz.
Ivana se acercó sin dudar, examinando a Liandra de arriba abajo… pero no con juicio.
Con curiosidad.
— Entonces tú eres Liandra — dijo, sonriendo. — Me caíste bien.
Así de simple.
Liandra le devolvió la sonrisa.
— Espero seguir cayéndole bien también.
Ivana soltó una risa suave.
— Vas a caerme bien.
Justo detrás de ella, apareció el padre.
Señor Roberto Fernandes.
Postura firme.
Mirada atenta.
Más silencioso.
Más… calculador.
Diferente de su esposa.
No dijo nada de inmediato.
Solo observó a Liandra.
Como si estuviera tratando de leer cada detalle de ella.
— Papá — dijo Henry, con respeto. — Ella es Liandra.
Roberto asintió levemente.
— Mucho gusto.
Breve.
Directo.
Pero no grosero.
Liandra respondió en el mismo tono:
— El gusto es mío.
Pero, aun con aquella recepción…
el ambiente ya no era neutro.
Porque, en algún lugar de aquella sala…
Vanessa seguía ahí.
Observando.
Esperando.
Y claramente…
lista para causar problemas.
Liandra lo notó.
Y, por dentro…
sonrió.
Porque si había algo que ella sabía hacer bien…
era jugar ese tipo de juego.
Vanessa se acercó.
Despacio.
Con esa sonrisa ensayada de quien cree que todavía tiene lugar donde ya no debería.
— Qué gusto verte, mi amor… — dijo, abriendo los brazos, inclinándose para abrazar a Henry.
Pero no llegó.
Liandra se movió antes.
Se interpuso, bloqueando el camino con naturalidad.
— "Tu amor", no — dijo, firme. — Y no abraces a mi hombre.
Silencio.
Seco.
Pesado.
Vanessa se paralizó.
Por un segundo entero, perdió la postura perfecta. La sonrisa falló, la mirada titubeó… pero intentó disimular rápido.
— Vaya, Henry… — soltó una risita forzada. — Tu novia es celosa, ¿no?
Error.
Grave.
Liandra dio un paso al frente, tomando el espacio sin pedir permiso.
La mirada firme, la sonrisa leve… pero cargada de intención.
— ¿Celosa? No. — respondió, tranquila. — Solo cuido lo que es mío.
Hizo una pequeña pausa, inclinando levemente la cabeza.
— A diferencia de ti… princesa.
El tono salió dulce.
Pero ¿el veneno?
Bien medido.
Quirúrgico.
Vanessa se quedó sin respuesta por un instante.
Henry, a su lado, observaba todo en silencio.
Pero la leve ceja levantada… lo delataba.
Le estaba gustando.
Mucho más de lo que debería.
El ambiente alrededor pareció haberse detenido.
La familia entera, discretamente, prestando atención.
Y ahí, en medio de la sala…
quedó claro:
Aquello no era solo una presentación.
Era territorio siendo marcado.
¿Y Liandra?
Acababa de dejar bien claro que no compartiría el suyo con nadie.