Ella renace en un nuevo mundo. Decidida a cambiar su destino y a cumplir sus sueños.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Cloys
Seis meses.
Solo habían pasado seis meses.
Y la habitación que alguna vez había servido como pequeño taller ya no daba abasto.
Había rollos de tela por todas partes.
Muestras de encaje.
Botones de distintos tamaños.
Listas de clientas.
Bocetos apilados sobre una mesa.
Vestidos esperando ser entregados.
Y, en medio de aquel caos perfectamente organizado...
Selene.
Con un lápiz entre los labios.
El cabello sujeto de cualquier manera.
Y varias cintas métricas colgando del cuello.
—¡Cloys!
—¡Aquí estoy!
—¿La señorita Beaumont confirmó la prueba del vestido?
—Mañana después del almuerzo.
—Perfecto.
—Lady Cartier quiere cambiar el color del bordado.
—Anotado.
—La señorita Vileroy preguntó si puede adelantar la entrega.
Selene levantó la cabeza lentamente.
—Dile...
Miró una montaña de telas.
Luego otra.
Y después una costurera que acababa de entrar con tres vestidos terminados.
—Dile que si quiere adelantar la entrega, primero adelante el calendario.
Cloys soltó una carcajada.
—Le responderé con un poco más de diplomacia.
—Por favor.
La vida de Cloys también había cambiado.
Seguía siendo doncella de la casa Drack.
El barón continuaba pagándole su salario.
Pero, además...
Ahora recibía otro sueldo.
Uno que provenía directamente de Selene.
Porque, sin darse cuenta, había terminado convirtiéndose en algo muy parecido a una secretaria.
Era quien organizaba la agenda.
Las visitas.
Las pruebas de vestidos.
Las entregas.
Las cartas.
Y hasta recordaba a Selene cuándo debía comer.
—Señorita.
—¿Sí?
—Ya es hora del almuerzo.
—Cinco minutos.
—Eso dijo hace una hora.
Selene levantó lentamente la cabeza.
—¿De verdad?
—Sí.
—Qué rápido pasa el tiempo cuando uno trabaja.
—Y cuando olvida comer.
A pesar del éxito...
Había un problema.
Uno muy serio.
Esa noche Selene observaba un enorme cuaderno lleno de números.
Lo giró.
Lo volvió a girar.
Lo acercó.
Lo alejó.
[…No entiendo nada.]
[¿Por qué escribí esto?]
En una página podía leerse
"Lady Cartier: listo"
Debajo.
"Pagó."
Más abajo.
"Creo."
Y al lado.
Un dibujo de un gatito.
Selene suspiró.
—Definitivamente necesito ayuda.
Al día siguiente fue directamente al despacho del barón.
Golpeó la puerta.
—¿Padre?
—Adelante.
El hombre levantó la vista de unos documentos.
Sonrió al verla.
—¿Qué sucede?
Selene se sentó frente a él.
—Necesito su ayuda.
El barón dejó inmediatamente la pluma.
—Por supuesto. ¿Con qué?
[Ha cambiado tanto mi hija en el ultimo tiempo]
Selene colocó un grueso cuaderno sobre el escritorio.
—Con mi negocio.
El barón sonrió con ternura.
—Claro. Puedo darte algunos consejos.
Ella negó con la cabeza.
—No. Necesito que usted administre todo esto.
Empujó el cuaderno hacia él.
El hombre lo abrió sin demasiadas expectativas.
La primera página mostraba ingresos.
La segunda... Más ingresos.
La tercera... Pedidos.
La cuarta... Pagos.
La quinta... Nombres.
La sexta... Una lista enorme de clientas.
El barón comenzó a fruncir el ceño.
Pasó otra hoja.
Y otra.
Y otra más.
Su expresión cambió por completo.
Levantó lentamente la vista.
Miró a su hija.
Volvió a mirar el cuaderno.
Otra vez a su hija.
—Selene.
—¿Sí?
—¿Todo este dinero...?
Ella sonrió.
—Sí.
El hombre volvió a revisar las cifras.
—¿De verdad lo ganaste tú?
Selene asintió.
—Está todo ahí. Los pagos. Los pedidos. Los materiales. Bueno... Más o menos. Porque...
Se rascó una mejilla con cierta vergüenza.
—La verdad... No se me dan muy bien los números.
El barón soltó una pequeña risa incrédula.
—Eso ya lo había notado.
Ella señaló el cuaderno.
—Necesito que alguien lleve la contabilidad. Que registre cuánto entra. Cuánto sale. Que pague a las muchachas. Que cobre los pedidos pendientes. Que revise las cuentas.
Porque si sigo haciéndolo yo...
Tomó otra hoja.
Había una suma.
Debajo podía leerse:
"Creo que está bien."
El barón no pudo contener una carcajada.
—¿Qué?
—¿Qué significa "creo que está bien"?
Selene hizo una mueca.
—Que hice la suma tres veces... Y las tres dieron distinto.
El hombre volvió a reír.
Hacía muchísimo tiempo que no se reía así.
—Por eso necesito que trabaje conmigo
Finalmente cerró el cuaderno.
—Entiendo. Entonces yo... ¿Sería el administrador?
—Exactamente.
El barón asintió lentamente.
Pero después negó con la cabeza.
—No.
Selene parpadeó.
—¿No?
—No puedo aceptar dinero de mi hija.
Ella lo observó unos segundos.
Después apoyó ambos codos sobre el escritorio.
—Padre, por favor. Yo solo confío en dos personas para esto.
Levantó un dedo.
—Cloys.
Levantó otro.
—Y usted.
El barón permaneció en silencio.
—Cloys ya tiene demasiado trabajo organizando mis visitas, las pruebas de vestidos, las cartas y las entregas. Ahora me toca a mí pedir ayuda.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar.
—Yo ya no doy abasto. Necesito a alguien que cuide lo que tanto esfuerzo nos costó construir. Y...
Sonrió con cariño.
—No conozco a nadie mejor que usted para hacerlo.
El hombre sintió un nudo en la garganta.
Durante meses había pensado que era él quien debía proteger a su hija.
Y, sin darse cuenta...
Era ella quien estaba sosteniendo a toda la familia.
Bajó la mirada.
Luego sonrió.
—Aceptaré.
Selene sonrió de inmediato.
—¡Perfecto!
—Pero...
La señaló con la pluma.
—No porque me pagues.
Ella inclinó la cabeza.
—¿No?
—Porque quiero ayudarte.
Selene negó rápidamente.
—Eso no sirve.
El barón quedó confundido.
—¿Cómo?
—Va a trabajar. Va a dedicar tiempo. Va a tener responsabilidades. Eso merece un sueldo.
—Pero soy tu padre.
—Y también mi administrador.
El barón intentó responder.
No encontró argumentos.
Selene sonrió con esa expresión traviesa que ya conocía demasiado bien.
—Además... Si no le pago... ¿Con qué autoridad voy a exigirle que haga bien su trabajo?
El hombre abrió la boca.
La cerró.
Y terminó riéndose otra vez.
—Está bien. Me has vencido.
Selene dio un pequeño aplauso.
—¡Excelente!
Se levantó de la silla y estiró la mano con absoluta solemnidad.
—Bienvenido a mi negocio. Somos pocos pero buenos
El barón la observó unos segundos.
Luego, conteniendo una sonrisa, estrechó su mano.
—Será un honor trabajar para usted, señorita Drack.
Ella respondió con la misma seriedad.
—Espero mucho de usted, señor administrador.
Ambos se miraron un instante.
Y estallaron en carcajadas.
Desde la puerta, Cloys contempló la escena en silencio.
Sonrió con ternura.
Hacía apenas medio año, aquella casa estaba llena de preocupación, de silencios y de arrepentimiento.
Ahora, en cambio, los pasillos volvían a llenarse de risas, de trabajo y de esperanza.
Y comprendió que la mayor fortuna que Selene había devuelto a la casa Drack no había sido el dinero.
Había sido la alegría de creer, una vez más, que el futuro podía cambiar.
😭😭😭😭😭 y más cuando Oliver al verla sonrío y le dijo que su esposa era la mas bella de todo el reino 🥰🥰🥰😍😍😍