Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Cultivo 3
Albert no supo exactamente en qué momento tomó la decisión.
Solo supo que, de pronto, la idea apareció.
Y una parte bastante egoísta de sí mismo.. una parte cuya existencia no había reconocido hasta ese momento.. decidió actuar antes de que la parte razonable pudiera detenerla.
Porque si Elia quería contactos para vender... entonces él podía darle contactos.
Mejores contactos.
Más útiles.
Más seguros.
Y, sobre todo, contactos que no incluyeran al conde Nilsson.
Albert no iba a llamarlo celos.
Jamás.
Ni siquiera bajo amenaza.
Simplemente estaba... optimizando recursos.
Sí.
Eso.
Definitivamente eso.
—Lady Russ.
Elia levantó la vista.
—¿Sí?
—Si en el futuro decide vender algunos de los terrenos de la frontera...
La joven parpadeó, atenta.
—Podría presentarla a la esposa del duque Reed.
Silencio.
Absoluto.
Dentro de la cabeza de Elia.
Y Albert ya había aprendido que ese tipo de silencio significaba una sola cosa.
Sorpresa real.
—¿A la esposa del duque Reed?
Repitió ella.
—Sí.
Albert asintió con tranquilidad, como si no acabara de lanzar una noticia enorme.
—Está buscando adquirir terrenos para abrir nuevas escuelas.
Los ojos de Elia se abrieron de inmediato.
Y él escuchó el pensamiento al mismo tiempo que vio el brillo en su mirada.
[¿QUÉ?]
Albert tuvo que contener una sonrisa.
Porque la reacción fue inmediata.
Y maravillosa.
[¿LA ESPOSA DEL DUQUE REED?]
[¿EL DUQUE REED?]
[¿EL DUQUE REED QUE NO HACE NEGOCIOS CON CUALQUIERA?]
[Exactamente ese.]
Elia seguía mirándolo como si acabara de anunciar que podía mover montañas.
Y la verdad era que, para alguien en su posición, aquello no estaba tan lejos.
Porque el nombre Reed tenía peso. Muchísimo peso.
Y si los rumores eran ciertos, el duque Reed era ferozmente protector con su esposa y muy selectivo con las personas a las que permitía acercarse a ella.
No era el tipo de familia que abriera sus puertas por simple cortesía.
Elia lo sabía.
Y por eso la sorpresa en su rostro era completamente genuina.
—No sabía que tenía relación con ellos.
Dijo finalmente.
Albert se sirvió más té con calma.
—No es una relación particularmente cercana.
Mentira a medias.
—Pero sí lo suficiente como para hacer una presentación formal.
Elia asintió.
Todavía sorprendida.
Y luego llegó la felicidad.
Pura.
Luminosa.
Casi infantil.
[¡Eso sería increíble!]
Albert sintió una pequeña satisfacción.
[¡Escuelas!]
Otra más.
[¡Y en la frontera!]
Y otra.
[¡Eso podría ayudar muchísimo a los Russ!]
Albert no dijo nada.
Solo la observó mientras Elia intentaba recuperar una compostura que claramente había perdido.
Porque estaba feliz.
Mucho.
Y aquello se notaba incluso sin necesidad de magia.
—Su Gracia, eso sería de gran ayuda.
Dijo finalmente.
Albert asintió.
—Entonces lo haré.
La joven sonrió.
Y Albert sintió, por un momento, que había ganado algo.
No sabía qué.
No sabía por qué.
Pero sí sabía una cosa.
El nombre del conde Nilsson acababa de desaparecer de sus pensamientos.
Y eso era suficiente para que una parte muy poco noble de él se sintiera ridículamente satisfecha.
Sin embargo, el triunfo duró poco.
Porque Elia volvió a mirarlo.
Con esa expresión suave que aparecía cuando estaba conmovida.
Y entonces llegaron los pensamientos.
[Es tan atento.]
Albert mantuvo la taza en la mano.
[De verdad no tenía por qué ayudarme tanto.]
La bajó lentamente.
[¿Cómo puede ser tan considerado?]
[Es inteligente.]
[Es poderoso.]
[Es amable.]
Albert ya no quería seguir escuchando.
[Tan guapo.]
[Y además usa sus contactos para ayudarme sin pedirme nada.]
La situación se estaba saliendo de control.
[Realmente es demasiado perfecto.]
Albert se quedó inmóvil.
Porque esa frase ya la había escuchado antes.
Y nunca terminaba bien para su estabilidad mental.
Entonces llegó el golpe final.
Uno tan suave que, precisamente por eso, resultó peor.
[La mujer que sea su esposa será muy afortunada.]
Silencio.
No el silencio de la habitación.
Sino el suyo.
El interno.
El de un hombre que acababa de descubrir que un halago podía sentirse extrañamente parecido a una herida.
Porque la frase era hermosa.
Sincera.
Y completamente devastadora.
Ya que en la cabeza de Elia, Albert seguía siendo una posibilidad imposible.
Un hombre admirable.
Un hombre bueno.
Un hombre perfecto para otra persona.
No para ella.
Y aquello le desagradó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Mucho más.
Por eso dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
No tanto como para parecer grosero.
Pero sí lo suficiente para que Elia alzara la vista.
—¿Su Gracia?
Albert tardó un segundo en responder.
—Nada.
Mentira.
Había mucho.
Demasiado.
Pero no podía explicarlo.
No podía decir que una parte de él quería corregir inmediatamente esa idea.
Que quería decirle que no estaba pensando en una mujer hipotética.
Que la mujer que le importaba en ese momento estaba sentada justo frente a él, organizando rutas de cultivo y sobrepensando su vida amorosa.
Así que en lugar de hacer algo tan imprudente, se limitó a respirar.
Una vez.
Dos veces.
Y a recordar que seguía siendo un duque.
Un hombre serio.
Racional.
Y perfectamente capaz de mantener la compostura.
Aunque Lady Elia Russ pareciera empeñada en poner a prueba esa teoría cada vez que sonreía.
Cuando regresaron de los cultivos, la conversación cambió de tono casi sin que ninguno de los dos lo notara.
Ya no era únicamente una visita de negocios.
Ya no era solo una revisión de tierras, semillas o acuerdos.
En algún momento, entre el viento, el té y las preguntas sobre la frontera, todo se volvió... más cercano.
Más fácil.
Más íntimo.
Caminaron de regreso hacia la mansión O'Neill sin prisa, y esta vez Elia ya no estaba tan pendiente de mantener cada palabra bajo control.
Seguía siendo cuidadosa, por supuesto.
Seguía pensando demasiado, también.
Pero había algo distinto.
Se sentía cómoda.
Demasiado cómoda, quizá.
Y eso era peligroso.
Porque cuanto más cómoda se sentía, más observaba al duque.
Y cuanto más lo observaba... peor se ponía todo.
Albert hablaba con tranquilidad sobre rutas de comercio, sobre una disputa absurda entre dos administradores de una aldea al norte, y sobre cómo una vez un granjero casi lo había convencido de que sus gallinas entendían magia de viento.
Elia se rió.
Una risa sincera.
Ligera.
Y después lo miró.
De verdad lo miró.
La luz de la tarde le daba de costado.
Su perfil era limpio.
Su expresión, serena.
Y aunque casi siempre parecía un hombre demasiado contenido, demasiado dueño de sí mismo... en ese momento se veía cálido.
Cercano.
Humano.
[Es injusto.]
Albert casi perdió el hilo de lo que estaba diciendo.
[¿Cómo puede ser más guapo cada vez que habla?]
El duque siguió caminando.
En silencio.
Porque sinceramente no sabía qué hacer con esa clase de pensamientos.
[¿Eso siquiera es normal?]
[¿No se supone que debería acostumbrarme?]
[¿No debería dejar de parecerme tan atractivo?]
No.
Claramente no.
Albert descubrió algo peligroso.
Le gustaba.
Le gustaba muchísimo.
No solo escucharla pensar bien de él.
Sino escucharla pensar de él de esa manera.
Con admiración.
Con asombro.
Con esa mezcla de torpeza e interés que ella ni siquiera intentaba ocultar en su propia mente.
Y aquello se volvió todavía peor cuando la conversación siguió avanzando.
Hablaron de cosas simples.
De la infancia en el campo.
De las bibliotecas.
De cómo Elia prefería escribir listas a confiar en su memoria.
De cómo Albert, cuando estaba recién ingresado en la academia, había usado su magia para hacer trampa durante una carrera y había sido castigado por ello.
Elia se rió otra vez.
Y cada vez que se reía, Albert descubría que quería volver a escuchar ese sonido.
Así de sencillo.
Así de problemático.
Llegaron a una pequeño salon lateral de la mansión, donde la luz dorada del atardecer entraba entre las columnas, y allí se detuvieron unos minutos más, todavía hablando de nada importante.
Y sin embargo... para Elia aquello empezó a sentirse demasiado importante.
Porque cuanto más lo escuchaba, más clara se volvía una idea.
Una idea absurda.
Peligrosa.
Ridícula.
Y aun así... imposible de ignorar.
[Oh no.]
Albert se quedó inmóvil por dentro.
No por fuera.
Por fuera seguía viéndose como un hombre perfectamente sereno.
Pero ya conocía ese tono.
Y nunca anunciaba nada bueno para su tranquilidad.
[Oh no, no, no.]
[Esto no puede estar pasando.]
Albert respiró despacio.
[¿Me enamoré?]
El tiempo se detuvo.
O al menos así se sintió.
Porque Albert O'Neill, hombre acostumbrado a guerras silenciosas, investigaciones mágicas, nobles ambiciosos y criminales armados, descubrió que ninguna de esas cosas lo había preparado para escuchar esa frase dentro de la cabeza de una mujer.
[¿De verdad me enamoré?]
Elia sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña, casi invisible.
Como si se estuviera burlando de sí misma.
Como si le pareciera imposible.
Y Albert sintió algo tan intenso, tan inesperado, que durante un segundo no supo cómo nombrarlo.
No era solo satisfacción.
No era solo orgullo.
No era solo alegría.
Era algo mucho más profundo.
Más cálido.
Más peligroso.
Porque escuchar que Elia Russ.. la mujer que llenaba su cabeza con pensamientos imposibles, con listas, con preocupaciones, con teorías equivocadas y con una bondad que lo desarmaba.. podía enamorarse de él... se sintió como un regalo.
Un regalo inmenso.
Uno que no sabía que deseaba hasta que lo tuvo enfrente.
Y lo peor fue descubrir cuánto le gustó.
Muchísimo.
Tanto que por un momento dejó de escuchar el resto.
Hasta que la mente de Elia, por supuesto, siguió.
[Aunque probablemente no debería.]
Albert volvió a la realidad.
[Porque seguramente él solo está siendo amable.]
[Y porque es un duque.]
[Y porque una persona como él no se fijaría en alguien como yo.]
Albert apretó la mandíbula.
Allí estaba otra vez.
La inseguridad.
Ese reflejo cruel que siempre aparecía para arruinarle todo.
Pero esta vez fue distinto.
Porque ya no le molestó solo por ella.
Le molestó por él también.
Porque no quería que pensara eso.
No quería que se viera tan pequeña frente a él.
No cuando era brillante.
No cuando era valiente.
No cuando había reconstruido la casa Russ con sus propias manos y su mente incansable.
No cuando era, sin exagerar, una de las mujeres más extraordinarias que había conocido.
Albert la miró.
Ella seguía observando el jardín con una calma que no era real, porque por dentro su corazón iba tan rápido como sus pensamientos.
Y por primera vez en mucho tiempo, el duque sintió el impulso de hacer algo imprudente.
Decir algo.
Cualquier cosa.
Algo que borrara esa distancia que ella seguía poniendo entre ambos.
Pero se contuvo.
Apenas.
Porque todavía no entendía del todo qué estaba ocurriendo con la magia.
Todavía no entendía por qué solo podía escucharla a ella.
Todavía no entendía si aquello era una bendición o un desastre.
Y, sobre todo, porque si hablaba ahora, si decía algo sin pensar, probablemente Elia saldría corriendo o se desmayaría del susto.
Así que en lugar de eso, hizo lo único que podía.
Le ofreció el brazo para continuar caminando.
—Se está haciendo tarde.. Debería acompañarla antes de que sus padres crean que la secuestré.
Elia soltó una risa suave y aceptó.
Por fuera, todo parecía normal.
Dos nobles regresando de una visita a los cultivos.
Una conversación amable.
Una tarde agradable.
Pero por dentro, ambos estaban mucho más perdidos de lo que cualquiera podría imaginar.
Porque Elia acababa de sospechar que se estaba enamorando.
Y Albert acababa de descubrir que escuchar eso de sus labios habría sido maravilloso.
Pero escucharlo directamente de su corazón... había sido todavía mejor.