Un divorcio es solo el principio
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Señales
Ja, ja, ja...
Todo se fue a la shit, de un momento a otro mi matrimonio se esfumó, se terminó y no puedo decir que sin previo aviso.
Un año antes las señales hay estaban, llamadas a media noche, llegar mucho después de su horario de trabajo, notas de lugares en los cuales obviamente no asistí con él.
Pero la cereza del pastel fue en su cumpleaños. Llegue a su oficina vestida con una sexy lencería, zapatos negros de suela roja, maquillaje impecable y para guardar el regalo una gabardina a juego.
Tome aire mentiría si dijera que los nervios no me mataban llevábamos 10 años de matrimonio, pero ese hombre me volvía loca. Tome valor, sonreí y gire la perilla para encontrarme la escena más explicita de cualquier canal porno.
Me quedé ahí, bajo el marco de la puerta, sintiendo el aire acondicionado de la oficina enfriando mi lencería de encaje. Ellos ni siquiera se inmutaron al principio.
Lo primero que pensé no fue en el divorcio, ni en el dolor, ni en los diez años de matrimonio. Lo primero que pensé, con una calma que me asustó, fue: «Vaya, con razón siempre decía que las reuniones de presupuesto eran agotadoras».
—¿Interrumpo la junta de socios? —solté, mientras me desabrochaba la gabardina con una parsimonia ensayada.
Él se puso pálido, un tono de blanco que combinaba perfectamente con las paredes de la oficina. Ella, en cambio, se atragantó —literalmente— con la sorpresa.
—¡No es lo que parece! —logró articular él, mientras intentaba subirse los pantalones con una mano y tapar a su socia con la otra. Como si un folder de "Proyectos 2024" pudiera ocultar el hecho de que su fidelidad acababa de morir por asfixia.
Yo me acerqué al escritorio, saqué una botella de whisky que tenía guardada para el brindis y serví tres vasos.
—Tomen —dije, extendiéndoles el alcohol—. Lo van a necesitar. Porque, entre que él no puede subirse el cierre y que tú tienes mi labial favorito corrido por toda la barbilla, esto va a ser una noche muy larga para sus abogados.
Me mantuve erguida, dejando que la gabardina se deslizara lo justo para que el encaje negro asomara, como un recordatorio visual de todo lo que él acababa de perder por un rato de oficina. Crucé las piernas con la elegancia de una reina en su ejecución.
Él balbuceaba, intentando abrocharse el cinturón con una torpeza que me dio entre risa y lástima. Ella, la "socia estratégica", buscaba desesperadamente su dignidad (o al menos su zapato) debajo del escritorio.
—Querida, no te molestes —dije, con una voz tan suave que cortaba—. El desorden es lo de menos. Lo que me preocupa es tu técnica; desde la puerta parecía que estabas intentando reanimar a un paciente, no seducir a un hombre.
Él finalmente logró ponerse de pie, rojo como un tomate.
—¡Escucha, esto fue un error, una debilidad...!
—Oh, por favor, ahórrate el guion de telenovela barata —lo interrumpí con una sonrisa gélida—. No me ofende tu infidelidad, me ofende tu falta de gusto. Después de diez años conmigo, esperaba que, si decidías cambiarme, al menos fuera por alguien que supiera combinar el labial con el tono de piel. Ese naranja te hace ver... hepática, ¿no crees?
Caminé hacia él y le acomodé el cuello de la camisa con una delicadeza aterradora.
—Felicidades por tu cumpleaños, cariño. Veo que ya te regalaron el ascenso que tanto querías... aunque no sabía que venía con servicios de rodilleras incluidos en el contrato de sociedad.
Me di la vuelta, haciendo que la suela roja de mis zapatos fuera lo último que vieran.
—No se detengan por mí. Sigan con la "minuta". Yo iré a casa a elegir cuál de tus cuentas bancarias combina mejor con mi nuevo departamento.