Pensé que lo más difícil ya había pasado. Luego encontré la firma de Kael en el documento que cambió todo. Ahora tengo que decidir si el amor que construimos puede sobrevivir conocer exactamente qué clase de hombre era antes de que yo llegara.
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La nueva normalidad PARTE 1
Tres semanas después del rescate de Sophia, el Ducado Prevail olía diferente.
No literalmente. Los mismos corredores de piedra, el mismo jardín interior con el cerezo y las flores entre las piedras, la misma cocina con el cocinero principal y el grano del norte que llegaba cada dos semanas desde que Ren lo había pedido por primera vez a las nueve de la mañana con la urgencia específica del hambre de las veintidós semanas.
Pero diferente de todas formas.
El tipo de diferencia que no está en las cosas sino en las personas que las habitan — en cómo caminan por los corredores, en cuánto espacio se permiten ocupar, en si miran hacia la puerta cuando escuchan un sonido inesperado.
Sophia todavía miraba hacia la puerta.
No siempre. No cada vez. Pero lo suficiente como para que Ren lo notara, y lo suficiente como para que Sophia supiera que Ren lo notaba, y lo suficiente como para que ninguna de las dos dijera nada sobre ello porque algunas cosas sanar mejor en silencio y a su propio ritmo.
Nitan venía todos los días.
No siempre con pretexto. A veces simplemente aparecía en el corredor del ala este a la hora del té, con esa economía de movimientos que lo definía, y si Sophia estaba disponible se quedaba y si no estaba disponible se iba sin preguntar cuándo podría volver. Garen había dejado de registrar sus visitas en el libro de entradas oficiales porque era más sencillo asumir que Nitan era parte de la mansión que intentar categorizarlo como visita.
El Doctor Elias llegaba los martes.
Sin falta. Con el abrigo de trabajo y el cuaderno y la expresión de quien tiene opiniones sobre cómo llevaba el mundo sus asuntos y no le importaba comunicarlas independientemente de quién estuviera presente.
Y Kael.
Kael era la diferencia más grande y la más difícil de describir porque no era un cambio en lo que hacía — seguía siendo el mismo Duque eficiente, el mismo hombre que firmaba documentos con precisión y hablaba en reuniones con exactitud y administraba el Ducado con la competencia de dos décadas de práctica — sino en lo que hacía en los márgenes.
Los márgenes de Kael habían cambiado.
La forma en que buscaba a Ren sin pretexto después de las seis. La mano que encontraba la de ella bajo la mesa en las cenas cuando ninguno de los dos lo había planeado. La pregunta ¿cómo estás? que ya no era evaluación táctica sino pregunta real, con el silencio de después que esperaba la respuesta real también.
—Kael —dijo Ren esa mañana, en la oficina, mientras revisaban los documentos de la semana—. ¿Cuándo vas a decirme lo que llevas veinte minutos pensando?
Kael levantó los ojos del documento.
La miró.
—¿Cómo sabes que estoy pensando algo?
—Llevas veinte minutos mirando el mismo párrafo —dijo Ren—. El párrafo sobre el impuesto del grano del sur, que no es el tipo de párrafo que inspira veinte minutos de contemplación.
Kael bajó los ojos al documento. Lo verificó.
—El impuesto del grano del sur —dijo— es más complejo de lo que parece.
—Kael.
Pausa.
—El bebé —dijo Kael finalmente—. El Doctor Elias viene mañana.
—Sí.
—¿Le vas a preguntar sobre el sexo?
Ren lo miró.
Era la primera vez que Kael preguntaba eso directamente. No ¿quieres saber? — ¿le vas a preguntar? Como si la decisión fuera de Ren y él estuviera esperando saber cuál era.
—¿Tú quieres saber? —dijo Ren.
Kael la miró.
Otra pausa. El tipo que Ren reconocía como Kael siendo honesto consigo mismo antes de responder.
—No sé —dijo finalmente—. Llevo una semana sin saber.
Ren lo miró durante un momento.
Veintiún semanas de embarazo. Seis meses aproximadamente para el parto. Y Kael, que planificaba todo con una anticipación que rayaba en lo sobrenatural, llevaba una semana sin saber si quería conocer el sexo de su propio hijo.
Hijo. Ren notó que había pensado esa palabra con naturalidad, sin calcularla.
—Yo tampoco sé —dijo Ren.
Kael la miró.
—¿De verdad?
—De verdad —dijo Ren—. Hay algo interesante en no saber. —Hizo una pausa—. Aunque la profecía dice "el hijo", que técnicamente—
—La profecía —dijo Kael, con algo que era tan cercano al humor que Ren tuvo que mirarlo dos veces — puede permitirse cierta ambigüedad interpretativa.
Ren lo miró.
—¿Estás cuestionando la profecía?
—Estoy cuestionando que dieciséis adivinos del Templo del Norte hayan tenido suficiente información biológica específica para determinar el sexo de un bebé con un siglo de anticipación —dijo Kael, con la misma seriedad con que analizaba los impuestos del grano del sur.
Ren lo miró durante un momento.
Y se rió.
La risa que llegaba cuando algo la sorprendía genuinamente — no la risa de los pasteles ni la de las situaciones absurdas. La risa de alguien que descubre que la persona que ama tiene más capas de las que anticipaba.
—Kael Prevail —dijo Ren.
—¿Qué.
—Llevas seis meses siendo el hombre más serio que conozco y ahora me estás cuestionando la epistemología de las profecías.
—Solo señalo —dijo Kael, recogiendo el documento del impuesto del grano del sur con una dignidad completamente innecesaria — que la certeza excesiva sobre predicciones antiguas ha causado más problemas en este Imperio que la duda razonable.
Ren lo miró.
La certeza excesiva sobre predicciones antiguas.
Dicho por el hombre que había usado el Artículo Catorce, declarado la paternidad en la cocina, y coordinado un rescate en el palacio imperial.
—Mañana —dijo Ren— cuando venga el Doctor Elias, le preguntamos los dos juntos. Y decidimos los dos juntos si queremos saber.
Kael la miró.
—¿Los dos?
—Los dos —confirmó Ren.
Algo en el rostro de Kael hizo ese movimiento que Ren había aprendido a reconocer en todos sus bordes — no la insinuación de sonrisa que había tomado tantos capítulos en volverse sonrisa. Algo diferente. Más asentado. La expresión de alguien que se acostumbra, despacio, a que las decisiones sean de dos.
—Bien —dijo Kael.
Y volvió al impuesto del grano del sur.
......................
Esa tarde, mientras Devan organizaba los documentos de la semana siguiente y Sophia preparaba el té con la eficiencia de siempre, Ren se detuvo en el umbral del jardín interior.
El cerezo.
Las flores entre las piedras.
A veintidós semanas, el bebé se movía con una personalidad que el Doctor Elias llamaba "consistente con un desarrollo normal" y que Ren llamaba "definitivamente tiene opiniones propias." Esta tarde el bebé estaba quieto, con esa quietud de las horas después del almuerzo que el Doctor Elias había explicado como el ritmo de sueño-vigilia del feto en desarrollo.
Ren puso la mano sobre el vientre.
Hola, pensó.
El bebé no respondió. Dormía, o lo que fuera que los bebés de veintidós semanas hacían en ausencia de opiniones activas.
Tu padre cuestionó la epistemología de las profecías esta mañana, siguió Ren, en ese diálogo interior que había empezado a tener de forma natural en algún momento de las últimas semanas. Pensé que deberías saberlo. Para que cuando seas mayor y te cuenten la historia, sepas que así era él desde el principio.
Desde el lateral del jardín llegó el sonido de Sophia ajustando algo en la bandeja del té — ese ruido específico de la loza contra la madera que Ren reconocía con la misma facilidad con que reconocía los pasos de Kael por los corredores.
Se giró.
Sophia la miraba desde el umbral, con la bandeja y la expresión de siempre, pero con algo diferente debajo — esa calidad específica que tenía desde el secuestro cuando miraba los espacios abiertos antes de cruzarlos.
—¿Sophia? —dijo Ren.
—El té está listo —dijo Sophia.
—Lo sé. —Ren la miró—. ¿Cómo estás?
Era la pregunta que hacía todas las mañanas. La respuesta era siempre bien o mejor o perfectamente, señorita con una variedad de énfasis que Ren había aprendido a leer como indicadores más honestos que las palabras.
Sophia consideró la pregunta esta vez durante un momento más largo de lo habitual.
—Nitan viene esta tarde —dijo finalmente.
Ren la miró.
No era una respuesta a la pregunta. Era también exactamente la respuesta a la pregunta.
—Bien —dijo Ren.
Sophia asintió.
Y las dos entraron al jardín con el té y la tarde y el bebé quieto bajo la mano de Ren, en la calma específica de las cosas que se han ganado.