Rosa es una joven humana que intenta reconstruir su vida en la moderna e imponente metrópolis de Silverwood tras la misteriosa muerte de su familia. Buscando un momento de escape, se entrega a una ardiente e intensa aventura de una noche con un desconocido de magnetismo animal en el club más exclusivo de la ciudad. Lo que ella cree que fue un encuentro pasajero se convierte en una obsesión cuando despierta con una extraña quemadura en su clavícula en forma de rosa marchita.
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Capítulo 03
Rosa huyó al alba, dejando sobre la sábana una rosa blanca que empezaba a marchitarse, temerosa de la marca ardiente que ahora brillaba con un tenue halo dorado en su clavícula. El aire frío de la mañana en Silverwood golpeó su rostro con la fuerza de una bofetada necesaria, un recordatorio de que el mundo real seguía girando a pesar de la tormenta sensorial que acababa de vivir en las entrañas de *L'Éclipse*. Sus pulmones ardían mientras corría por las aceras húmedas, esquivando a los pocos barrenderos y madrugadores que comenzaban su jornada. No se atrevía a mirar atrás; sentía que si lo hacía, la oscuridad del club la tragaría de nuevo, arrastrándola de regreso a los brazos de aquel hombre que se sentía más como una fuerza de la naturaleza que como un ser humano.
Al llegar a su pequeño y austero apartamento, cerró la puerta con tres vueltas de llave y se apoyó contra la madera, jadeando. El silencio de su hogar, que antes le resultaba opresivo por el recuerdo de su familia ausente, ahora le parecía un refugio bendito. Se despojó de la ropa de noche con manos temblorosas, como si las telas estuvieran contaminadas por el magnetismo de Ethan.
Se plantó frente al espejo del baño. El vapor de su propia respiración empañaba el cristal, pero no pudo ocultar lo que veía. Allí, justo debajo del hueso de su clavícula izquierda, la piel estaba enrojecida, pero no era una irritación común. Un diseño intrincado, que recordaba a los pétalos de una rosa entrelazados con cenizas volátiles, palpitaba con una luz dorada que se desvanecía y volvía a intensificarse al ritmo de su corazón.
—¿Qué me has hecho? —susurró, pasando los dedos sobre la marca.
Al tocarla, un latigazo de calor recorrió su cuerpo, un eco del placer y el peligro de la noche anterior. No era un tatuaje, ni una quemadura. Era algo vivo. Rosa frotó la piel con jabón y agua caliente hasta que la zona estuvo en carne viva, pero el halo dorado permaneció allí, burlándose de su intento de borrar lo inevitable. El pánico comenzó a filtrarse en sus huesos. Recordó los ojos ambarinos de él, la forma en que la miraba como si fuera un tesoro reclamado, un derecho de sangre.
Trató de racionalizarlo. Quizás era una reacción alérgica extraña, o algún tipo de truco visual producto del agotamiento. "Es el estrés", se dijo a sí misma, aunque su subconsciente sabía que estaba mintiendo. Tenía que concentrarse. Hoy no era un día cualquiera. Después de meses de luto y de ver cómo los ahorros de su familia se esfumaban en deudas, finalmente había conseguido una oportunidad. La pasantía de diseño en la Torre Vance era su única balsa de salvamento. Si fallaba hoy, lo perdería todo.
Se vistió con un traje de sastre gris ceniza, una armadura de profesionalismo que esperaba ocultara su fragilidad. Eligió una blusa de cuello alto, de seda blanca, que cubría perfectamente la marca maldita. Se maquilló para ocultar las ojeras y el rastro de la noche salvaje, transformando a la mujer que se había rendido al instinto en una joven diseñadora ambiciosa y pulcra.
—Puedes hacerlo, Rosa. Olvida la noche. Olvida al hombre. Olvida la rosa —se ordenó a su reflejo.
La Torre Vance se erguía en el centro del distrito financiero como un coloso de acero y cristal que desafiaba al cielo. Era el símbolo del poder absoluto en la costa. Mientras Rosa caminaba hacia la entrada, no pudo evitar sentir que el edificio la observaba. Los guardias de seguridad, hombres de mandíbulas cuadradas y hombros anchos, la miraron con una intensidad que la hizo encogerse. Por un momento, sintió que su marca quemaba bajo la seda de la blusa, como si estuviera reaccionando a la proximidad de algo dentro de aquel edificio.
El vestíbulo era una oda al minimalismo agresivo. Mármol negro, techos de doble altura y un silencio sepulcral que solo era roto por el clic de los tacones sobre el suelo pulido. Rosa se presentó en recepción, donde una mujer de mirada gélida le entregó su acreditación.
—Piso cincuenta y dos. Sala de juntas principal. El Sr. Harrison la espera —dijo la recepcionista sin una pizca de amabilidad.
Rosa subió al ascensor. Mientras los números ascendían a gran velocidad, la presión en sus oídos aumentó, al igual que la ansiedad en su pecho. Se sentía como si estuviera ascendiendo al Olimpo para ser juzgada por dioses que no conocían la clemencia.
Al llegar al piso cincuenta y dos, fue escoltada por un asistente hacia la sala de juntas. El ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica. Otros pasantes estaban allí, todos luciendo impecables y nerviosos. En el centro de la sala, rodeado de ventanales que ofrecían una vista vertiginosa de Silverwood, se encontraba el Sr. Harrison, el presidente de la junta, un hombre de edad avanzada pero con ojos que aún conservaban la astucia de un lobo viejo.
—Bienvenidos —dijo Harrison, su voz resonando con autoridad—. Hoy es un día crucial para Industrias Vance. Estamos a punto de recibir una inversión que cambiará el rumbo de la moda y la arquitectura en este país. Como pasantes, tendrán el privilegio de presenciar cómo se forja el futuro.
Rosa sintió un nudo en el estómago. La marca en su clavícula comenzó a pulsar con una fuerza renovada, un calor sordo que se extendía por su cuello. Intentó respirar hondo, pero el aire en la habitación parecía haberse vuelto más pesado, más denso.
—Nuestra supervivencia depende de la aprobación de nuestro nuevo socio mayoritario —continuó Harrison, enderezando su postura y mirando hacia las grandes puertas dobles de roble—. Un hombre que no acepta errores y cuya visión es tan implacable como su éxito.
Las puertas se abrieron de par en par con un estruendo controlado. Rosa mantuvo la mirada fija en el suelo, tratando de controlar el temblor de sus manos. Escuchó los pasos. Firmes. Rítmicos. Pesados. Cada pisada parecía retumbar no solo en el suelo, sino en la base de su cráneo. Un aroma familiar empezó a llenar la estancia: sándalo, madera quemada y ese olor a tormenta que la transportó de golpe a la suite de *L'Éclipse*.
El vello de sus brazos se erizó. El calor de su marca se volvió casi insoportable, un fuego dorado que amenazaba con atravesar la tela de su blusa.
—Señores —dijo Harrison con un tono que rayaba en la reverencia—, les presento al hombre que ahora sostiene las riendas de este imperio. El nuevo inversor y dueño de la visión de la Torre Vance.
Rosa, obligada por una fuerza que no pudo controlar, levantó la cabeza. El aire se escapó de sus pulmones como si alguien la hubiera golpeado en el plexo solar. El mundo se desdibujó a su alrededor, dejando solo una figura en un enfoque nítido y aterrador.
Allí, de pie al frente de la mesa, envuelto en un traje de tres piezas hecho a medida que acentuaba su musculatura de depredador, estaba él. Sus facciones eran aún más imponentes bajo la luz blanca de la oficina que en las sombras del club. Su mandíbula estaba tensa, y su postura irradiaba un poder que hacía que todos los presentes parecieran hormigas a su lado.
Al llegar a su nuevo trabajo como pasante de diseño en la imponente Torre Vance, su corazón se detuvo cuando el presidente de la junta la presentó ante el nuevo y despiadado inversor de la empresa.
Ethan no miró a Harrison. No miró a los otros ejecutivos que sudaban de nerviosismo. Sus ojos ambarinos, cargados de una inteligencia salvaje y un reconocimiento inmediato, se clavaron directamente en Rosa. El tiempo se detuvo. Rosa sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies mientras el hombre de la noche anterior, su amante salvaje y el origen de su marca, la observaba con una sonrisa gélida y posesiva que le decía, sin necesidad de palabras, que no había lugar en el mundo donde pudiera esconderse de él.