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Mi Amor Por Su Deuda

Mi Amor Por Su Deuda

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Venganza / CEO
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Crisbella

Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?

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El límite del desprecio

La cena había terminado en un silencio sepulcral. Isabel subió las escaleras con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, consciente de que la tormenta desatada por la inocencia de Tábata estallaría en cualquier momento. Apenas cerró la puerta de la suite principal y se giró, se encontró con la imponente silueta de Gael. Había entrado detrás de ella, y su semblante ya no era el del padre protector, sino el del depredador que ha visto invadido su territorio más sagrado.

—Te lo advertí en el auto, Isabel —siseó Gael, avanzando hacia ella con pasos lentos y calculados, desabotonándose los puños de la camisa blanca—. Te advertí que no quería juegos con mi hija. ¿Qué fue ese espectáculo en el comedor?

Isabel no retrocedió ni un milímetro. Levantó el mentón, sosteniéndole la mirada con todo el orgullo que le quedaba, rehusando mostrar el menor rastro de temor ante su cercanía asfixiante.

—Yo no provoqué nada, Sotomayor —retrucó ella, con la voz firme, aunque el pulso se le aceleraba—. Tu hija descubrió por su cuenta que nos casamos. ¿Qué pretendías que hiciera? ¿Qué la empujara? ¿Qué le gritara que este matrimonio es una maldita farsa de mierda? No soy un monstruo como tú. No iba a despedazar la ilusión de una niña de cinco años solo por el odio que te tengo.

—¡No vuelvas a usar la palabra odio en esta habitación! —rugió Gael, perdiendo por primera vez la gélida compostura que lo caracterizaba. La mención de sus sentimientos y la cercanía de Isabel con su fibra más sensible lo estaban llevando al límite.

—¿Por qué? ¿Te duele la verdad, Gael? —desafió Isabel, dando un paso al frente, clavándole los ojos color miel con un desprecio tan puro que cortaba el aire—. Te lo repetiré cada día de mi vida en esta casa: te desprecio. Te desprecio por haber usado la agonía de mi padre para comprarme. Te desprecio por creer que con tu maldito dinero puedes ser dueño de mi vida, de mis sonrisas y de mi dignidad. Podrás tener mi firma, podrás obligarme a cenar en tu mesa, pero cada vez que me mires, solo vas a encontrar el asco de una mujer que sabe la clase de escoria que eres.

Las palabras de Isabel actuaron como gasolina sobre el fuego del magnate. La ira, mezclada con una tensión acumulada que llevaba horas conteniéndose entre ambos, estalló en un arranque violento y posesivo.

En un movimiento rápido y cegador, Gael acortó la distancia, la tomó firmemente por los hombros y la acorraló contra la pared. El impacto sordo de su espalda contra la superficie hizo que Isabel soltara un gemido de sorpresa, pero antes de que pudiera articular palabra, Gael atrapó sus muñecas, fijándolas a los costados de su cuerpo, y le estampó un beso brutal, cargado de furia, frustración y un deseo oscuro que se negaba a admitir.

Al principio, Isabel se resistió con todas sus fuerzas. Apretó los labios, girando el rostro con desesperación, intentando zafarse del agarre de hierro de su esposo. Su mente le gritaba que luchara, que no permitiera que el monstruo la dominara. Sin embargo, Gael no cedió; la presionó con el peso de su cuerpo, profundizando el beso con una intensidad salvaje que comenzó a nublarle los sentidos.

La delgada línea entre el odio y la pasión se desdibujó en un instante. El calor del cuerpo de Gael, el aroma a maderas y peligro que emanaba de él, y la adrenalina del momento terminaron por traicionar el cuerpo de Isabel. Con un gemido ahogado que se perdió entre sus bocas, la resistencia de la joven se desmoronó. Dejó de luchar y terminó cediendo, respondiendo al beso con la misma furia y desesperación con la que él la atacaba, enredándose en una danza caótica donde el orgullo de ambos se quemaba vivo.

Cuando el oxígeno les faltó, Gael rompió el contacto lentamente, pero no se alejó. Mantuvo su cuerpo pegado al de ella, sintiendo la respiración agitada de Isabel golpear contra su cuello. Con los ojos negros encendidos en un triunfo peligroso, se inclinó hacia su oído, dejando que sus labios rozaran la piel sensible de su lóbulo.

—Podrás decir lo que quieras con la boca, señora Sotomayor —le susurró Gael al oído, con una voz grave, ronca y cargada de una promesa aterradora—, pero tu cuerpo no miente. Grábate esto en la cabeza: vas a terminar amándome tanto como dices que me odias... aunque sea a la fuerza.

Gael la soltó bruscamente, dando un paso atrás. Isabel se quedó apoyada contra la pared, con los labios encendidos, el vestido verde oliva revuelto y los ojos desorbitados, mirando al hombre que acababa de demostrarle que, en esa casa, el infierno también podía ser adictivo.

Isabel permaneció estática contra la pared, sintiendo el eco del beso quemándole los labios y la humillación de haber cedido arañándole el orgullo. El silencio regresó a la alcoba principal, denso y cargado del aroma de una batalla que ninguno de los dos había ganado realmente. Gael la observaba desde una distancia prudencial, con la respiración ya controlada y la máscara de indiferencia volviendo a asentarse sobre sus facciones, aunque sus ojos negros delataban el torbellino interno que acababa de desatarse.

Con paso firme y la frente en alto, Isabel caminó hacia la inmensa cama king-size, pero no para meterse en ella. Tomó una de las almohadas de plumón y una pesada manta de lana gris que descansaba a los pies del colchón. Se giró hacia Gael, clavándole una mirada cargada de una dignidad inquebrantable.

—Cumpliré la fachada ante el servicio y ante el mundo, Sotomayor —sentenció con voz firme, aunque ligeramente ronca—. Pero no voy a compartir la cama contigo. No después de esto.

Sin esperar una respuesta, Isabel se dirigió hacia el gran sillón de cuero y terciopelo que adornaba la esquina de la suite, junto al ventanal. Era un mueble de diseño exclusivo, amplio y lo suficientemente grande como para resultar cómodo para su cuerpo esbelto. Se acomodó en él, disponiendo la almohada y cubriéndose hasta los hombros con la manta, dándole la espalda de forma definitiva.

Gael observó la escena sin oponerse. No hizo ningún intento para obligarla a regresar a la cama ni usó su habitual tono sarcástico para doblegarla. En su lugar, caminó hacia su lado del colchón y se acostó, clavando la mirada en el techo. El magnate sabía, en el fondo de su mente calculadora, que debía mantener la distancia con su esposa. El beso de hace unos minutos no había sido parte de su estrategia de control; había sido un impulso indómito, una debilidad.

Al cerrar los ojos, Gael tuvo que admitir la verdad más peligrosa de todas: él mismo se había traicionado. Había diseñado este matrimonio como una transacción perfecta, un castigo para la arrogancia de los Villarreal y una garantía financiera. Jamás estuvo en sus planes desarrollar cualquier tipo de sentimientos o atracción genuina hacia Isabel. Verla llorar dormida, sentir la vulnerabilidad de su cuerpo y la fiera resistencia de su espíritu había despertado en él una fascinación que amenazaba con nublar su juicio. Mantenerla en ese sillón, lejos de su alcance, no era solo una concesión al orgullo de Isabel; era una tregua necesaria para que él mismo recordara las reglas de un juego que empezaba a salirse de sus manos.

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Iliana Mejia
Esta enamorado de Isabel 😥😥
Iliana Mejia
De lo que se va a salvar 👍
Elizabeth Yepez
cual será el misterio que tiene Gael con la familia Villareal, que le habrán hecho
Elizabeth Yepez
esas dos son unas perras algún día pagarán y ese Fabián estúpido también
Elizabeth Yepez
vieja desgraciada y codiciosa
Liliana Torres
me encanta como se va desarrollando
Ysabel Correa: Muchas gracias. Sigo escribiendo para montar los demás capítulos rápido 🥰
total 1 replies
Liliana Torres
Ratas en una misma alcantarilla, Fabian tienes lo que te mereces
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