Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.
Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar
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Capítulo 16: El Estadio Vacío
El rugido de la tribuna principal retumbaba en las vigas metálicas del estadio municipal. El cielo de la tarde se había teñido de un naranja violáceo, y los reflectores de las torres de iluminación ya estaban encendidos, arrojando una luz blanca y cruda sobre el césped húmedo. Era el partido decisivo de la fase eliminatoria: el clásico local contra el Instituto San José, el equipo capitaneado por Andrés.
En la banda, el entrenador gritaba órdenes con la garganta roja, pero Mateo solo escuchaba un pitido sordo en los oídos.
Llevaba el brazalete de capitán apretado en el bíceps izquierdo, pero sus piernas pesaban como si estuvieran hechas de plomo. Desde el calentamiento, antes de que el árbitro diera el pitazo inicial, sus ojos habían recorrido desesperadamente cada rincón de la gradas. Buscó la silueta pequeña con el abrigo verde oliva, los tenis blancos salpicados de barro y la mirada reservada que solía buscar refugio en la esquina superior de la tribuna.
No estaba.
La banca del equipo estaba repleta; Patricia encabezaba el grupo de animación con sus poms de plástico reluciente y una sonrisa de satisfacción que no se le borró en todo el primer tiempo. Pero el lugar donde Lola solía sentarse —el único punto fijo que a Mateo le servía de ancla en medio de la euforia del estadio— estaba ocupado por dos desconocidos que comían palomitas de maíz.
Mateo estaba completamente perdido en el campo. Su lectura del juego era errática. En lugar de distribuir el balón con la visión clara que lo caracterizaba, corría sin rumbo, persiguiendo sombras y llegando tarde a cada cobertura. Cada vez que alzaba la vista hacia la tribuna durante una pausa del partido y confirmaba el asiento vacío, sentía que las palabras de Lola en la acera ("Tú no eres el dueño de mi espacio") volvían a resonar en su cabeza, dejándolo sin aire.
A diez minutos del final del segundo tiempo, el marcador seguía empatado a cero. El desgaste físico era brutal.
Andrés, vistiendo el uniforme azul oscuro del San José, dominaba el mediocampo con una elegancia fría y calculadora. No sudaba en exceso, no gritaba; simplemente se movía con la precisión de un ajedrecista, distribuyendo pases limpios y manteniendo la calma mientras el equipo de Mateo se desmoronaba por la frustración de su capitán.
En una jugada rápida por la banda derecha, la defensa de Mateo se descompuso. Andrés recibió un balón filtrado a la espalda de los centrales. Con un toque sutil de la plantilla, orientó la pelota hacia su pierna hábil y, antes de que Mateo pudiera llegar al cruce desesperado con una barrida, sacó un disparo colocado al ángulo superior izquierdo.
El balón rozó el poste y entró. Gol del San José.
La porra visitante estalló en un grito ensordecedor. Andrés no corrió a la esquina a quitarse la camiseta ni a celebrar con aspavientos. Simplemente trotó de regreso hacia el centro del campo, acomodándose la cinta del cabello con una soltura que a Mateo le dolió en lo más profundo del orgullo.
En el trayecto, Andrés pasó a menos de un metro de Mateo, quien seguía hincado sobre el césped, con las manos apoyadas en las rodillas y el aliento entrecortado por el esfuerzo y la impotencia.
Andrés se detuvo un milisegundo. Miró al capitán rival de arriba abajo, observando el desastre emocional dibujado en su rostro, y se inclinó levemente.
—Deberías relajarte, García —le susurró Andrés con una voz pausada, casi comprensiva, que solo Mateo pudo escuchar—. Lola y yo la pasamos increíble en el café el otro día. Tiene una conversación fascinante cuando no hay nadie gritándole al oído.
Las palabras de Andrés no fueron un grito; fueron un dardo helado y preciso que dio de lleno en la herida abierta por Patricia en los pasillos y por la ausencia de Lola en las gradas.
El cerebro de Mateo se desconectó por completo. Un calor ciego y destructivo le subió desde el pecho hasta la garganta, nublándole la vista.
Se puso de pie de un salto, desentendiéndose del balón, del marcador y del partido. Embestió a Andrés por la espalda, propinándole un empujón seco con ambos brazos en el pecho que mandó al capitán del San José directamente al suelo.
El sonido del impacto resonó en la línea de banda. De inmediato, los jugadores de ambos equipos corrieron al lugar del incidente. Hubo empujones, gritos y camisetas estiradas. Mateo, fuera de sí, intentaba abalanzarse nuevamente sobre Andrés, quien permanecía en el césped mirando la escena con una calma provocadora, levantando las manos para mostrar que él no estaba respondiendo a la agresión.
—¡¡GARCÍA!! ¡¡SUÉLTALO!! —gritaban los compañeros de equipo de Mateo, sujetándolo del torso y de los brazos entre tres personas para evitar que la situación pasara a mayores.
El árbitro central llegó corriendo con el silbato en la boca, abriéndose paso entre la multitud de camisetas sudadas. Tenía la cara desencajada por la violencia de la acción. Metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó la tarjeta roja, mostrándosela a Mateo directamente a la cara con un gesto rotundo.
Expulsado.
El estadio quedó en un silencio tenso, interrumpido solo por los abucheos de la afición rival. El entrenador de Mateo se llevaba las manos a la cabeza en la banda, incapaz de creer la irresponsabilidad de su jugador estrella a cinco minutos del final.
Mateo no protestó la tarjeta. Se zafó bruscamente del agarre de sus compañeros, se quitó el brazalete de capitán y lo arrojó al suelo. Tenía el pecho agitado por una respiración violenta y los ojos encendidos por una mezcla de rabia, humillación y vergüenza.
Caminó a paso rápido hacia el túnel de vestidores, ignorando las miradas de desaprobación de la banca y los gritos de consuelo falso que Patricia intentó lanzarle desde la primera fila de la tribuna.
Antes de cruzar el umbral oscuro del túnel, Mateo se detuvo por última vez y giró la cabeza. Miró hacia la parte más alta de las gradas, al asiento vacío donde debería haber estado la única persona que podía salvarlo de su propio caos.
El estadio estaba lleno de luces, gritos y cámaras, pero para Mateo, el lugar estaba completamente desierto. Comprendió, mientras el frío del túnel lo envolvía, que no había perdido solo el partido contra el equipo de Andrés; había perdido el control, el rumbo y, lo que era peor, la única presencia que le daba sentido a su ruido.