Morí una vez intentando salvar una vida. No pienso morir una segunda vez por culpa de unos traidores.
Cuando Saray Lagranh reencarna como Kaileris Enthal, la villana destinada a ser ejecutada en una novela que había leído, descubre que la verdadera culpable era su mejor amiga y que su prometido jamás estuvo de su lado.
Conociendo su trágico final, decide cambiar su destino de la forma más escandalosa posible.
"¿Mi ex prometido y mi ex mejor amiga me convirtieron en la villana? Perfecto. Entonces voy a convertirme en la mujer más influyente de este imperio. Y si para lograrlo termino casándome con el padre de mi ex prometido, mejor aún."
Entre intrigas nobles, planes de venganza, animales rescatados y una protagonista tan inteligente como sarcástica, Kaileris está decidida a demostrar que la mejor venganza no es destruir a tus enemigos...
Es convertirte en la persona que jamás podrán superar.
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Tendrá que esperar para averiguarlo
El aire en el comedor se volvió tan espeso que costaba respirar. Mi trasero seguía firmemente anclado a su regazo, y la rigidez de sus muslos bajo la tela de mi vestido azul cielo no ayudaba en absoluto a que recuperara el control de mis pulsaciones. Xilian no bromeaba; la promesa latente en su voz ronca era un mapa de ruta muy explícito.
(En sus pensamientos: A ver, Kaileris, respira. Has lidiado con pitbulls rabiosos y personas estúpidamente groseras en tu vida pasada, pero este lobo alfa juega en otra liga. Juega tus cartas o te va a comer viva antes del postre real).
—¿Se te congeló el descaro, mi hermosa prometida? —insistió él, ascendiendo los dedos desde mi nuca hasta delinear el borde de mi mandíbula. Su pulgar presionó sutilmente mi labio inferior, obligándome a entreabrir la boca—. Pensé que las garras te duraban más de un asalto.
Forcé a mis músculos a relajarse, dejando caer mi peso sobre él con una audacia que claramente lo tomó por sorpresa. Apoyé mis manos en su pecho, justo sobre los botones de su camisa gris oscuro, sintiendo el latido rítmico y potente de su corazón.
—No confunda la cautela con el miedo, Duque —ronroneé, inclinando la cabeza con una sonrisa felina que recuperó todo su veneno—. Guardar fuerzas para la verdadera batalla es de buena estratega. Si me rindo ante el General ahora, ¿qué diversión nos quedará para la noche de bodas?
Los ojos de Xilian chispearon con una mezcla de sorpresa y pura diversión salvaje. Su agarre en mi cintura se apretó casi hasta el punto de doler, una maravillosa muestra de su falta de autocontrol cuando se trataba de mí.
—Tienes una lengua muy peligrosa, Kaileris Enthal. Me pregunto si sabrás usarla igual de bien cuando estemos a solas en mi cama, sin una mesa ni un protocolo que te sirva de escudo.
—Tendrá que esperar para averiguarlo —respondí, dándole un sutil pero firme empujón en el pecho.
Esta vez, él me dejó ir. Me deslicé de su regazo con la mayor elegancia que pude rescatar, alisando los encajes negros de mi falda azul. Recogí mi abanico del suelo con una reverencia perfecta y le dediqué una última mirada de reojo antes de dar la vuelta.
—Descanse, Excelencia. Mañana necesitará toda su energía para protegerme de sus "víboras".
Salí del comedor con el eco firme de mis tacones, pero en cuanto crucé el umbral de las puertas dobles y quedé fuera de su campo de visión, solté una bocanada de aire retenido y me abaniqué el rostro con desesperación. Dios santo, este hombre es un peligro para mi salud.
La mañana del té imperial llegó con un despliegue de caos cortesano. Relis entró a mis aposentos escoltando a tres doncellas adicionales que cargaban cajas de joyería y frascos de perfumes exóticos enviados directamente por el Duque.
—Señorita, el Duque ha sido muy específico —comentó Relis, con los ojos abiertos como platos mientras abría un cofre de terciopelo—. Quiere que la corte entienda que usted no es una invitada, sino la dueña absoluta de sus riquezas. Mire esto.
Dentro del cofre descansaba una gargantilla de oro blanco incrustada con diamantes y un rubí de sangre del tamaño de una nuez, cortado en forma de lágrima. Una joya que gritaba "propiedad del General".
Para el evento, opté por un diseño un poco más cerrado pero igual de imponente: un vestido de satén color esmeralda profundo con mangas victorianas y detalles en hilo de oro que estilizaba mi figura. Con el rubí Carsont brillando en mi cuello y mi abanico de plumas negras en mano, estaba lista para el matadero.
El carruaje ducal, blindado y portando el escudo del lobo de plata, nos dejó en las escalinatas de cristal del Palacio de Verano. El ambiente del jardín real ya estaba saturado por el aroma del té de jazmín y el murmullo venenoso de la aristocracia.
Xilian me ofreció su brazo en cuanto bajamos. Vestía su uniforme militar negro de gala, con las medallas imperiales cruzándole el pecho y una capa corta que se mecía con el viento. Se veía ridículamente imponente, un dios de la guerra escoltando a su trofeo... o a su cómplice.
—¿Lista para el nido de serpientes? —murmuró en mi oído, su aliento rozando mi piel mientras subíamos las escaleras de mármol.
—Nací lista, Xilian. Solo asegúrate de levantar los cadáveres cuando termine —le devolví el susurro, afianzando mi agarre en su brazo.
Al entrar al gran invernadero de cristal donde se celebraba la recepción, el silencio fue instantáneo y ensordecedor. Las risas hipócritas se ahogaron y las tazas de porcelana chocaron contra los platillos. Decenas de ojos se clavaron en nosotros.
Ahí, en la mesa principal, rodeada de sus damas de honor, estaba la Emperatriz viuda, una mujer de mirada gélida y abanico de marfil. Y justo a su izquierda, con una sonrisa de autosuficiencia que me dio náuseas, se encontraba Lady Sabell, luciendo un vestido rosa pálido que pretendía hacerla ver pura e inocente.
—Vaya, vaya —susurró una marquesa lo suficientemente alto para que todo el salón la escuchara—. Miren quién ha tenido la osadía de aparecer. La repudiada de la familia Enthal, mendigando la atención del General de Sangre tras haber sido dejada de lado por el joven amo Selius.
Las burlas apagadas comenzaron a resonar en las mesas periféricas. Sabell ensanchó su sonrisa, sosteniendo su taza de té con una falsa gracia imperial.
Sonreí para mis adentros, acomodándome la gargantilla de rubí. Ah, queridas... no tienen idea de con qué clase de víbora se acaban de meter.
la belleza cuesta y es doloroso /CoolGuy/