Renata creció siendo "la hija recuperada" de una familia que solo la quería para pagar sus deudas. Cuando la constructora de los Beltrán se hunde, el trato es simple: una boda con los Vargas a cambio de un rescate millonario. La novia debía ser Camila, la consentida de la casa. Pero Camila huye… y empujan a Renata al altar de un hombre que ni siquiera puede decir "sí": Maximiliano Vargas, el empresario más temido de México, lleva meses en coma.
Renata acepta sin pelear. Tiene sus propias razones —y una herida que nadie conoce—. Lo que no imagina es que, bajo esa apariencia de hombre dormido, Max está despierto. La oye. La observa. Y por primera vez en su vida, alguien la ve de verdad.
Cuando Max abre los ojos, el imperio entero contiene la respiración esperando el divorcio. En cambio, el hombre al que llaman "témpano de hielo" la toma de la mano frente a todos y se niega a soltarla. Mientras tanto, Renata empieza a mostrar quién es en realidad: una cirujana brillante que esconde más de un nombre, más de un secreto y un pasado que la persigue desde un hotel, cinco años atrás.
Entre suegras venenosas, una falsa primera dama del corazón, traiciones de familia y dos niños que aparecen donde menos se espera, Renata tendrá que decidir si se atreve a creer en el único hombre que la eligió cuando nadie más lo hizo.
Porque algunos secretos no se entierran. Regresan. Y este tiene los ojos de Max.
¿Y si el hombre que la compró fuera también el que perdió con ella lo que más amaba?
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Capítulo 10
Capítulo 10: Lo que Ximena guarda en el drive
Renata llegó al departamento de Ximena casi a las diez. Antes había pasado por la mansión: los monitores de Max estaban en orden, Beto de vuelta en su silla, el trazo cerebral activo pero sin crisis. La actividad de ocho segundos ya había pasado. Lo registró, respiró y siguió con su noche. Si algo había aprendido era a no confundir una señal con una emergencia.
Ximena abrió la puerta con una copa de vino en una mano y un plato de pizza en la otra. No preguntó nada. Su comadre la conocía desde la prepa y sabía que con Renata el orden era al revés que con todo el mundo: primero se le daba de cenar y se le ponía algo en la mano, y solo cuando ya estaba sentada y con la guardia medio baja, entonces, tal vez, hablaba.
—Pásale. Hay tinto y hay del otro. Y compré la de pepperoni porque sé que la de verduras te parece una traición. —La jaló adentro—. Siéntate. Cuéntame del actor.
Renata se sentó en el sillón, se quitó los zapatos y, después de la primera copa, le contó. Del café, no del pasado. Del encuentro, de la mochila en la silla, de cómo Julián había contestado tres excusas a una sola pregunta. Ximena la dejó hablar sin meter cuchara, solo apretando la mandíbula en los momentos justos.
Cuando Renata terminó, Ximena dejó la copa en la mesa.
—Tengo que enseñarte algo. —Fue por la laptop—. Llevo un mes con esto sin saber qué hacer. Y después de lo que me acabas de contar, creo que tienes que verlo tú.
Abrió el equipo y buscó un archivo en una carpeta sin nombre.
—Hace como un mes hubo un evento de beneficencia, de esos a los que va medio Polanco. Julián estuvo ahí. A una amiga mía, no te voy a decir quién, le llegó por error un video al teléfono. Por error, o alguien quiso que circulara, vete tú a saber. —Giró la pantalla hacia Renata—. No es un selfie. La cámara está fija, en un ángulo alto, como puesta a propósito. Mi amiga no supo qué hacer con esto y me lo mandó a mí. No lo subí a ningún lado. No se lo enseñé a nadie. Solo a ti.
Le dio play.
En la pantalla, mal iluminado pero sin lugar a dudas, se veía un cuarto de hotel. Y en el cuarto, sin lugar a dudas tampoco, estaban Julián Ríos y Camila Beltrán. Juntos. Cómodos. De una manera que no dejaba espacio a interpretaciones generosas.
Renata lo vio completo. Sin un gesto. Ni sorpresa, ni asco, ni la satisfacción que cualquiera habría esperado de una mujer que acababa de descubrir que su exnovio se acostaba con su hermana adoptiva, esa misma hermana que había rechazado casarse con Max y le había dejado a ella el muerto, el contrato y la mansión.
No había sorpresa porque Renata no esperaba nada distinto de ninguno de los dos. La única novedad estaba en el calendario: Camila había rechazado la boda con un hombre en coma jurando que prefería morirse, mientras mantenía toda esta vida en cuartos de hotel. Esa hipocresía sí valía la pena guardarla.
Ximena, en cambio, sí se indignó por las dos.
—O sea. —Dejó la copa de golpe—. La niña esta hace su numerito de "prefiero morir antes que casarme con un muerto en vida", te avienta a ti el paquete, la mansión, el coma, todo, ¿y mientras anda revolcándose con tu ex en el Camino Real? No, no, no. Renata, esto no se queda así. Esto lo subes a redes hoy mismo y mañana no hay una sola revista que no traiga la cara de los dos. Le revientas la "carrera" antes de que empiece.
—No.
—¿Cómo que no? ¡Es justicia divina servida en bandeja!
—Es una bala —dijo Renata, tranquila—. Y las balas se gastan una sola vez. Si lo subo hoy, el escándalo dura una semana, Camila llora en una entrevista, se hace la víctima y en un mes nadie se acuerda. —Negó con la cabeza—. No. Esto se usa cuando ella esté parada en lo más alto, segura de que ganó, con todos mirándola. Ahí. No antes.
Ximena la miró con la boca medio abierta. Después soltó una risa corta, entre el escándalo y la admiración.
—Das miedo, ¿eh?
—Mándamelo al drive —dijo Renata—. A la carpeta encriptada, la que te pasé. Y no lo borres de tu teléfono. Quiero dos copias en lugares distintos.
Ximena la miró.
—¿Para qué lo quieres?
—Todavía no sé. —Renata cerró la laptop con suavidad—. Pero lo voy a necesitar. Más adelante. Cuando sirva.
Ximena se quedó un momento callada, estudiándola con una mezcla de admiración e inquietud que solo ella se permitía mostrarle.
—¿Tú siempre funcionas así? —preguntó al fin—. ¿Guardando pruebas, midiendo tiempos, archivando a la gente, justo cuando todo se te está cayendo encima?
Renata se sirvió la última media copa. Lo pensó. Y por una vez, a esa hora, con el vino tibio y la única persona del mundo frente a la que se permitía no fingir, contestó la verdad:
—Solo cuando el suelo ya se cayó antes. —Bebió—. Cuando ya te caíste una vez y nadie te recogió, aprendes a poner cosas debajo, por si te vuelves a caer. Eso no es ser fría, Xime. Es no querer volver a estrellarte contra el piso pelón.
Ximena no dijo nada. Se acercó y le pasó un brazo por los hombros, y Renata, que con casi nadie lo permitía, esa noche lo permitió.
—————
Volvió a la mansión pasada la medianoche.
El vestíbulo estaba en penumbra, con una sola lámpara encendida. Y ahí, junto a la puerta, con el saco puesto y el teléfono en la mano, estaba Gonzalo Vargas, de pie, fingiendo muy mal que esperaba un taxi a esa hora.
La vio entrar. Sonrió, despacio, con esa cordialidad que en él era lo contrario de la cordialidad.
—Buenas noches, cuñada. —Echó un vistazo al reloj de la pared, marcando la hora sin decirla—. Qué tarde para una recién casada. Y un jueves. ¿Trabajo en el hospital, o asuntos personales?
—Buenas noches —respondió Renata, y nada más. Ni el hospital ni los asuntos. Que se quedara con la duda.
Gonzalo no se movió de la puerta. Se guardó el teléfono en el bolsillo, abandonando del todo la pantomima del taxi.
—¿Sabe? Me da gusto que esté tan… atenta a mi sobrino —dijo—. Tan pendiente de su cuarto, de sus máquinas. Pero le voy a dar un consejo de tío, de buena fe. —Bajó la voz, y la buena fe se le cayó de encima como un abrigo—. En esta familia, las personas que se meten donde no les toca terminan cansándose. Se enferman, se aburren, se van. Sería una pena que a usted le pasara, tan joven. Cuídese mucho, cuñada.
Renata lo miró. No fue una mirada de miedo. Fue la mirada con que se observa una radiografía: buscando dónde está la fractura.
—Gracias por el consejo —dijo—. Yo también le doy uno. Duermo poco y reviso todo dos veces. —Una pausa exacta—. Buenas noches, don Gonzalo.
Cruzó el vestíbulo sin prisa y subió la escalera, sintiendo los ojos del hombre clavados en su espalda hasta que dobló en el descanso y se perdió de su vista. No le tembló el pulso. Pero esa noche, en su cuarto, puso el seguro a la puerta por primera vez desde que llegó a la mansión.
Ojalá siga así .
últimamente los libros repiten las historias ,solo cambian los nombres de los personajes.
Este es distinto.Excelente trabajo del autor .