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La Esposa Que Cambió Las Reglas

La Esposa Que Cambió Las Reglas

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amor prohibido / Romance
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15: Control compartido

El silencio que dejó Catalina al cerrar la puerta se prolongó más de lo necesario. Amelia permanecía de pie frente al escritorio vacío de la mujer, con los brazos cruzados y la mirada fija en el punto donde había estado el documento. Gael no se movió de su lugar. Solo guardó la copia de la cláusula dentro de su chaqueta con un gesto preciso.

—Cinco años de control compartido —dijo Amelia al fin, sin girarse—. Eso no estaba en el contrato que firmamos.

—No —respondió Gael—. Porque yo tampoco lo sabía.

Ella se volvió hacia él. Lo estudió con detenimiento, buscando cualquier fisura en su expresión. No encontró ninguna. Solo la misma contención de siempre.

—Tu madre lo sabía.

—Mi madre guarda información como otros guardan armas. La usa cuando le conviene.

Amelia asintió despacio. No había reproche en su voz, solo una evaluación fría de los hechos.

—Esto cambia el reclamo. Ya no se trata solo de recuperar lo que me corresponde. Ahora el Grupo Santoro tiene un interés directo y automático sobre el Proyecto Legado gracias a nuestro matrimonio.

Gael sostuvo su mirada.

—Eso también significa que los Llorente no solo están pelear contra ti. Están pelear contra nosotros. Contra la estructura completa.

—¿Y eso te beneficia?

La pregunta quedó suspendida entre ambos. Gael no respondió de inmediato. Caminó hasta la ventana y observó la ciudad durante unos segundos antes de hablar.

—Me beneficia en la medida en que el activo no caiga en manos de Victoria. Pero también me complica. El consejo va a exigir participación real en cada decisión. Y Catalina no va a quedarse al margen.

Amelia se acercó a la mesa y apoyó los dedos sobre la superficie de madera.

—Entonces necesitamos definir límites. Claros. Antes de que alguien más intente interpretar esta cláusula a su favor.

—De acuerdo.

—El control compartido no significa que yo ceda la voz sobre lo que mi padre construyó. Ni que el Grupo Santoro pueda disponer del activo como si fuera propio.

Gael se giró hacia ella.

—Tampoco significa que yo acepte que un movimiento en tu nombre arrastre a mi empresa a una guerra sin estrategia.

Se miraron en silencio. Por primera vez desde que habían firmado el matrimonio, la tensión entre ellos no era solo externa. Era una negociación real, de igual a igual.

—Entonces redactamos un acuerdo interno —propuso Amelia—. Complementario al matrimonial. Sobre cómo se tomarán las decisiones relacionadas con el Proyecto Legado mientras dure el periodo de control compartido.

Gael asintió una sola vez.

—Esta misma noche.

Salieron del despacho de Catalina sin agregar nada más. En el ascensor, ninguno habló. Solo cuando llegaron de nuevo a la oficina del piso treinta y dos, Amelia dejó escapar un suspiro contenido y se pasó una mano por el cuello.

Gabriel los esperaba con el rostro más tenso de lo habitual.

—Hay una situación —anunció—. Acaban de filtrar a la prensa una serie de documentos internos del Grupo Llorente. Aparecen correos y notas de hace años donde se menciona a Amelia Ferrer como “elemento de acceso estratégico” al entorno de Leonardo Ferrer.

Amelia sintió un golpe seco en el pecho.

—¿Qué significa eso?

Gabriel le extendió una tableta. En la pantalla aparecía un artículo publicado apenas minutos atrás en un medio digital de negocios. El titular era venenoso:

La esposa que abrió las puertas: cómo Amelia Ferrer facilitó el acceso de los Llorente a información sensible de su propio padre.

Debajo había capturas de correos antiguos, algunos incompletos, otros claramente editados para sugerir que Amelia había sido utilizada —o había colaborado— para obtener datos sobre Leonardo Ferrer durante los primeros años de su relación con Esteban.

Gael tomó la tableta y leyó con rapidez. Su mandíbula se tensó.

—Esto es una construcción. Los correos están sacados de contexto.

—Lo sabemos —dijo Gabriel—. Pero el daño reputacional ya empezó. Tres medios más ya recogieron la historia.

Amelia sintió que la rabia le subía por la garganta, caliente y clara.

—Victoria.

—Seguramente —confirmó Gael—. Si no pudo retenerte por la vía legal, ahora intenta destruir tu credibilidad pública antes de que el reclamo del Proyecto Legado avance.

Amelia dejó la tableta sobre el escritorio con más fuerza de la necesaria.

—Entonces respondemos.

—Con una demanda por difamación —dijo Gael—. Y con la publicación controlada de parte del archivo de tu padre. Lo suficiente para demostrar que los Llorente son quienes llevaron años intentando apropiarse de algo que no les pertenecía.

—No —replicó Amelia—. No todavía. Si soltamos el archivo completo ahora, perdemos el factor sorpresa en el proceso formal. Primero aseguramos la presentación oficial del reclamo. Después, cuando ellos crean que nos tienen contra las cuerdas, respondemos con todo.

Gael la observó en silencio unos segundos. Después asintió.

—De acuerdo. Priorizamos el reclamo formal.

Pasaron el resto de la tarde trabajando con los abogados. Amelia revisó cada línea del escrito que se presentaría al día siguiente. Gael se encargó de coordinar con el área de comunicación para preparar una respuesta breve y contundente a la filtración, sin entrar todavía en detalles del Proyecto Legado.

Cuando anocheció, solo quedaban ellos dos en la oficina. Las pantallas seguían encendidas. Sobre la mesa había borradores, copias y anotaciones.

Amelia se quitó los zapatos y se dejó caer en el sofá de la esquina, por primera vez permitiendo que el agotamiento se notara en su postura.

Gael se acercó y le dejó un vaso de agua sobre la mesa baja.

—Tienes que dormir al menos unas horas. Mañana será otro día largo.

Ella tomó el vaso, pero no bebió de inmediato.

—Cuando firmé el divorcio pensé que lo peor ya había pasado —dijo en voz baja—. Resulta que solo estaba entrando a la parte más profunda.

Gael se sentó en el sillón frente a ella.

—La diferencia es que ahora no estás sola en el tablero.

Amelia levantó la vista. La frase era sencilla. Pero el modo en que la dijo no sonaba solo a estrategia.

—¿Eso forma parte del control compartido? —preguntó con un leve dejo de ironía.

Gael no sonrió.

—Eso forma parte de algo que todavía no tiene nombre en ningún contrato.

El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Más denso. Menos defensivo.

Amelia fue la primera en romperlo, apartando la mirada hacia la ventana.

—No podemos permitirnos distracciones. No ahora.

—Lo sé.

Ninguno agregó nada más.

Poco antes de la medianoche, Gabriel envió un último mensaje:

El escrito de reclamo formal sobre el Proyecto Legado está listo para presentación mañana a primera hora. También detectamos movimiento de dos vehículos vinculados a seguridad privada cerca de la Torre. Ya reforzamos los accesos.

Gael leyó el mensaje en voz alta.

Amelia dejó el vaso sobre la mesa y se puso de pie.

—Entonces mañana no solo presentamos el reclamo.

—¿Qué más?

Ella miró hacia la puerta, como si pudiera ver más allá de ella.

—Mañana empezamos a demostrar que el control compartido no significa que yo vaya a quedarme quieta mientras otros deciden por mí.

Gael asintió una sola vez.

—Estaré a tu lado en esa sala.

Amelia sostuvo su mirada.

—Asegúrate de que sea por estrategia.

—Y si no lo es solo por estrategia? —preguntó él.

Ella no respondió.

Solo tomó el maletín y se dirigió hacia la puerta.

—Buenas noches, Gael.

—Buenas noches, Amelia.

Cuando la puerta se cerró, Gael permaneció unos segundos mirando el espacio vacío que ella había dejado. Después sacó de nuevo la copia de la cláusula que le había entregado Catalina y la dejó sobre el escritorio, bajo la luz de la lámpara.

Cinco años de control compartido.

Y una guerra que ya no admitía neutralidad.

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