A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 20
Capítulo 20: Comida hecha en casa
Desperté con su sudadera puesta y el olor a jabón de madera impregnado en la almohada.
Por un segundo —un segundo perfecto, suspendido, sin peso— pensé que estaba en el departamento de la vida anterior. Que era una mañana cualquiera de martes. Que Lisandro ya se había ido a trabajar y que su ropa sobre mi cuerpo era lo único que quedaba de él hasta la noche.
Luego abrí los ojos y vi el techo de mi cuarto de diecisiete años, con la mancha de humedad en la esquina que mi papá llevaba tres años prometiendo arreglar, y la realidad me cayó encima como un balde de agua fría.
No fue un sueño.
El bar. Kevin. La puerta rota. Las lágrimas. "Voy a protegerte." "Sí."
Me senté en la cama. Todo me dolía. La nariz, las rodillas, la espalda donde me estrellé contra la pared del karaoke. Pero el dolor físico era lo de menos. Lo de más era la sudadera gris que me envolvía como un abrazo que no se acababa.
Bajé a desayunar. Mi mamá me miró con los ojos de una madre que sabe que algo pasó pero que ha decidido elegir sus batallas.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
—¿De quién es esa sudadera?
Miré hacia abajo. La sudadera de Lisandro me cubría hasta medio muslo. Las mangas me tapaban las manos. No podía pasar por mía ni con la imaginación más generosa.
—De un amigo.
—¿Un amigo?
—Un vecino.
Pilar Montes levantó una ceja. La ceja derecha. La ceja que significaba "no te creo pero no voy a insistir ahora, sin embargo esta conversación no ha terminado".
—Come tu fruta —dijo.
Comí mi fruta.
A las once de la mañana, toqué la puerta café de la casa de al lado.
Traía un botiquín. No el de la enfermería de la escuela, esos eran básicos, con gasas y alcohol y poco más. Este era el botiquín de mi mamá, el que guardaba debajo del fregadero de la cocina y que tenía de todo: vendas elásticas, cinta micropore, pomada antibiótica, pastillas antiinflamatorias, pinzas de cirugía que ella usaba para sacarse las astillas de los dedos cuando cosía.
Lo tomé prestado sin pedir permiso. Mi mamá probablemente lo notaría y probablemente me preguntaría. Pero eso era un problema futuro.
Lisandro abrió la puerta.
Se veía terrible. No terrible como yo, que me veía como si un camión me hubiera pasado por encima. Terrible de otra forma: los ojos hundidos, la cara pálida, el tipo de agotamiento que viene no del cuerpo sino de haber sentido demasiado en muy poco tiempo. Llevaba puesta una camiseta negra de manga larga que le tapaba las manos, deliberadamente, para ocultar las vendas del hospital.
—Hola —dije.
Me miró. Miró el botiquín en mis manos. Miró la sudadera gris que yo seguía usando porque era sábado y no tenía ganas de quitármela.
—No es necesario —dijo.
—Déjame ver tus manos.
—Ya me las curaron en el hospital.
—Lisandro.
Mi nombre —su nombre— en mi boca fue suficiente. Algo pasaba cuando lo decía. Algo que le quitaba las defensas como un solvente que disuelve el pegamento. Abrió la puerta un poco más. Lo suficiente para que yo entrara.
La casa de Lisandro era exactamente como la recordaba de la otra vida: limpia, ordenada, impersonal. Los muebles eran funcionales, sin decoración. Las paredes estaban vacías, sin cuadros, sin fotos, sin nada que sugiriera que alguien vivía aquí y no solo existía. La cocina estaba limpia pero vacía: ni fruta en el frutero, ni un imán en la nevera, ni un trapo de cocina con estampado gracioso.
Su padre viajaba constantemente. La persona que se suponía debía cuidar esta casa —y al chico que vivía en ella— no estaba casi nunca. Lisandro vivía solo. A los diecisiete. Con una tarjeta de débito que su padre le recargaba cada mes y una nevera que probablemente contenía frijoles, tortillas, leche y poco más.
—Siéntate —le dije, señalando la silla del comedor.
—Puedo curarme solo.
—Ya sé que puedes. Siéntate.
Se sentó. Con la rigidez de un soldado que obedece una orden que no entiende pero que sabe que es mejor no cuestionar.
Le tomé la mano derecha. Le subí la manga de la camiseta. Retiré las gasas del hospital.
Aguanté el aire.
Los nudillos estaban peor de lo que esperaba. La hinchazón había aumentado durante la noche. Los tres puntos donde la piel se abrió estaban rojos, inflamados, con bordes que empezaban a cerrarse pero que todavía supuraban. El dedo anular estaba morado desde el nudillo hasta la segunda falange. Las astillas que la doctora no alcanzó a sacar habían dejado puntos oscuros debajo de la piel.
—¿Te duele? —pregunté.
—No.
Mentía. Lo sabía porque conocía la forma en que apretaba la mandíbula cuando contenía el dolor: un movimiento mínimo de los maseteros, casi invisible, que en otra vida aprendí a detectar cuando volvía de nadar con los hombros contracturados y se negaba a admitirlo.
Abrí el botiquín. Saqué las pinzas. El alcohol. Las gasas limpias. La pomada antibiótica.
—Voy a sacarte las astillas que quedaron. Va a arder.
No respondió. Pero no apartó la mano.
Empecé con la astilla más grande, incrustada en el nudillo del dedo medio. Las pinzas entraron en la piel inflamada y el alcohol le cayó sobre la herida abierta.
No hizo un solo sonido.
Ni un quejido. Ni un siseo. Ni un parpadeo. Se quedó absolutamente inmóvil, con la mano extendida sobre la mesa y los ojos fijos en la pared de enfrente, como si su cuerpo fuera un objeto ajeno que estaba siendo reparado por otra persona y él simplemente estuviera esperando a que terminaran.
La tolerancia al dolor de Lisandro Sotomayor era algo que, en otra vida, me asustaba. No era normal. No era saludable. Era el resultado de trece años con una madre que le enseñó que quejarse traía consecuencias peores que el dolor original, y de cuatro años de nadar en agua helada a las cinco de la mañana porque el frío extremo era la única forma que encontró de silenciar lo que llevaba dentro.
Le saqué tres astillas. Le limpié los cortes con alcohol. Le puse pomada en cada herida. Le vendé los nudillos, con más cuidado del que usó la doctora del hospital, porque yo no tenía prisa y la doctora tenía treinta pacientes más.
Luego la mano izquierda. Menos dañada pero igualmente hinchada. Le cambié las gasas. Le puse cinta nueva.
Y entonces saqué la pastilla.
—Antiinflamatorio —dije, poniéndosela en la palma de la mano—. Tómatela.
Miró la pastilla. Luego me miró a mí. Con una expresión que no supe descifrar del todo, algo entre la incredulidad y otra cosa, algo más blando, más antiguo, como si lo que estaba viendo no fuera una chica con un botiquín sino algo que no creía que existiera.
Se la tomó. Sin agua. Con un movimiento seco de la cabeza que me dijo que estaba acostumbrado a tomar pastillas en seco porque probablemente nadie nunca le había traído un vaso de agua para acompañarlas.
Le traje un vaso de agua de su propia cocina.
—No necesitaba agua —dijo.
—La necesitabas. Solo que nadie te la había dado.
Se calló.
El silencio que siguió fue diferente de todos los anteriores. No era el silencio incómodo de las primeras semanas. No era el silencio compartido de las caminatas. No era el silencio tenso de la enfermería ni el silencio devastado del hospital.
Era un silencio vulnerable. El silencio de alguien que acaba de ser cuidado y que no sabe cómo reaccionar porque su cuerpo no tiene memoria muscular para esto. No tiene un protocolo guardado para "alguien te trae un botiquín un sábado por la mañana y te cambia las vendas y te da una pastilla y te trae agua sin que se lo pidas".
Las mismas manos, pensé, mirando las vendas blancas sobre sus nudillos. Las mismas manos que en otra vida recibieron todos los días, durante un año, el arroz a la mexicana con pollo que yo cocinaba para él. Que escribieron mi nombre en el testamento. Que firmaron la transferencia de sus propiedades y participaciones personales a mi nombre tres meses antes de morir.
Estas manos me dieron todo sin decirme nunca que me amaban.
Y yo no lo supe hasta que ya no estaban.
Las lágrimas me bajaron sin aviso. Calientes. Rápidas. Las sentí en las mejillas antes de darme cuenta de que estaba llorando.
Incliné la cabeza. Me concentré en enrollar la venda sobrante. En cerrar el frasco de pomada. En guardar las pinzas en el botiquín. Cualquier cosa que justificara tener la cara hacia abajo.
Lisandro no dijo nada.
Pero se movió.
Escuché la silla arrastrarse contra el suelo. Sentí un peso sobre mis hombros. Tela. Algo cálido. Su saco del uniforme escolar, que estaba colgado en el respaldo de otra silla y que ahora estaba sobre mis hombros porque él notó que yo temblaba y no preguntó por qué.
No preguntó por qué lloraba. No me pidió que le explicara. No intentó consolarme con palabras que no sabía decir.
Me puso un saco sobre los hombros.
Porque era lo que sabía hacer. Porque la ropa era su lenguaje, la sudadera en el hospital, el saco en la cocina, las prendas que dejaba sobre mi cuerpo como marcas de territorio que no sabía que estaba marcando.
Me limpié los ojos. Levanté la cara.
—Gracias —dije.
—No tiembles —dijo.
No tiembles. Su versión de "no llores". Su versión de "me preocupa verte así". Su versión de "quisiera hacer algo pero no sé qué, así que te doy mi ropa porque es lo único que tengo".
—No estoy temblando.
—Sí estás —señaló mis manos con la barbilla. Tenía razón: me temblaban los dedos sobre las pinzas del botiquín.
—Es del frío.
—No hace frío.
—Siempre tengo frío.
No discutió más. Pero el saco se quedó sobre mis hombros. Y yo no me lo quité.
Media hora después, mientras recogía el botiquín para irme, escuché un sonido que me detuvo en seco.
Un chasquido metálico. Pequeño. Repetitivo. El sonido de una lata que alguien intenta abrir sin éxito.
Me asomé a la cocina.
Lisandro estaba de pie frente a la barra, con una lata de atún en la mano izquierda, la mano vendada, y la argolla de la lata en la derecha, la otra mano vendada. Tiraba de la argolla con los dedos envueltos en gasas, y la lata no cedía porque sus dedos no tenían la fuerza ni la flexibilidad para ejercer la presión necesaria.
Tenía la mandíbula apretada. Los ojos fijos en la lata. La expresión de alguien que se niega a admitir que no puede hacer algo que normalmente hace sin pensar.
—Dame eso —dije.
—Puedo solo.
—Lisandro, tienes las dos manos vendadas. No puedes abrir una lata. No es una derrota, es física básica.
Le quité la lata. La abrí. Se la puse en la barra junto a un tenedor.
Y me di cuenta de que eso era todo. Una lata de atún. Esa era su cena. Un sábado. A las doce del día. Después de una noche en el hospital y con las manos destruidas.
Abrí la nevera. Frijoles en una olla. Un paquete de tortillas. Tres huevos. Un litro de leche. Nada más.
—Mañana te traigo algo decente de comer —dije.
No fue una oferta. No fue una pregunta. Fue una declaración, del mismo tipo que su "voy a protegerte" del hospital. Un futuro. Una decisión. Un compromiso.
Lisandro me miró con el tenedor en la mano y la lata de atún abierta frente a él.
—No es necesario —dijo.
—No te estoy preguntando.
La comisura de su labio. Dos milímetros. Su carcajada.
Catalina llegó a mi casa a las cuatro de la tarde con una bolsa de papitas, dos aguas de jamaica y la furia contenida de seis horas de mensajes sin respuesta.
—Explícame —dijo, sentándose en mi cama con la autoridad de un fiscal—. Todo. Desde el principio. Sin omitir nada. Y no me salgas con lo de la "vitamina C" porque ya sé que era vodka.
Le conté.
La versión editada. El bar. El vodka. El segundo piso. Kevin. La puerta. Lisandro.
Omití los recuerdos de la vida anterior. Omití las lágrimas en la cocina. Omití la parte donde le besé los nudillos en el hospital porque hay cosas que le pertenecen solo a la persona que las vivió y que pierden su magia cuando las compartes.
Catalina escuchó sin interrumpir, un logro histórico para alguien que normalmente no podía dejar pasar tres oraciones sin comentar algo. Cuando terminé, se quedó callada durante un minuto entero.
—¿Rompió la puerta? —dijo finalmente—. ¿La puerta de verdad?
—De verdad. Con los puños.
—¿Y le pegó a Kevin Ramos?
—Lo destrozó.
—¿Lisandro Sotomayor? ¿El que lee libros en el comedor y le da alergia la gente?
—El mismo.
Catalina abrió la bolsa de papitas. Se comió tres de golpe. Masticó pensando.
—Ese chico sombrío te quiere —dijo, con la certeza de quien anuncia una ley de la física—. Aunque no sepa cómo decirlo.
—Ya me lo dijiste una vez.
—Y te lo vuelvo a decir porque la primera vez tenía evidencia circunstancial: las orejas rojas, la mirada cuando no lo ves, lo de caminar del lado de la calle. Pero esto, Sol… esto es evidencia directa. Los hombres no rompen puertas por chicas que no les importan. Eso no pasa. Ni en las telenovelas.
—En las telenovelas sí pasa.
—Bueno, sí. Pero en la vida real no. Y esto es la vida real. Creo.
La miré. Catalina Ríos, con sus papitas y su agua de jamaica y su certeza absoluta de que el mundo era comprensible si lo mirabas con suficiente atención.
—Cat.
—Catalina.
—Catalina. ¿Tú crees que se puede querer a alguien sin saber que lo quieres?
—No. Yo creo que siempre se sabe. Lo que pasa es que hay gente que no sabe qué hacer con lo que sabe. Y tu vecino sombrío es la definición andante de "no sé qué hacer con lo que siento, así que voy a romper una puerta y pretender que no pasó nada".
Se comió otra papita.
—Dale tiempo —dijo—. Pero no demasiado. Los hombres son como la leche: si los dejas quietos mucho tiempo, se echan a perder.
Me reí. Me dolió la nariz al reírme.
—Eres la peor consejera sentimental del mundo.
—Soy la única que tienes. Así que más te vale valorarme.
La valoraba. Más de lo que sabía. En dos vidas, Catalina Ríos fue la constante. La persona que estaba ahí cuando todo se caía y que, sin entender la mitad de lo que pasaba, siempre decía lo que necesitaba escuchar.
Esa noche, me asomé por la ventana.
La cortina de Lisandro estaba abierta. No entreabierta, abierta. La rendija que se cerró el viernes del rechazo se había vuelto a abrir. Más que nunca.
Y sobre el escritorio, bajo la luz de la lámpara, pude distinguir una silueta familiar: sus manos vendadas, sosteniendo un libro, pasando las páginas con la torpeza de quien tiene los dedos envueltos en gasas.
Leyendo.
A pesar de las manos rotas. A pesar de la noche más violenta de su vida. A pesar de todo.
Eres lo más terco que he conocido en dos vidas, pensé. Y lo más hermoso.
La luz se apagó a las once.
Once de la noche. Igual que la semana pasada. Igual que la anterior. El reloj de sueño que yo le había regalado sin que él supiera: once, once y cuarto, once y media. Un horario humano. Un horario de alguien que ya no necesita agotar la noche para sentirse seguro.
Me acosté con su saco doblado en la silla y su sudadera bajo la almohada.
Cinco tesoros.
La hoja con mi nombre. La nota del casillero. El pañuelo bordado. La sudadera. El saco del uniforme.
La colección crecía.
Y mañana iba a cocinar para él.
Arroz a la mexicana con pollo. La misma receta que en otra vida cociné todos los días durante un año y que él comía sin decir nada, sin agradecer, sin saber que cada lonchera que le preparaba era una forma de decirle lo que él no me dejaba decir con palabras.
Esta vez vas a saber.
Esta vez te lo voy a decir.
Cuando estés listo. Cuando puedas escucharlo. Cuando el muro caiga lo suficiente como para que las palabras entren.
Pero mientras tanto, arroz a la mexicana con pollo.
Porque el amor también se dice con comida.