NovelToon NovelToon
La Empleada del Magnate

La Empleada del Magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Mujer poderosa / Niñero / Completas
Popularitas:965
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Antonieta, una joven luchadora, acepta trabajar en la mansión de Luke Petronius para asegurar estabilidad y cuidar a su abuela enferma.

Decidida e indomable, entra en conflicto directo con la actitud rígida y controladora de Luke, dentro de un ambiente lleno de reglas y tensión silenciosa.

Entre provocaciones, límites puestos a prueba y una convivencia obligada, ambos se ven envueltos en una dinámica peligrosa donde el poder, el deseo y la resistencia empiezan a confundirse…

NovelToon tiene autorización de AUTORAATENA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3

Capítulo 3 — Lo que el espejo guardaba

El sábado llegó con ese sol sin piedad desde temprano en la mañana.

Me levanté a la hora de siempre porque mi cuerpo no sabe lo que es fin de semana, preparé el café, dejé el atole de Abuela Cida en el fuego bajo con un papelito al lado explicando el tiempo, revisé los medicamentos en el orden correcto sobre la mesa y tomé la bolsa.

La abuela apareció en la puerta de la cocina con el pañuelo blanco en la cabeza y esa mirada de rayos X que tiene desde que yo era niña y que nunca ha perdido su puntería.

—Estás saliendo temprano.

—Voy a casa de Carla, abuela, ya te lo dije ayer.

—Ya lo dijiste. —me miró de arriba a abajo con esa calma de quien tiene todo el tiempo del mundo. — ¿A hacer qué allá?

—Ella me va a arreglar para una entrevista.

Silencio.

Abuela Cida no dijo nada por unos tres segundos que pesaron más de lo que debían.

—Arreglar no. —dijo por fin. — Revelar.

Iba a responder pero ella ya había dado la vuelta y estaba de regreso a su cuarto con ese paso lento y firme que mantuvo a pesar de todo, a pesar de la quimio, a pesar de los días malos. Dejé el comentario morir en la garganta, tomé las llaves y salí.

Pero me llevé la palabra.

Revelar.

Carla vivía en un apartamento pequeño en el tercer piso de un edificio sin elevador que ella llamaba funcional y yo llamaba castigador. Subí los escalones, toqué la puerta y ella abrió antes de que terminara de tocar, ya con delantal, cabello recogido, con esa energía de quien se despertó hace horas y solo estaba esperando.

—¡Viniste!

—Deja de sorprenderte cada vez que aparezco en un lugar al que yo misma acordé ir.

—Es que cancelas mucho.

—No cancelo.

—Antonieta, cancelaste mi cumpleaños.

—Tenía fiebre.

—Cancelaste el asado de Renata.

—Renata me irrita.

—Cancelaste la...

—Carla. —levanté la mano. — Estoy aquí. Presente. Física. Puedes empezar.

Sonrió con esa cara de victoria que finjo que no soporto y me jaló para adentro.

Su apartamento olía a producto de cabello y vela encendida, una combinación que de algún modo funcionaba. Había separado todo sobre el tocador del baño con una organización que me hizo sentir que estaba a punto de entrar a cirugía. Potecitos, bisnaguitas, brochas, algodón, esas banditas de plástico para sujetar el cabello lejos de la cara, una esponjita que nunca había visto en mi vida.

—¿Qué es todo eso?

—Salvación. Siéntate.

—Carla...

—Siéntate, Antonieta.

Me senté.

Se puso frente a mí, me analizó por unos cinco segundos con los ojos entrecerrados como una artista estudiando el lienzo, y luego tomó algún producto y comenzó.

Primero el rostro.

Pasó algo frío que olía a pepino, luego una exfoliación que rasguñó levemente, luego un vapor que me hizo cerrar los ojos sin querer porque estaba demasiado bien, ese calor húmedo que relaja hasta el ceño fruncido. Luego fue por los poros con esa minuciosidad de quien hace esto con amor, sin prisa, presionando con las puntas de los dedos envueltas en algodón, uno por uno, con ese silencio concentrado de cirujano.

—Tienes la piel más bonita que he visto en mi vida. —murmuró mientras trabajaba. — ¿Sabes qué crimen es esto tenerla sin cuidado?

—Tengo las manos en producto químico todo el día, Carla.

—Por eso mismo, protector en la mañana por lo menos. Eso no pide mucho.

No respondí. Ella continuó.

Hidratante, sérum, un masaje con las yemas de los dedos que no esperaba y que fue tan bueno que tuve que esforzarme para no quedarme dormida en la silla. Luego pasó algo ligero que ella llamó base y yo llamé invisible porque cuando terminé de mirar no veía nada en el rostro pero todo estaba diferente de una manera que no sabía nombrar.

—Ahora el cabello.

—Carla, mi cabello...

—Va a quedar precioso, cállate.

Lo lavó, puso mascarilla, lo enrolló en plástico y me mandó sentar en el sofá durante veinte minutos con una taza de té en la mano y una revista en la otra. Me quedé ahí callada escuchando la ciudad afuera, el ruido del piso de arriba, el olor del producto esparciéndose por el apartamento.

Fue extraño.

No extraño malo. Extraño de cosa a la que no estás acostumbrada. Esa quietud de ser cuidada por alguien sin necesitar pedirlo, sin necesitar justificarlo, sin necesitar devolver nada en ese mismo momento.

Me tragué eso en silencio y tomé mi té.

Después vino la plancha.

Carla fue mechón por mechón con una paciencia que yo no tendría ni con mi propia hija si tuviera una. El cabello se fue abriendo, fue cayendo, fue quedando liso de una manera que nunca había visto en el espejo, ese liso sedoso que atrapa la luz y devuelve brillo como si hubiera sido fabricado así. Largo, oscuro, con ese castaño cálido que al sol quedaba con unos mechones dorados que yo ni sabía que existían.

Cuando terminó se quedó parada detrás de mí sin decir nada.

—Carla.

—Espera.

—¿Qué pasó?

—Estoy admirando el trabajo.

—Me estás asustando.

Giró mi silla frente al espejo.

Y me quedé callada.

Me quedé callada por un tiempo que no sé medir porque perdí un poco la noción de lo que estaba pasando.

La mujer en el espejo tenía mi cara. Los mismos ojos, la misma boca, la misma nariz. Pero la piel estaba brillando, uniforme, ese moreno cálido que la abuela siempre llamó color de miel apareciendo sin la opacidad del cansazo encima. Sin poros. Sin puntos negros. Solo piel limpia y viva.

Y ese cabello.

Liso, suelto, cayendo por el hombro y la espalda con un brillo que parecía irreal, ese negro-castaño profundo que atrapa la luz y hace lo que quiere con ella.

No dije nada por un momento.

—Antonieta. —Carla habló a mi lado, quieta por primera vez en el día.

—Qué.

—Di algo.

—¿Qué digo?

—No sé. Cualquier cosa.

La miré.

—Tú lo sabías. —dije.

—¿Sabía qué?

—Que era así. Que estaba así debajo de todo.

Cruzó los brazos con esa sonrisa de quien tiene razón desde hace mucho tiempo y esperó al mundo entero para poder decirlo.

—Te dije que eras linda.

—Me dijiste que era linda de la misma manera que dices que el día va a mejorar. Con esperanza pero sin pruebas.

—Y ahora hay pruebas.

Volví a mirar el espejo. Me quedé un segundo más observando a esa mujer que era yo y a quien no conocía del todo todavía.

—El vestido. —anunció Carla, desapareciendo al cuarto.

Volvió con un vestido azul en el gancho. Azul de ese tono específico que queda entre el royal y el marino, un punto donde el color decide ser elegante sin esforzarse. Ajustado, debajo de la rodilla, escote recatado, el tipo de prenda que no grita pero no pasa desapercibida.

—Pruébatelo.

Me lo probé.

Y el vestido hizo lo que hace un buen vestido, encontró el cuerpo como si hubiera sido cortado para él, marcó la cintura sin apretar, cayó en las caderas con esa suavidad que no esperaba de una tela que parecía simple en el gancho.

Me miré en el espejo de cuerpo entero que estaba detrás de la puerta de su cuarto.

Carla apareció en el reflejo a mi lado, brazos cruzados, esa ceja levantada de reina satisfecha.

—Dime que no tengo ojo.

—Tienes ojo. —admití.

—Repítelo más fuerte.

—No lo voy a repetir más fuerte.

—Está bien. —se acercó a mí y acomodó un mechón de cabello que se había salido de lugar con ese cuidado de madre arreglando a su hijo para la fiesta. — Antonieta, mírate. Mírate de verdad.

Me miré.

Y por primera vez en mucho tiempo no aparté los ojos rápido como siempre hacía, como si mirarme fuera pérdida de tiempo, como si no hubiera nada ahí que valiera la atención.

Sí había.

Siempre había habido.

Yo nunca había parado a verlo.

Abuela Cida lo sabía. Ya lo sabía cuando dijo "revelar" esa mañana en la puerta de la cocina con esa voz tranquila de quien carga una certeza desde hace mucho.

Me tragué el nudo que intentó subir por la garganta, decidí que ese no era el momento para ponerse sentimental y me volteé hacia Carla con la mayor normalidad que pude reunir.

—¿Y la entrevista es cuándo?

—El lunes. A las nueve de la mañana.

—Bien. —asentí. — Entonces enséñame a hacer esa hidratación que pusiste porque no voy a aparecer allá con la cara de todos los días.

Carla soltó una carcajada que sacudió el apartamento entero.

Y yo me quedé frente al espejo un segundo más, solo uno, antes de voltearme y fingir que no había pasado nada.

Pero sí había pasado.

1
Danita 🥰
Jajajaja la suela del zapato 👞
Danita 🥰
Bien merecida la cachetada👏
Danita 🥰
jejeje se viene buena🤭
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play