Lara es una joven de veinte años proveniente de Sucamajé, un pueblito humilde del interior. Cuando la familia enfrenta deudas y su novio la abandona, ella acepta la única oferta que aparece: convertirse en nodriza del bebé de un hombre que ni siquiera conoce. El bebé se llama Miguel. El padre se llama Rafael Cavalcanti.
Rafael es CEO del Grupo Cavalcanti, uno de los mayores conglomerados empresariales de São Paulo. Frío, controlador, acostumbrado a dictar reglas sin justificación, Rafael carga con un pasado de aislamiento emocional que Sofía — la mujer que lo crió como madre — construyó meticulosamente para mantenerlo preso. Cuando Lara entra en la Mansión Cavalcanti con sus ojos asustados y su leche que no deja de producirse sin motivo médico aparente, Rafael intenta mantener la distancia. Intenta.
Lo que comienza como una relación estrictamente profesional —jefe y empleada— va cediendo, poco a poco, al peso de una atracción que ninguno de los dos sabe cómo nombrar. Rafael descubre que la dulzura de Lara no es debilidad, sino una fuerza extraña que atraviesa toda la armadura que él pasó décadas construyendo. Lara descubre que detrás de la frialdad del jefe existe un hombre que nunca supo lo que era ser realmente amado.
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Prólogo
El atardecer en Sucamajé solía traer paz a todo el mundo, menos a Lara. La muchacha de diecinueve años estaba arrodillada sobre una tarima de madera gastada, los dedos crispados en el borde de la blusa holgada que le apretaba cada vez más el pecho. Un dolor pulsante la torturaba, como si algo dentro de ella exigiera ser liberado.
Hacía un mes que el cuerpo de Lara atravesaba una transformación inexplicable. Virgen, sin haber sido tocada jamás por hombre alguno, las glándulas de sus senos no paraban de producir leche. Cada mañana tenía que cambiar a escondidas el paño que usaba para cubrirlos, empapado. Se sentía una anomalía, un secreto médico que guardaba bajo siete llaves por miedo a que los habitantes del pueblo la consideraran un fenómeno.
Pero el dolor físico no se comparaba con el que sentía al ver a su madre, Doña Vera, llorando en la cocina. Las deudas dejadas por su padre muerto se habían acumulado, y los cobradores ya llegaban con amenazas cada vez más groseras. Lara miró a sus dos hermanos menores, Luana y Gabriel, compartiendo un único plato de arroz con maíz sin ningún acompañamiento. El corazón se le hizo pedazos ante esa escena.
—Mamá, me voy a São Paulo mañana —dijo, con la voz temblorosa pero firme.
Sabía que su belleza ingenua y su cuerpo maduro podían ser una carga en el interior, pero en la ciudad grande esperaba que pudieran convertirse en un camino hacia una vida mejor.
El viaje hasta la capital pareció una pesadilla sin fin. Lara iba sentada en el autobús atestado, la mochila apretada contra el pecho. Por el vidrio empañado, vio los cañaverales verdes transformarse en hileras de fábricas, que al final dieron paso a rascacielos arrogantes. São Paulo la recibió con un calor sofocante y un ruido que le comprimía la garganta.
Al detenerse frente a una mansión imponente en un barrio exclusivo, Lara se sintió minúscula. La construcción era tan grande que parecía capaz de tragársela entera. Fue allí donde conoció a Rafael Cavalcanti: un hombre que lo poseía todo, excepto la felicidad. Rafael era una figura gélida, con una mirada dura como el acero y un corazón petrificado desde que su esposa lo abandonara por otro.
En la casa lujosa, el ambiente era opresivo. El llanto de un bebé de tres meses, Miguel, resonaba por todos los pasillos. El pobre niño era víctima de la traición de su propia madre. Miguel rechazaba toda fórmula que le ofrecían; ansiaba el calor humano de verdad, no el plástico estéril y frío de un biberón. Rafael, frustrado al ver sufrir a su hijo, estaba al borde de perder la cordura.
Cuando Lara pisó por primera vez el cuarto del bebé, algo extraño ocurrió. El pecho le pulsó con violencia. El olor característico del recién nacido desencadenó una reacción hormonal extraordinaria en su cuerpo: los senos se le pusieron pesados y tensos, como si el organismo reconociera la necesidad de aquella criatura. Una conexión primitiva se formó allí, instantánea, entre la muchacha virgen del interior y el bebé hambriento de amor materno.
Lara sabía que estaba frente a una decisión peligrosa. Si le ofrecía al pequeño Miguel lo que su cuerpo producía, quizá le salvaría la vida, pero también se vería enredada en una relación complicada con Rafael. Rafael lleno de heridas. Rafael lleno de rabia. Y Rafael, que ahora la observaba con desconfianza, pero también con una atracción de la que él mismo no se daba cuenta.
El deseo que florecería en aquella mansión no sería solo sobre el roce de la piel, sino sobre el encuentro de dos polos opuestos. Lara era la vida que fluía límpida; Rafael era el vacío oscuro. En medio del lujo silencioso, el secreto de la leche que brotaba del cuerpo de Lara se convertiría, al mismo tiempo, en el puente y el abismo entre los dos.
Ahora, Lara estaba de pie frente a la puerta del cuarto del bebé, lista para encarar su destino. No había venido solo para ser una niñera que cambiaba pañales y mecía la cuna. Había venido como fuente de vida. Había venido para saciar la sed de Miguel y, sin darse cuenta, también llenaría el vacío en el corazón del dueño de la casa, anestesiado desde hacía demasiado tiempo.
Este prólogo es el inicio de un largo viaje. Una historia sobre la devoción de una hija hacia su familia en el interior, que la arrastró al torbellino de deseo en la capital. Bajo las arañas de cristal de la Mansión Cavalcanti, la primera gota estaba a punto de caer, cambiando para siempre la vida de Lara, Miguel y Rafael. Y ese viaje ardiente apenas había comenzado.
Gracias y felicidades para la escritora 🥰👏👏👏
¿ ACASO BUSCARLE UNA NOVIA HA RAFAEL?
¿ NO SEGUIRÁ ENAMORADO DE SU MUJER LA MAMÁ DE MIGUEL?
¿ Y SI ES ASÍ POR QUÉ NO SE LO HA DICHO A LARA?
¿ QUE TAL QUE APARECIERA LA VERDADERA MADRE DE MIGUEL ?
¿ Y EN CASO DE QUE APARECIERA QUE PASARÍA CON LARA ?