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La Sombra En La Niebla

La Sombra En La Niebla

Status: En proceso
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras diez años de un exilio forzado y cargado de humillaciones, Adrián regresa a la ciudad que lo destruyó. Poseedor de una fortuna misteriosa y una identidad nueva, su plan es quirúrgico: desmantelar las vidas de las cinco familias que lo traicionaron. Sin embargo, a medida que sus enemigos caen, descubre que la venganza tiene un costo colateral: su propia humanidad. El regreso de un viejo amor y un secreto del pasado lo obligarán a decidir si prefiere ver el mundo arder o encontrar la paz en las cenizas.

NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 15: SABOTAJE

​El Gran Salón del Club de Golf de Altagracia resplandecía bajo la luz cálida de tres enormes arañas de cristal de Bohemia. El olor a perfume costoso, flores frescas recién cortadas y champán helado impregnaba el ambiente. Era la gala anual de la Fundación Santa Inés, el evento de caridad más exclusivo de la provincia, organizado por el comité de «las damas de la alta sociedad»: la junta directiva encabezada por Beatriz de Valeriano y Carmen de Castillo, las esposas de los hombres que durante décadas habían mirado a la ciudad desde la cima de la pirámide social.

​A pesar de la tormenta financiera que sacudía al Banco Mercantil y de la destitución pública del Juez Mendoza ocurrida apenas cuarenta y ocho horas antes, la élite local se esforzaba por mantener la comedia. Sonrisas pulidas, trajes de etiqueta y vestidos de seda tapaban la podredumbre. Necesitaban demostrar que el círculo seguía en pie, que las familias fundadoras continuaban marcando el ritmo del prestigio y la moral.

​En una mesa lateral, Adrián Vantress permanecía de pie, sosteniendo una copa de cristal fino que no llegó a probar. Llevaba un esmoquin de corte clásico en tono negro carbón, con una pajarita de seda que acentuaba la compostura impecable de su figura. En su mirada no había prisa ni tensión; solo la paciencia atenta de quien observa a las presas entrar voluntariamente en el corral.

​A su lado, Samuel consultó su reloj con discreción.

​—La subasta principal empieza en cinco minutos —murmuró el abogado en voz baja—. La pieza central es la gargantilla de diamantes y esmeraldas de la colección personal de Beatriz de Valeriano. Aseguran que fue heredada de la familia real española y la han valuado en novecientos mil dólares para la donación.

​Adrián deslizó la mirada hacia el escenario, donde Beatriz de Valeriano —una mujer madura de postura altiva, cuello rígido y cabello peinado en un moño perfecto— conversaba con las cámaras de la televisión local.

​—Esa gargantilla nunca salió de España, Samuel —dijo Adrián con un susurro calmo, impregnado de una certeza letal—. La verdadera fue vendida por su padre en Ginebra hace veinte años para pagar deudas de juego. Lo que Beatriz lleva en la garganta es una réplica hecha con gemas sintéticas de laboratorio, encargada a un taller clandestino en Milán. Y los diamantes que la acompañan en el lote secundario... provienen del contrabando del puerto que Guillermo Castillo gestionaba en la penumbra.

​—El perito gemólogo que enviamos ya está posicionado entre el público —confirmó Samuel—. Todo está listo.

​—Que comience la función —sentenció Adrián.

​El sonido suave de una campanilla de plata hizo callar los murmullos en el salón.

​Beatriz de Valeriano subió al estrado con la elegancia fingida de quien se sabe observada por la alta sociedad. Acompañada por Carmen de Castillo, se colocó junto al atril de caoba donde descansaba una vitrina de cristal blindado. En su interior, sobre un cojín de terciopelo negro, la gargantilla de esmeraldas y diamantes emitía destellos deslumbrantes bajo los focos de luz directa.

​—Estimados amigos, miembros del comité y distinguidos invitados —comenzó Beatriz, proyectando una sonrisa ensayada que no le llegaba a los ojos—. En estos tiempos en que nuestra querida ciudad necesita más que nunca de la fe, la unidad y la solidaridad, la Fundación Santa Inés se honra en presentar la subasta más importante de su historia.

​El público aplaudió con entusiasmo medido. Los camareros sirvieron más champán.

​—Esta noche —continuó Beatriz, tocándose el pecho con una mano enguantada en encaje blanco—, mi familia se desprende de su joya más preciada. La gargantilla Luz de Granada. Un tesoro familiar cuyo valor no reside solo en sus novecientos mil dólares de tasación, sino en el símbolo de devoción que representa para Altagracia. Todo lo recaudado irá directamente a los orfanatos de la diócesis.

​El subastador oficial tomó el martillo de madera, listo para abrir las pujas.

​—Iniciamos la licitación en quinientos mil dólares —anunció el hombre, alzando la voz.

​Antes de que alguna paleta de puja se levantara en la sala, un hombre alto, con gafas de montura de carey y un maletín de cuero en la mano, se puso de pie en la tercera fila. Era el doctor Julián Vance, uno de los tasadores gemólogos más respetados del país, contratado de forma anónima dos días atrás.

​—Pido la palabra antes de abrir la puja, señor subastador —dijo Vance con voz clara y serena, que resonó impecable en el salón.

​Beatriz de Valeriano frunció el ceño, manteniendo la sonrisa forzada, pero un leve tic nervioso le agitó el párpado izquierdo.

​—Doctor Vance... —intervino Beatriz con tono condescendiente—. Este es un evento de gala privado, no una sesión de tasación comercial. La certificación de la joya ya fue emitida por el perito de nuestro banco.

​—Precisamente por la reputación de esta fundación, señora de Valeriano —contestó Vance, dando tres pasos hacia el escenario y extrayendo un sobre timbrado de su maletín—, la ley de subastas benéficas exige la verificación de autenticidad en sala cuando existe una impugnación formal registrada ante notario hace dos horas.

​Un murmullo de asombro y curiosidad recorrió las mesas. Los fotógrafos de la prensa social empezaron a enfocar sus lentes hacia el escenario.

​—¿Impugnación? ¡Esto es una falta de respeto inaceptable! —exclamó Carmen de Castillo, dando un paso al frente con el rostro encendido de indignación—. ¡No vamos a permitir que un extraño venga a poner en duda la distinción de las familias fundadoras!

​—El protocolo exige la revisión de la gema, señora —intervino el subastador, visiblemente incómodo por la presencia de los medios y la rigidez de los estatutos legales.

​Vance subió los escalones del estrado sin pedir permiso. Sacó un lenticón de alta precisión y una lámpara de luz ultravioleta de onda corta de su maletín. Ante la mirada atónita de los asistentes y la parálisis helada de Beatriz, el experto acercó la luz a las esmeraldas de la gargantilla.

​Bajo el haz ultravioleta, las piedras preciosas no emitieron el brillo profundo del mineral natural; en su lugar, respondieron con una fluorescencia rojiza y opaca, revelando las costuras de resina sintética y vidrio tratado.

​El silencio en el Gran Salón se volvió sofocante, casi doloroso.

​Vance se retiró el lenticón, miró a las cámaras de televisión y luego fijó la vista en Beatriz de Valeriano, cuyo rostro había perdido hasta el último rastro de color.

​—Las piedras principales de esta pieza no son esmeraldas colombianas ni gemas históricas —declaró el tasador con una voz profesional que cayó como una guillotina—. Son duplicados de cristal de estroncio ensamblados en resina sintética. Un trabajo moderno de laboratorio sin valor histórico alguno. El lote completo no supera los tres mil dólares en el mercado mayorista.

​Un grito ahogado colectivo resonó en el salón.

​Las paletas de puja cayeron sobre las mesas. Los miembros de la alta sociedad se miraron entre sí con rostros desencajados por el pánico y el morbo. Los destellos de los flashes fotográficos se multiplicaron, iluminando la humillación al desnudo de las dos mujeres en el escenario.

​—¡Es mentira! ¡Es una conspiración para arruinar a nuestra familia! —chilló Beatriz, perdiendo por completo la compostura. Intentó agarrar la vitrina, pero sus dedos temblorosos la hicieron volcar, haciendo rodar la gargantilla falsa por el suelo del estrado.

​Antes de que el caos pudiera controlarse, las pantallas gigantes del salón —destinadas a proyectar los videos institucionales de la caridad— se encendieron de forma simultánea.

​En lugar de las imágenes de los orfanatos, aparecieron en alta resolución las fichas de aduana y los manifiestos de embarque del puerto de Altagracia. En ellos se detallaba cómo las otras joyas menores del lote, donadas por la familia Castillo, habían sido incautadas meses atrás en un operativo contra el tráfico de bienes robados y reintroducidas ilegalmente a la ciudad mediante la firma de la constructora.

​Los nombres de Bernardo Valeriano, Guillermo Castillo y el destituido Juez Mendoza figuraban al pie de cada documento como garantistas del contrabando.

​El Gran Salón se convirtió en un manicomio de murmullos, acusaciones ahogadas y salidas apresuradas. Las «damas de la alta sociedad», las mismas que durante años dictaron quién era digno de respeto en la ciudad, permanecían en el estrado expuestas como cónyuges de estafadores y contrabandistas. Carmen de Castillo se dejó caer en una silla, cubriéndose el rostro para ocultar las lágrimas de vergüenza, mientras Beatriz intentaba en vano tapar las lentes de las cámaras con las manos.

​En el extremo lateral de la sala, resguardado por las sombras de los cortinajes de terciopelo, Adrián Vantress contemplaba el desastre.

​No había sonrisa en sus labios, pero en el fondo de sus ojos oscuros brillaba un fuego sereno, implacable. Ver la hipocresía de la élite de Altagracia desmoronarse en su propio templo de vanidad no era solo una jugada táctica; era la liquidación moral del apellido de sus enemigos. Les había quitado el dinero, les había quitado la justicia, y esa noche les acababa de arrebatar lo único que les quedaba para sostenerse en pie: la reputación.

​Adrián dejó su copa intacta sobre la bandeja de un camarero que pasaba paralizado por el impacto.

​Ajustó los puños de su esmoquin y caminó hacia las puertas de bronce de la salida, dejando atrás los gritos, los flashes y las ruinas de la aristocracia local.

​—El teatro ha cerrado sus puertas, Samuel —murmuró Adrián mientras la brisa fría de la noche le recibía en la escalinata del club—. Mañana al amanecer, las tres familias descubrirán que ya no les queda un solo rincón en esta ciudad donde esconder su vergüenza.

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celimar
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celimar
💯💯👏
Celina Espinoza
👍👍👏
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Fernanda
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Fernanda
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celimar
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Lobelia ❣️
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celimar
est buena
Lobelia ❣️
👍👍👍
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