Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 20. La Cripta de los Nombres
La entrada a la Cripta de los Nombres se encontraba bajo Salmor.
Naturalmente.
Damián había empezado a sospechar que todas las cosas importantes del reino estaban escondidas en sótanos inquietantes.
—¿Por qué nunca hay respuestas en una colina agradable?
—Porque eso sería mucho más conveniente —respondió Celeste.
—Exactamente.
—La magia ancestral parece estar en contra de la comodidad.
—Empiezo a tomarlo como algo personal.
El grupo descendió por una escalera tallada directamente en la roca.
Las paredes estaban cubiertas por símbolos tan antiguos que apenas podían distinguirse.
La luz de las antorchas no alcanzaba muy lejos.
El silencio resultaba extraño.
No era un silencio vacío.
Parecía un silencio que escuchaba.
Fulgor caminaba delante de todos.
Por una vez no intentaba comerse nada.
Aquello preocupó a Basilio.
—Está demasiado serio.
—Lo sé —dijo Damián.
—¿Crees que entiende dónde estamos?
—No.
—Entonces ¿por qué parece preocupado?
—Porque incluso Fulgor tiene instinto de supervivencia.
—Eso es sorprendentemente tranquilizador.
—Y alarmante al mismo tiempo.
Finalmente llegaron al final de la escalera.
Una enorme puerta de piedra negra los esperaba.
No tenía cerradura.
No tenía manija.
Solo una inscripción.
¿QUIÉN RECUERDA?
Elena fue la primera en acercarse.
Observó las palabras durante varios segundos.
Luego apoyó la palma sobre la roca.
—Nosotros.
La puerta se abrió.
Lentamente.
Sin ruido.
Como si hubiera estado esperando esa respuesta durante siglos.
Al otro lado apareció una cámara inmensa.
Y todos se detuvieron.
No había tumbas.
No había ataúdes.
No había esqueletos.
Miles de luces oscuras flotaban en el aire.
Pequeñas brasas negras suspendidas sobre el suelo.
Algunas brillaban más que otras.
Algunas apenas conservaban luz.
Pero todas estaban allí.
Miles.
Tal vez decenas de miles.
—Por todas las capas oscuras del mundo... —susurró Damián.
—¿Qué son? —preguntó Celeste.
Isolde observó las brasas.
Y bajó la mirada.
—Nombres.
El silencio cayó sobre el grupo.
—¿Nombres?
—Sí.
—¿Todos?
—Todos los que fueron tomados mediante pactos.
Nadie habló.
Porque la magnitud de aquello resultaba imposible de procesar de inmediato.
Las brasas flotaban lentamente.
Como estrellas atrapadas bajo tierra.
Como recuerdos negándose a desaparecer.
Fulgor emitió un pequeño sonido.
Extrañamente suave.
Y por primera vez nadie se burló de él.
Avanzaron despacio entre las luces.
Cada paso parecía importante.
Cada movimiento parecía observado.
Entonces una de las brasas se acercó a Elena.
Permaneció suspendida frente a ella.
Como si la reconociera.
La joven extendió la mano.
La luz se posó sobre su palma.
Y una voz llenó la cripta.
Una voz antigua.
Lejana.
Cansada.
—¿Quién tiene mi nombre?
Todos se quedaron inmóviles.
La misma pregunta que habían escuchado en el cristal de Fulgor.
La misma voz.
La misma presencia.
Elena tragó saliva.
—No lo sé.
La brasa tembló.
La oscuridad de la sala pareció contraerse.
Damián avanzó un paso.
—Estamos intentando encontrarlo.
Silencio.
—Demasiado tarde.
La voz parecía triste.
No enfadada.
No hostil.
Solo triste.
Y aquello resultaba peor.
Celeste observó las luces que llenaban la cámara.
—¿Quién eres?
La respuesta tardó varios segundos.
—Olvidada.
Elena sintió un escalofrío.
Porque comprendió inmediatamente de quién se trataba.
—Aliara.
La brasa brilló.
Por primera vez con intensidad.
—Sí.
Nadie dijo nada.
Porque el nombre acababa de llenar la sala.
Aliara.
La Primera Cerradura.
La joven cuyo nombre había sido borrado para convertirla en herramienta.
La persona cuya historia apenas comenzaban a reconstruir.
La voz regresó.
—No encuentro mi nombre.
Elena cerró los ojos.
Aquello dolía.
Mucho más de lo que esperaba.
—Lo encontraremos.
La oscuridad permaneció en silencio.
Como si evaluara la respuesta.
Finalmente la voz habló otra vez.
—¿Por qué?
Aquella pregunta los tomó por sorpresa.
—¿Qué?
—¿Por qué buscarme?
Damián observó las brasas flotando alrededor.
Después respondió.
—Porque alguien debió hacerlo mucho antes.
La cripta entera pareció quedarse inmóvil.
Incluso las luces suspendidas dejaron de moverse.
La voz tardó mucho en responder.
—Nadie me lloró.
Aquella frase golpeó al grupo con más fuerza que cualquier amenaza.
Elena dio un paso adelante.
—Yo sí lo haré.
Silencio.
—No para arreglar la historia.
No para calmar culpas.
No porque sea conveniente.
La luz tembló otra vez.
—Porque fuiste alguien.
Las brasas comenzaron a moverse.
Todas.
Miles de ellas.
Como si hubieran escuchado.
Como si estuvieran despertando.
Basilio fue el primero en comprender.
—Creo que la cripta acaba de aceptarnos.
—¿Y eso es bueno? —preguntó Celeste.
—No tengo idea.
—Excelente.
En el centro de la cámara apareció una puerta.
No había estado allí antes.
Estaban todos seguros.
Era pequeña.
De madera oscura.
Y completamente sencilla.
Lo cual la hacía aún más inquietante.
Sobre ella apareció una inscripción brillante.
(todas las imágenes son creadas por IA)
Dime el primer nombre.
El grupo se detuvo.
Nadie habló.
—Bueno —dijo Damián.
—No tenemos el nombre.
—Correcto.
—Ni una pista.
—Correcto.
—Y una puerta mágica nos está haciendo preguntas.
—También correcto.
—Perfecto.
Por una vez fue Elena quien avanzó.
Observó la inscripción.
Luego la oscuridad.
Y finalmente la brasa de Aliara.
—No conozco tu primer nombre.
La puerta permaneció inmóvil.
—Pero sé algo más importante.
Las luces comenzaron a girar lentamente.
—Sé que exististe antes de que te llamaran cerradura.
La madera vibró.
—Sé que eras alguien antes de convertirte en un pacto.
La puerta comenzó a abrirse.
Solo unos centímetros.
Los presentes contuvieron la respiración.
—Y sé que mereces ser recordada.
La abertura creció un poco más.
Detrás apareció un campo oscuro.
Inmenso.
Lleno de figuras sin rostro.
Miles de ellas.
Esperando.
Observando.
La voz de Aliara regresó una última vez.
Más clara que antes.
Más fuerte.
Más humana.
—Entonces encuentren mi nombre.
Una pequeña chispa salió de la brasa.
Voló hasta Elena.
Y se posó sobre su mano.
Cuando la luz desapareció quedó algo escrito sobre su piel.
Una sola letra.
A
El silencio reinó durante varios segundos.
Entonces Basilio miró la letra.
Luego a Elena.
Después a Damián.
—Bueno.
—Sí, Basilio.
—Creo que acabamos de recibir una pista.
Damián observó la marca brillante.
La primera pieza de una búsqueda mucho más grande.
Y por primera vez comprendió que recuperar el nombre de Aliara no consistía únicamente en resolver un misterio.
Consistía en devolverle una historia.
Porque algunas personas eran olvidadas cuando morían.
Y otras eran olvidadas mucho antes.
La diferencia, decidió mientras observaba la letra luminosa en la mano de Elena, era exactamente la razón por la que habían llegado hasta allí.