«Mi sangre no pide compasión; exige ser devorada.»
El chasquido del cerrojo blindado nos dejó a oscuras en el laboratorio subterráneo. En el suelo, los vidrios de mi última ampolleta de supresor. En mis venas, el desastre.
Mi cuerpo es una trampa: libero un aroma a miel y jazmín tan violento que me dobla las rodillas, me asfixia la garganta y me humilla. La ventilación esparce la plaga de mi olor por el aire sellado, y la biología no perdona.
Tres aromas depredadores acorralan mi agonía en la penumbra. Sin medicina que me salve, sin aire para gritar y con la fiebre del celo quemándome la piel desde adentro.
La cacería empezó. Y la única duda es cuál de los tres clavará primero sus garras en mi nuca.
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CAPÍTULO 13: EL JUEGO DE LAS TRES CASTAS
EL JUEGO DE LAS TRES CASTAS
Los grandes ventanales de cristal templado del Gran Salón de la Embajada reflejaban la luz fría del mediodía. A través de ellos, la plaza del Distrito Neutral parecía un mar de pantallas parpadeantes y drones de prensa flotando sobre la multitud.
Dentro, el ambiente olía a perfumes caros, cuero fino y a la soberbia comprimida de la aristocracia de Arcadia.
Avancé por el corredor central de mármol. El murmullo de los nobles y los altos mandos militares se apagó a mi paso. Los ojos de la élite pasaban de mi cuello desnudo —donde la ausencia de un collar de sumisión era una afrenta directa a sus leyes— a las tres figuras que custodiaban mis pasos.
Eren caminaba con la mano posada sobre la empuñadura de su fusil de asalto, regalando miradas cargadas de una promesa violenta a cualquiera que intentara acercarse demasiado. Kaelen avanzaba con la espalda recta y la compostura imponente de un general que conoce los secretos de cada uniforme en la sala, mientras Valen sostenía el maletín de datos contra su pecho, con el rostro serio pero la mirada firme.
En el centro del salón, tras una mesa ovalada de obsidiana, nos esperaba el Presidente Vane.
—Sujeto Cero... Lian —saludó el Presidente, apoyando los puños sobre la superficie pulida—. Debo admitir que tu entrada ha sido teatral. Cientos de millones de ciudadanos están viendo esta reunión en vivo en todos los sectores de la megaciudad.
—Usted sugirió que le diera estabilidad al sistema, Presidente —respondí, deteniéndome a dos metros de la mesa sin inclinar la cabeza ni un solo milímetro—. La transparencia es la mejor forma de empezar.
El Presidente esbozó una sonrisa ensayada para las cámaras y desplegó un documento holográfico sobre la obsidiana.
—Iremos al grano —dijo Vane con voz pausada y magnánima—. El Alto Consejo ha redactado el Decreto de Inmunidad Absoluta. Si firmas, serás declarado ciudadano libre de primera casta, con acceso a las reservas de la ciudad y el cese de toda persecución. A cambio, solo pedimos dos condiciones sencillas: una muestra mensual de tu sangre para los laboratorios centrales y que elijas de inmediato a uno de los tres Pura Sangre presentes como tu consorte oficial para legalizar tu linaje.
Un murmullo de expectación recorrió las galerías del salón.
Vane dirigió una mirada cargada de veneno hacia los tres Alfas detrás de mí, buscando resquebrajar nuestra alianza.
—Piénsalo bien, Lian —prosiguió el Presidente, inclinándose hacia adelante—. ¿A quién vas a elegir? ¿A Eren, un mercenario indisciplinado sin título ni futuro que solo te ve como un botín de guerra? ¿A Kaelen, el traidor militar que juró lealtad al Consejo y luego nos vendió por sus propias ambiciones políticas? ¿O a Valen, el médico cobarde que firmó las órdenes de contención cuando estabas atado a una camilla?
Sentí cómo la presencia de los tres Alfas a mi espalda se sobrecargaba al instante. La mandíbula de Eren se apretó con un sonido seco; la mano de Kaelen se cerró sobre la empuñadura de su arma; y Valen bajó la mirada un segundo, golpeado por la culpa de su pasado.
Caminé lentamente rodeando la mesa de obsidiana, deteniéndome justo frente al micrófono principal que transmitía mi voz a todos los rincones de Arcadia.
—Qué discurso tan elaborado, Presidente —dije, y mi voz resonó limpia y clara a través de los altavoces de la Embajada y de las pantallas públicas de la ciudad—. Pero comete un error lamentable: sigue creyendo que esta reunión es para que yo acepte sus condiciones.
El Presidente borró la sonrisa de su rostro.
—Lian, mide tus palabras...
—Durante años, el Consejo le ha dicho a la gente de Arcadia que la jerarquía de castas es un orden natural —continué, mirando fijamente a la lente de la cámara principal que flotaba frente a mí—. Le dijeron a los Alfas que debían dominar, a los Omegas que debían someterse y a los Betas que debían servir. Pero la verdad es que el Proyecto Anomalía no buscaba crear un arma... buscaba sintetizar un control biológico artificial porque la élite de esta ciudad tiene miedo.
Un jadeo colectivo se escuchó en las galerías de la aristocracia.
—Mi sangre no es una cura, ni un defecto, ni el trofeo de ninguna casa noble —sentencié, elevando el tono con una autoridad que hizo vibrar el aire del salón—. Y no voy a elegir a ningún "consorte" para complacer sus leyes obsoletas. Si Kaelen, Eren y Valen caminan a mi lado hoy, no es porque un decreto del Consejo se los ordene ni porque un collar me ates a ellos. Es porque eligieron su propia libertad.
Giré la cabeza hacia los tres Alfas. Las pupilas carmesí de Eren ardían con una devoción absoluta; los ojos ámbar de Kaelen me observaban con un orgullo feroz; y Valen alzó la cabeza, liberado del peso de su pasado.
—El Sujeto Cero no pertenece a Arcadia —dije volviéndome hacia el Presidente—. Y a partir de hoy, Arcadia ya no le pertenece al Consejo.
—¡Corten la transmisión! —ordenó Vane, perdiendo por completo la compostura y golpeando la mesa con el puño—. ¡Corten la señal de inmediato!
Las luces del salón parpadearon violentamente antes de cambiar a un rojo de emergencia.
—¡Guardia de Honor, aseguren el perímetro! —gritó el Presidente, señalándome con el dedo tembloroso—. ¡Ejecuten la directiva de contención!
Los dos docenas de soldados vestidos con armaduras doradas que custodiaban las puertas avanzaron hacia la mesa desenfundando sus rifles de pulso.
Eren se cruzó al frente instantáneamente con el fusil en alto, mientras Kaelen me cubrió con su propio cuerpo y Valen preparaba los pases de acceso en el maletín.
Pero antes de que el primer soldado dorada pudiera apretar el gatillo, el capitán de la vanguardia de la Guardia de Honor se detuvo en seco. Giró sobre sus talones, alzó su arma y apúnto directamente a la cabeza del Presidente Vane.
A su espalda, la mitad de los soldados de la élite rompieron filas, colocando sus escudos en formación defensiva alrededor de Kaelen y de mí.
—Capitán... ¿qué significa esto? —ahogó Vane, retrocediendo hacia la pared con el rostro pálido.
Kaelen dio un paso al frente, ajustándose los guantes tácticos con una tranquilidad aterradora.
—Significa que la Tercera División Militar ya no responde a tus órdenes, Presidente —declaró Kaelen con voz helada—. El golpe de Estado no acaba de empezar... acaba de terminar.
— Nota de Lian —
"Si el Mando Central y esos tres Alfas creen que pueden acorralarme o dictar mis reglas, no entienden absolutamente nada de lo que soy. Yo no soy la presa de nadie. Si estás de este lado y quieres ver cómo rompo su control capítulo a capítulo, guarda esto en tu Biblioteca y deja tu Like. No te distraigas... porque esto apenas está comenzando."