Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 15. Cuarto cambió parte 2.
Luca siguió investigando por su cuenta y revisó una por una las cámaras de vigilancia del salón del banquete. En las grabaciones quedaba perfectamente claro: desde el instante en que se separó de ellos, Isabella no se alejó de Sarah ni un solo momento.
Se dejó caer en la silla, soltando un suspiro que parecía llevarse consigo meses de dolor y desconfianza. Se pasó una mano por el rostro, con los ojos llenos de arrepentimiento.
—Isabella no tuvo la culpa —murmuró con voz quebrada—. Ella decía la verdad… nunca quiso hacernos daño.
Se quedó mirando la pantalla apagada durante largo rato, como si las imágenes siguieran reproduciéndose ante sus ojos. El nudo que le apretaba el pecho desde la noche del banquete se deshizo, solo para dejar paso a un dolor mucho más agudo: el de la culpa. Había visto en ella maldad, engaño y crueldad, cuando lo único que ella intentaba era protegerlos.
Se puso de pie de un golpe, sintiendo la necesidad imperiosa de verla, de arrodillarse y pedirle perdón por haber dudado, por haberle gritado, por haberla tratado como si fuera su enemiga. Salió de la oficina a paso rápido, y se encontró con Damián que venía por el pasillo con el mismo semblante alterado.
—Yo… vi las cámaras —dijo Luca antes de que él pudiera hablar—. Ella no estuvo cerca de nadie que pudiera haber puesto nada en la bebida. Estuvo con Sarah todo el tiempo.
Damián asintió lentamente, apretando los puños a sus costados.
—Yo también lo confirmé —respondió con voz ronca—. Encontré a los culpables. Es un grupo que nos tiene en la mira desde hace tiempo, y sabían que ella sería la primera en caer bajo sospecha. Nos usaron a nosotros para lastimarla.
Ambos se miraron, y en ese silencio compartido entendieron que habían cometido el peor error de todos: le habían dado la espalda a la única persona que estaba dispuesta a arriesgarlo todo por ellos.
—Vamos —dijo Damián, y ambos caminaron de prisa hacia la habitación de Isabella.
Pero al llegar, Kael salió al encuentro de ellos: en su rostro se mezclaban el dolor y la furia, y se interpuso en su camino.
—Tenemos que hablar —dijo con tono serio y preocupado.
—En otro momento —respondió Damián—. Tengo que pedirle perdón a Isabella.
Kael lo detuvo una vez más.
—Tengo que decirles algo muy importante —afirmó con gravedad—. Esto nos amenaza a todos por igual.
Al escuchar que se trataba de una amenaza común, ambos se detuvieron de golpe, con el rostro pálido por la sorpresa y la inquietud.
—Dinos de qué amenaza hablas —pidió Luca.
—Aquí no es seguro hablarlo. Reunámonos todos en la sala, iré por Mateo —propuso Kael.
Damián y Luca no tuvieron más remedio que esperar: Kael no solía pedir una reunión por asuntos triviales, y si afirmaba que era una amenaza, eso significaba que también ponía en peligro a Isabella.
Cinco minutos después, los cuatro estaban reunidos en la sala, esperando en silencio que él comenzara a hablar.
—Tenemos un problema —empezó Kael—. Todos saben que Isabella está cuidando al animal que encontró…
—¿Y eso qué tiene que ver? —lo interrumpió Luca—. Sabemos que es un cachorro de leopardo, no es ninguna amenaza.
—No es un animal —soltó Kael de golpe, y los tres cambiaron de semblante al instante—. Es un hombre bestia. Él fue quien me ayudó y me trajo de vuelta a casa. He intentado alejarlo, pero no lo he conseguido: es mucho más fuerte que yo.
—¿Un hombre bestia? —repitió Mateo con rabia, apretando los puños con fuerza—. Y duerme con ella todos los días…
—¿Acaso Isabella quiere tomar otro esposo? —murmuró Damián, apretando los dientes con amargura.
—No lo permitiré —replicó Luca furioso—. Yo soy su primer esposo, su igual. Si yo no lo acepto, nadie más puede entrar en su vida de esa manera.
—Vamos a echarlo ahora mismo —dijo Mateo con un brillo peligroso en los ojos, mostrando sus garras afiladas y perdiendo todo rastro de la ternura que alguna vez lo caracterizó.
Los tres se levantaron al unísono, con un instinto asesino recorriéndoles las venas.
—¡Esperen! —Kael volvió a interponerse en su camino.
—No intentes detenernos, hermano —la voz de Mateo temblaba de ira—. Isabella no puede tener a nadie más.
De pronto, una voz profunda y una presencia imponente llenaron el salón, apagando cualquier murmullo.
—¿¡De qué están hablando?!
Los cuatro se giraron al unísono y lo reconocieron al instante. Pero su furia no disminuyó; al contrario, creció al ver que a su lado venían dos jóvenes hombres bestia, de porte firme y mirada alerta.
—¿Así me reciben? —bramó él con desprecio—. Mi hija se unió a unos completos inútiles.
Era el padre de Isabella. Valerius.
(El padre de Isabella es una serpiente marina y estas no envejence se mantienen jóvenes por más de 300 años)
Mateo fue relajando los puños poco a poco, ocultando sus garras con esfuerzo, vencido por el respeto que le debía.
—¿Qué lo trae por aquí? —preguntó Luca con voz tensa y hostil—. ¿Por qué llega sin avisar y con acompañantes?
El padre avanzó hasta él y le cruzó la cara con una bofetada seca. Luca apretó los dientes con rabia contenida, muriéndose por devolver el golpe, pero se obligó a quedarse inmóvil.
—¿Esa es tú forma de hablarme? —escupió él—. Inútil serpiente: sín mi hija no eres nada. Que no se te olvide.
—No pierdo el tiempo con ustedes —dijo dándose la vuelta—. Iré a ver a mi hija.
Miró entonces a los dos que lo acompañaban.
—Esperen aquí.
Ambos asintieron y tomaron asiento en silencio, obedientes.
Arriba, en su habitación, Isabella acababa de vendar el la herida de Leopardo .
—Solo fue un rasguño… qué alivio —suspiró aliviada—. Pobrecito. Nadie volverá a hacerte daño mientras yo esté aquí.
De pronto, la puerta golpeó: dos toques cortos y tres largos. Isabella sonrió con los ojos llenos de lágrimas y corrió a abrir.
—¡Papá! —gritó lanzándose a sus brazos—. ¡Te extrañé tanto!
Él la estrechó con inmenso cariño, pero sus ojos se clavaron un instante en el leopardo, evaluándolo en silencio.
—Mi pequeña… perdóname por tardar —susurró, mientras en su mente resonaba: “Está viva. Todavía puedo salvarla de estos traidores. No dejaré que vuelvan a lastimarla”.
—Te he traído algo —dijo en voz alta—. Son los mejores guerreros de las profundidades. Estoy seguro de que te gustarán.
—¿De verdad? ¿Dónde están? —preguntó ella emocionada.
—Abajo, en la sala. Baja a conocerlos.
Isabella asintió y bajó corriendo las escaleras.
Él padre cerró la puerta y se volvió hacia Leopardo .
—Tú… eres un hombre bestia, ¿no es así? —lo observó de arriba abajo—. Te ves fuerte. Muéstrate tal cual eres. Si eres digno, te consideraré parte de mi familia.
Leopardo no dudó ni un segundo. La luz cambió en sus ojos y su forma se transformó con elegancia y poder.
—Soy Renato —dijo con voz firme—, líder de los mercenarios de la Tribu del Norte. Y Yo amo a Isabella con toda mi alma. Daría mi vida por ella sin dudarlo ni un instante.
El padre asintió lentamente, con una media sonrisa que mezclaba dureza y aprobación.
—Líder de la tribu salvaje… —repitió—. No está mal. Mi hija sí que tiene buen ojo.
—¿Entonces… puedo llamarle suegro? —se atrevió a preguntar Leopardo .
—Sí —respondió él con total claridad—. Serás un excelente yerno. Mucho mejor que esos cuatro que la han dejado sola tantas veces.
Mientras tanto, abajo en la sala, el silencio era casi insoportable. Los cuatro esposos permanecían inmóviles, con el orgullo herido y la rabia contenida, viendo cómo Isabella bajaba las escaleras con una sonrisa que hacía mucho no le veían. Se detuvo al ver a los dos hombres bestia de porte imponente que esperaban en silencio, sentados juntos como si estuvieran planeando algo.