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ESENCIA CARMESÍ

ESENCIA CARMESÍ

Status: En proceso
Genre:Magia / Completas
Popularitas:211
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.

Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?

Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 15 Mara la que cura

El entrenamiento con Vespera no era como nada que Ali hubiera imaginado.

No había explicaciones lentas. No había ejercicios fáciles para ir calentando. No había palabras de ánimo cuando algo le salía bien. Solo había órdenes secas, frías, terribles, y un dolor constante que le recorría el cuerpo desde que salía el sol hasta que la luna volvía a lo alto.

Llevaban tres días.

Tres días en un solar abandonado a las afueras de la ciudad, rodeado de muros de grafitis y contenedores de basura, lejos de cualquier mirada curiosa. Tres días en los que Vespera le había obligado a invocar la Esencia Carmesí y la Sombra Violeta una y otra vez, separarlas, mantenerlas estables, usarlas sin que le salieran por accidente. Tres días en los que había terminado cada noche temblando, sangrando por la nariz, con los músculos tan destrozados que apenas podía caminar de vuelta al ático que seguía usando como refugio.

—Tu poder no es un juguete —le había dicho Vespera esa misma tarde, mientras Ali estaba arrodillado en el suelo, tosiendo sangre después de haber intentado mantener un escudo rojo durante diez minutos seguidos—. Es un depredador. Si no lo dominas tú, él te dominará a ti. Y se comerá todo lo que eres por dentro. Levántate. Otra vez.

Y él se había levantado.

Aunque le doliera cada hueso.

Aunque quisiera echarse a llorar y rendirse.

Se había levantado.

Porque no tenía otra opción.

Eran las ocho de la tarde cuando Vespera le dio por terminado el día. Desapareció de la nada, como siempre, dejándole solo en el solar sucio y oscuro, con una última advertencia: *“Descansa. Mañana empezamos con cosas más peligrosas. Si no estás listo, te romperás”*.

Ali intentó caminar hacia la salida del solar.

Sus piernas le fallaron al tercer paso.

Cayó de rodillas en el suelo de tierra mojada, jadeando. Tenía el costado izquierdo ardiéndole como si le hubieran dado con un hierro candente: una de las costillas que ya estaban rotas se había vuelto a desplazar durante el entrenamiento. Tenía cortes en las manos de los cascotes que había tenido que levantar con telequinesis, moretones morados y negros por todo el cuerpo, y la garganta le dolía tanto que apenas podía tragar saliva. Se sentía roto. Más roto que después de cualquier paliza de Marcos.

Cerró los ojos. Apoyó la frente en el suelo frío.

Solo quería descansar.

Solo cinco minutos.

—Vaya… estás hecho un desastre, ¿verdad?

La voz era femenina. Joven. Suave. Amable. Nada que ver con el tono cortante de Vespera o la arrogancia de Riven.

Ali se sobresaltó. Intentó levantarse, invocar el poder para defenderse, pero sus fuerzas no le respondieron. Solo consiguió girarse un poco, apoyándose en un codo, para ver quién hablaba.

A la entrada del solar, recortada contra la luz amarilla de la farola de la calle, había una chica.

Debía tener unos veinte años quizás. Pelo largo y rizado de color castaño claro que le caía por la espalda, pecas por toda la nariz y las mejillas, ojos verdes claros y dulces como la miel. Llevaba vaqueros, botas de montaña y una chaqueta verde de lana que parecía demasiado cálida y cómoda para una noche de enero en París. Tenía una pequeña flor de trébol prendida en el cuello de la camisa. No llevaba armas. No tenía cara de peligro. Solo tenía cara de preocupación.

—No te acerques —consiguió decir Ali, con la voz ronca y débil, intentando sonar más amenazante de lo que se sentía—. No quiero problemas.

La chica levantó ambas manos despacio, mostrando que no llevaba nada, igual que Damián había hecho en el parque.

—No vengo a hacerte daño —dijo, calmada, sin dar ningún paso hacia adelante para no asustarle—. Me llamo Mara. He visto lo que has estado haciendo estos días con esa mujer de negro. He sentido tu poder. Eres… fuerte. Muy fuerte. Pero también estás muy herido. Déjame ayudarte.

Ali la miró con desconfianza.

—¿De LUMEN? —preguntó.

Mara bajó un poco la mirada, sonriendo con un poco de vergüenza.

—Se nota, ¿verdad? —asintió—. Sí, pertenezco a LUMEN. Pero no he venido a obligarte a ir conmigo. Ni a arrestarte. Ni a nada de eso. He venido porque te he visto sufrir. Y odio ver a alguien herido cuando puedo hacer algo.

Hizo una pausa. Dio un paso muy pequeño hacia adelante, mirando a Ali para ver si se oponía. Cuando Ali no hizo nada, solo la miró con los ojos entrecerrados, dio otro paso.

—Solo te curaré las heridas —dijo, muy bajito—. Nada más. Luego me iré. Lo prometo. Si quieres, puedes atacarme si hago algo que no te guste. Sé que podrías.

Ali dudó.

Le dolía todo.

Le dolía tanto que casi no podía pensar.

Y ella no parecía mala. No parecía una agente de Némesis. No parecía alguien que quisiera hacerle daño.

Asintió muy despacio, casi sin darse cuenta.

Mara sonrió. Una sonrisa dulce, sincera, que le iluminó toda la cara. Se agachó delante de él, con mucho cuidado, y extendió una mano hacia su costado izquierdo, donde le dolía la costilla rota. No llegó a tocarle la ropa. Se detuvo a un centímetro de distancia.

Cerró los ojos.

Y Ali lo vio.

De la palma de la mano de Mara salieron pequeñas raíces verdes, delgadas como hilos, que crecieron despacio hasta rozar la chaqueta de Ali. De esas raíces salieron hojitas pequeñas, brillantes, y luego flores diminutas de color blanco puro que desprendían un olor suave a hierba fresca y lluvia. Sintió un calor agradable, no quemante, extendiéndose por todo su costado. El dolor agudo de la costilla rota empezó a disminuir, primero lento, luego más rápido, hasta desaparecer casi por completo.

Ali abrió los ojos como platos.

—¿Qué… qué has hecho? —susurró, tocándose el costado con incredulidad. Ya no dolía. Nada.

Mara no respondió. Movió la otra mano hacia las heridas de sus nudillos. Otras raíces verdes crecieron, envolviendo sus cortes suavemente. Ali sintió un cosquilleo, y cuando Mara retiró las manos unos segundos después, los cortes habían desaparecido. Solo quedaba la piel nueva, rosada, limpia.

Seguía curando.

Los moretones por todo su cuerpo se desvanecieron bajo su ropa como si nunca hubieran existido. El dolor de cabeza que llevaba desde la mañana desapareció. La garganta dejó de arder. Incluso el cansancio profundo de los huesos se suavizó un poco, dejándolo con fuerzas para sentarse derecho sin ayuda.

Cuando Mara terminó, se retiró las manos. Las raíces y las flores se desvanecieron en el aire como si nunca hubieran estado ahí. Se sentó sobre sus talones delante de él, mirándolo con una sonrisa tranquila.

—Ya está —dijo—. Las costillas están casi del todo bien, te faltará un día de reposo para que se cierren del todo. Los cortes y los moretones han desaparecido. Te sentirás cansado todavía, pero mucho mejor que antes.

Ali se tocó la cara. Se tocó el costado. Se levantó de pie, despacio, esperando el dolor que no llegó. Estaba bien. Casi bien. No podía creerlo.

—Gracias —consiguió decir, porque era lo único que se le ocurría. Nadie le había curado nunca. Nadie le había quitado el dolor así, sin pedir nada a cambio.

—De nada —Mara se levantó también, sacudiéndose el polvo de los pantalones. Se quedó mirándolo un rato, mordiéndose el labio inferior, como si estuviera pensando si decir algo o no. Al final suspiró y habló—: Ali… sé lo que te pasa. Sé que Némesis te busca. Sé que tienes un poder que no entiendes del todo. Sé que estás solo.

Hizo una pausa. Dio un paso hacia él, con la voz suave pero seria:

—Ven conmigo a la base de LUMEN. Tenemos médicos, entrenadores, gente que sabe de esto. Podemos enseñarte a controlar tu poder de verdad, sin que te rompan en el intento. Tenemos comida, camas cómodas, seguridad. No tienes que estar solo. No tienes que esconderte en áticos y solares abandonados. Somos una familia. Podemos ser tu familia.

La oferta sonó tan bonita, tan perfecta, que a Ali casi le dio un vuelco el corazón.

Una familia.

Seguridad.

Gente que le enseñaría sin pegarle, sin hacerle sufrir a propósito.

Gente que le curaría cuando estuviera herido.

Casi aceptó.

Casi dijo que sí.

Pero entonces se acordó de algo.

De una mujer sola encerrada en un departamento de Belleville, con moretones en la cara y miedo en los ojos. De su madre.

Aunque ella le hubiera dado la espalda. Aunque ella le tuviera miedo. Aunque no quisiera verlo. Seguía siendo su madre. Seguía sola con Marcos. Y no podía dejarla ahí. No podía irse a una base cómoda y segura mientras ella seguía sufriendo.

También se acordó de las palabras de Riven: No son tan buenos como pintan. Son solo el mal menor.

Y de las de Vespera: Todos quieren algo de ti.

Ali negó con la cabeza, muy despacio.

Mara perdió un poco la sonrisa.

—No —dijo Ali, con la voz firme, aunque le doliera rechazar algo tan bueno—. No puedo irme. No puedo dejar a mi madre sola con mi tío. Ella… ella todavía me necesita. Aunque no quiera verme. Aunque me tenga miedo. No puedo abandonarla.

Mara lo miró. Entendió. No le presionó. No se enfadó. Solo asintió con tristeza.

—Comprendo —dijo, muy bajito. Metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una flor pequeña, de color azul claro, que brillaba muy tenuemente. Se la tendría a Ali—. Toma. Si alguna vez cambias de opinión… o si alguna vez estás en peligro y necesitas ayuda… apriétala fuerte. Yo sentiré la señal. Y vendré. Donde sea. Cuando sea. No te dejaré solo.

Ali cogió la flor. Era suave, cálida al tacto, y no parecía marchitarse nunca. La miró un rato. Luego la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, al lado del papel con el número de Damián.

—Gracias —repitió.

Mara sonrió de nuevo, un poco triste.

—Cuídate mucho, Ali —dijo—. Y recuerda: no estás tan solo como crees.

Se giró y caminó hacia la salida del solar. Cuando llegó a la puerta, se giró una última vez para mirarlo, y luego desapareció en la oscuridad de la calle.

Ali se quedó solo otra vez.

Pero esta vez no se sentía tan solo.

Se tocó el bolsillo donde tenía la flor azul.

Miró hacia el cielo oscuro de París.

Sabía que no podía irse con ella.

Sabía que tenía que quedarse.

Pero por primera vez…

…sabía que había alguien más en el mundo dispuesta a ayudarle sin pedir nada a cambio.

Y eso, de alguna manera, le daba fuerzas para seguir.

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