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Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Status: En proceso
Popularitas:759
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Cap 12 — El guardaespaldas

Usted y yo no tendremos ninguna relación profesional.

Valentina llevaba diez minutos sentada en la sala de espera del juzgado, dándole vueltas a esa frase como a un cubo de Rubik sin solución.

La audiencia había salido bien. Orden de embargo dictada. Martín salió con la cara gris y los hombros hundidos, como un hombre que camina hacia su propio funeral. Todo perfecto.

Pero Sebastián le había dicho, mientras guardaba expedientes en el portafolio con esa calma suya que era más peligrosa que cualquier grito:

—Con la orden de embargo, el caso entra en fase de ejecución. Mi trabajo como su representante legal concluye cuando el juez dicte la resolución final. Debería ser cuestión de semanas.

Sin mirarla. Con el mismo tono con que habría dicho la audiencia es el martes.

Como si fuera un trámite. Como si fuera una despedida envuelta en lenguaje jurídico.

Valentina apretó la bolsa contra su regazo. En la pared había un cartel de atención a víctimas de violencia doméstica. Debajo, alguien había escrito con plumón: Dios te ama.

Tiene una forma rara de demostrarlo.

Los pasos de Sebastián sonaron en el pasillo. Firmes. Regulares. Como siempre. Se puso de pie.

—¿Lista? —preguntó, sin detenerse.

—Sí.

Caminaron hacia la salida. Valentina quería decir algo. Gracias. Adiós. ¿De verdad vas a dejar que esto se acabe así?

No encontraba las palabras. Sebastián no parecía dispuesto a ayudarla a buscarlas.

Empujaron las puertas de cristal. El sol los golpeó de frente. La escalinata del juzgado bajaba hacia el estacionamiento y la luz del mediodía convertía todo en un blanco que obligaba a entrecerrar los ojos.

Valentina los vio primero.

Gladys. Al pie de la escalinata. Junto a un hombre con una cámara de lente largo colgada del cuello y una grabadora digital en la mano.

Cara de periodista. Esa mezcla de curiosidad y hambre que Valentina había visto en las noticias pero nunca de cerca. Nunca dirigida hacia ella.

Gladys lo agarraba del brazo. Lo jalaba hacia las escaleras. Señalaba hacia la puerta con el dedo extendido como un arma.

—¡Ahí está! —gritó—. ¡Esa es! ¡La que le robó todo a mi hijo!

El hombre levantó la cámara. Un destello.

Todo pasó muy rápido.

Gladys soltó al hombre y subió los escalones a una velocidad que no correspondía con su edad ni con sus tacones. Las uñas extendidas como garras. Las mismas que ya le habían cruzado la mejilla izquierda semanas atrás. La cicatriz que apenas se había borrado.

Esta vez iban directo a los ojos.

No llegaron.

Sebastián se movió con una rapidez que no parecía posible en un hombre de su tamaño. Un paso. Un giro. De pronto estaba entre Valentina y Gladys, con el brazo extendido bloqueando el zarpazo como si su cuerpo fuera una pared que hubiera decidido aparecer ahí.

Las uñas de Gladys le arañaron la manga. Cuatro líneas blancas en la tela gris.

—Señora Reyes. —Su voz era hielo. Hielo negro—. Tiene una orden de restricción vigente. Está a menos de diez metros del juzgado donde se la dictaron. Le sugiero que se retire antes de que la arresten por desacato.

—¡Tú no me amenazas! —Gladys intentó rodearlo para llegar a Valentina. Sus manos arañaban el aire—. ¡Eres su amante, por eso la defiendes! ¡Todo el mundo lo sabe! ¡Eres su...!

Sebastián sacó el celular sin dejar de mirarla. Sin mover un centímetro el cuerpo que le bloqueaba el paso.

—Fernanda. Necesito que llames al juez Carrión y le informes que la señora Gladys Reyes acaba de violar la orden de restricción en la puerta del juzgado tercero. Que envíen a un oficial. Sí. Ahora.

Gladys se congeló. La mención del juez le heló la cara como una bofetada de agua fría.

Retrocedió un paso. Luego otro. Jadeando. Los ojos inyectados en odio.

—Esto no se queda así —dijo, con la voz ronca—. Esto no se queda así.

Se dio la vuelta. Los tacones repiquetearon contra el concreto mientras se alejaba. El sonido se fue haciendo más pequeño hasta desaparecer.

El hombre de la cámara seguía tomando fotos. Clic. Clic. Clic. Como el latido de un corazón mecánico.

Sebastián se volvió hacia él. Con la misma calma con que se volvería hacia un testigo hostil.

—Borre esas fotos.

El hombre bajó la cámara pero no la guardó.

—Es un espacio público. Tengo derecho a...

—Tiene derecho a tomar fotos en un espacio público, sí. No tiene derecho a publicar la imagen de mi clienta sin su consentimiento en un contexto que la perjudique. Si una sola de esas fotos aparece en cualquier medio, impreso o digital, lo demando por daño moral y uso indebido de imagen. —Le ofreció una tarjeta con la mano firme—. ¿Se la paso a su abogado o prefiere ahorrarse el trámite?

El hombre miró la tarjeta. Miró a Gladys, que ya desaparecía por el estacionamiento. Miró la cámara.

No se movió.

Sebastián dio un paso. Le quitó la cámara de las manos. El movimiento fue tan rápido y tan limpio que el hombre tardó dos segundos en entender qué había pasado.

Abrió la galería. Borró las últimas doce fotos con el pulgar. Le devolvió la cámara.

—Listo. No hubo problemas.

El hombre abrió la boca. La cerró. Se fue caminando rápido hacia la calle, mirando sobre el hombro como un perro al que le tiraron una piedra.

Valentina se dio cuenta de que estaba temblando.

No por Gladys. Después de la primera vez, el miedo a esas uñas se había convertido en algo manejable. Un dolor conocido. Una cicatriz que ya no arde.

Temblaba por lo otro.

Por la forma en que Sebastián se había puesto delante de ella sin pensarlo. Como un reflejo. Como si protegerla fuera algo que su cuerpo hacía antes de que su cerebro pudiera decidir si era profesionalmente apropiado.

—¿Estás bien? —preguntó él.

La pregunta sonó extraña viniendo de un hombre que llevaba semanas tratándola como un expediente con piernas.

—Sí. —Le miró la manga arañada. Las cuatro líneas blancas sobre la tela gris—. Tu saco.

Sebastián se miró el brazo con leve molestia. Como si la marca fuera un error tipográfico en un documento.

—Tengo otros.

Valentina soltó una risa corta. Involuntaria. Se tapó la boca con la mano.

Él la miró con esa comisura ligeramente elevada que era lo más cercano que su cara llegaba a una sonrisa. Duró dos segundos. Tal vez tres.

Y entonces desapareció. La cortina cayó. El Sebastián de los correos fríos y las salas de juntas volvió a su lugar como un actor que recuerda que está en escena.

—La llevo a su casa.

No fue una pregunta. Nunca lo era.

En el auto, con el aire acondicionado demasiado frío y la radio apagada, Valentina lo miró de reojo.

Su perfil contra la ventanilla. La nariz recta. La mandíbula apretada. Las manos sobre el volante en la posición de las diez y las dos. Exactas. Simétricas. Controladas.

Este hombre le había dicho que cuando el caso terminara no tendrían relación profesional.

Este hombre acababa de ponerse entre ella y un par de garras sin dudarlo un segundo.

Dices que no somos nada, pensó Valentina, mirando la marca de las uñas en su manga. Pero te mueves como si fuera todo.

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Vergara M. Carmen
quien es??? será el papá de Sebastián
Vergara M. Carmen
😂😂
Vergara M. Carmen
no puedo parar de leer 🔥🔥
Vergara M. Carmen
me perdí?? no entendí, no fue Sebastián quien los presento
que le consiguió ese trabajo?
Vergara M. Carmen
como, acaso no fue ella q le dijo de la invitación?
Vergara M. Carmen
claro, tenía q ser una amiga alocada😂
Vergara M. Carmen
ay Valentina!!!
Vergara M. Carmen
está muy buena está novela☺️
Vergara M. Carmen
que?? comooo🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
😂😂😂🔥🔥
Vergara M. Carmen
bien🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
que gente más despreciable, ya les llegará el karma
Vergara M. Carmen
uyyy pero🤬🤬🤬
Vergara M. Carmen
primer capítulo: atrapador, me gusta☺️
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