Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo IV La falsedad de los De La Rivera
Al bajarse del taxi frente a la mansión, Emma sacó el teléfono de su bolso. El corazón le dio un vuelco al ver la pantalla: decenas de llamadas perdidas de sus amigas y, peor aún, varias de su padre. Sabía perfectamente que su desaparición de anoche tendría un precio muy alto.
Lo primero que hizo fue marcarle a Graciela, la persona que más mensajes le había dejado.
—¡Emma! ¡¿Dónde demonios estás?! ¿Estás bien? —preguntó Graciela angustiada antes de que el primer tono terminara de sonar.
—Sí... tranquila, estoy bien —respondió Emma en un murmullo, sintiendo de pronto el aroma a madera y tabaco del perfume de Damián colándose en sus sentidos—. Pero necesito contarte muchas cosas...
—¡Claro que me tienes que explicar! —exclamó Graciela, con la voz al borde del colapso—. ¡Buscamos por toda la discoteca! ¿Tienes idea de la angustia que pasamos Martha y yo?
—Te llamo en un rato. Acabo de llegar a casa y tengo que afrontar el infierno por no haber aparecido —dijo Emma, llevándose una mano a la sien golpeada por la resaca—. Hablamos luego.
Cortó la llamada. Frente a ella se levantaba la imponente mansión De la Rivera. La fachada lucía impecable, reflejando ante la alta sociedad la imagen de una familia perfecta, rica y respetable. Una mentira absoluta.
Emma tomó aire, armándose de valor, y cruzó el umbral.
En la sala principal la esperaba el comité de bienvenida. Samantha estaba sentada en el sofá, fresca, elegante y sin un solo rasgo de haber estado de fiesta la noche anterior. A su lado, Claudia, su madrastra, la observaba con una sonrisa arrogante cargada de desprecio. Y en el centro, con el rostro desencajado por la rabia, su padre, Guillermo de la Rivera.
Apenas Guillermo la vio cruzar la puerta, caminó hacia ella a pasos agigantados. Sin mediar una sola palabra, alzó la mano y le propinó una bofetada brutal en el rostro.
El impacto resonó en el vestíbulo. El rostro de Emma ardió al instante y el dolor le recorrió la mandíbula.
—¿Dónde demonios estabas? —bramó Guillermo, con los ojos inyectados en sangre.
—Me... me quedé en casa de Graciela —mintió Emma rápidamente, sosteniéndose la mejilla ardiente—. Se hizo muy tarde, se me apagó el teléfono y no pude regresar...
—¡Excusas baratas! —escupió Guillermo con asco—. Quién sabe con qué sujeto te fuiste a meter. Si esto llega a oídos de la prensa o de nuestros conocidos, vas a arruinar la reputación de esta familia. ¡Eres una vergüenza!
—No hice nada malo, papá... —insistió Emma con la voz temblorosa, tragándose la humillación.
—¡Suficiente, Guillermo! —intervino Claudia con voz tajante, poniéndose de pie con falsa compostura—. Arreglas cuentas con esta estúpida después. Tu nuevo socio está por llegar a almorzar. Mándala a cambiarse, no puede presentarse hecha un desastre.
Guillermo fulminó a Emma con la mirada y un toque de advertencia.
—Lávate esa cara y ponte algo decente. Vamos a recibir a un hombre muy importante y no voy a tolerar ni una sola de tus estupideces. Sube ya.
Emma no respondió. Se dio la vuelta y subió por las escaleras a pasos firmes, aguantando las lágrimas con todas sus fuerzas. No les daría el gusto de verla derrotada. Debía ser fuerte.
Al cerrar la puerta de su habitación, corrió al espejo del baño. Se tocó la mejilla inflamada mientras una lágrima solitaria se le escapaba.
—Tengo que salir de este infierno... —susurró para sí misma, mirando fijamente su reflejo con determinación—. Tengo que aguantar solo un poco más hasta averiguar dónde tienen encerrada a mi madre y después de eso desapareceré de este mundo para siempre. Guillermo De La Rivera nunca más volverá a saber de nosotras.
Una hora más tarde, la atmósfera en la planta baja había cambiado drásticamente. El ambiente olía a flores frescas y a la elegante comida preparada por el personal de servicio.
El timbre de la mansión resonó. El mayordomo abrió la puerta y dio paso a la imponente figura de Damián Thorne, impecablemente vestido con un traje a medida de color gris oscuro. A su lado caminaba Diego.
Guillermo de la Rivera avanzó con los brazos abiertos y una sonrisa servil en el rostro.
—¡Señor Thorne! Qué honor tenerlo finalmente en nuestra casa —saludó Guillermo, estrechándole la mano con firmeza ficticia—. Mi familia y yo estábamos ansiosos por cerrar este acuerdo comercial con usted.
—El honor es mío, señor De la Rivera —respondió Damián con una serenidad calculadora. Sus ojos oscuros escanearon la casa, registrando cada detalle del lujo que rodeaba a su enemigo.
—Por favor, pase al comedor. Le presento a mi esposa Claudia, a mi hija mayor Samantha... y a mi pequeño tesoro, la menor de la casa, Emma.
Damián giró lentamente la cabeza hacia la escalera.
Emma bajaba los escalones luciendo un vestido azul sobrio, con el cabello cubriéndole estratégicamente el lado izquierdo del rostro para ocultar la marca de la bofetada.
Cuando sus miradas se cruzaron en el aire, el aliento de Emma se congeló en su garganta. Ante ella, sonriéndole a su padre con la soltura de un socio de negocios, estaba el mismo hombre misterioso en cuya cama se había despertado esa mañana.
Guillermo se acercó a Emma, le pasó el brazo por los hombros con una ternura exagerada y le besó la frente con devoción paternal.
—Mi adorada Emma es el orgullo de esta familia —declaró Guillermo ante Damián, apretándole el hombro con afecto frente a los invitados—. Estudia Derecho, es brillante y el centro de mi vida. Mis dos hijas son lo más sagrado que tengo en este mundo.
Damián observó la escena. La mirada asustada de Emma, la sobreprotección de Guillermo y el evidente favoritismo hacia su "hija menor" le confirmaron todo lo que necesitaba saber.
Una sonrisa gélida e imperceptible se dibujó en la comisura de los labios de Damián.
Así que esta chiquilla es tu punto débil, Guillermo, pensó Damián, manteniendo la mirada clavada en los ojos grises y desorbitados de Emma. Perfecto. Ya sé exactamente por dónde voy a destruirte.