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Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: En proceso
Popularitas:14
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Cap 4: Nuevo comienzo

Me desperté en una cama que no era la mía y, por un segundo glorioso, no recordé nada.

Después la memoria regresó como un golpe: la iglesia, la pantalla, los mensajes, Sebastián de rodillas, mis hermanos en el estacionamiento. Abrí los ojos y reconocí el techo de mi habitación de infancia, el de la casa Valdés, con la moldura art déco que mamá eligió cuando yo tenía diez años.

Estaba en casa. De vuelta. Después de tres años fingiendo ser alguien que no era.

Me senté en la cama. Sobre la mesita de noche había un americano sin azúcar, todavía caliente, con una nota en la servilleta:

«Buenos días, señorita. El desayuno está listo cuando usted quiera bajar. Sus hermanos la están esperando. Fermín».

Sonreí. Fermín. El hombre que anoche escondió un control remoto en mi ramo de novia, contrató guardaespaldas de élite y movilizó a mis tres hermanos en menos de veinte minutos. Y hoy me dejaba el café exactamente como me gusta, como si nada hubiera pasado.

El comedor de la casa Valdés podía acomodar a dieciséis personas. Esta mañana solo estaban mis tres hermanos, y ocupaban el espacio como si fueran treinta.

Rodrigo estaba sentado a la cabecera con una tableta y tres teléfonos sobre la mesa, revisando algo con el ceño fruncido. Nicolás estaba recostado en su silla con los pies sobre otra silla, comiéndose una tostada mientras leía algo en su celular y se reía solo. Gabriel estaba de pie junto a la ventana, lanzando una pelota de tenis al aire y atrapándola con la misma mano, una y otra vez, con la energía contenida de alguien que necesita golpear algo pero todavía no decide qué.

Los tres giraron la cabeza cuando entré.

—¡Miren quién resucitó! —dijo Nicolás, levantando su taza como si fuera un brindis—. La mujer que hizo llorar a trescientos invitados con un control remoto y un PowerPoint. Hermana, si algún día te aburres de la farmacología, tienes futuro en la producción de telenovelas.

—No fue un PowerPoint —dije, sentándome a su lado—. Fueron fotos y capturas de pantalla en formato JPG.

—Perdón, la precisión técnica ante todo. Doctora Valdés, sus imágenes JPG fueron devastadoras.

Gabriel dejó de lanzar la pelota.

—¿Dormiste bien?

—Mejor que en los últimos tres años.

Se acercó, me puso una mano en el hombro y la apretó una vez. No dijo nada más. Gabriel siempre fue el que menos hablaba y el que más entendía.

Rodrigo no levantó la vista de su tableta.

—Comemos primero. Después hablamos.

Comimos. Fermín trajo huevos revueltos, fruta, pan recién horneado y tres tipos de jugo que nadie pidió pero que aparecieron como por arte de magia. La casa olía a café y a gardenia, las mismas flores de la iglesia, pero aquí no me daban náuseas.

Cuando se levantaron los platos, Rodrigo puso la tableta boca abajo y me miró.

—Informe de situación. —Lo dijo con el mismo tono que usaba en las juntas de Grupo Valdés—. Anoche congelé tres contratos de colaboración entre nuestras filiales y la empresa de los Girón. Representan el cuarenta por ciento de sus ingresos proyectados para este trimestre.

Nicolás levantó la mano como un alumno entusiasta.

—Yo me encargué de algo más creativo. Resulta que el señor Sebastián Girón tiene una solicitud pendiente para entrar al Consejo de la Cámara Farmacéutica. Tenía. Esta mañana su nombre apareció en una lista negra interna. No sabe quién lo puso ahí. —Sonrió—. Nadie lo va a saber.

Gabriel habló desde la ventana sin voltear.

—Mandé a revisar las cuentas de Laboratorios Aurora. Hay por lo menos tres irregularidades fiscales en los últimos dieciocho meses. Si las reportamos, la empresa pierde la licencia antes de fin de año.

Me quedé callada un momento. Mis hermanos me miraban con la satisfacción controlada de tres lobos que acaban de rodear a una presa.

—Gracias —dije—. A los tres. Pero necesito que paren.

Rodrigo levantó una ceja.

—Explica.

—Quiero verlo caer. Pero no quiero que caiga de un golpe. Quiero que sea lento. Que cada día se despierte pensando que todavía puede salvarse, y que cada noche se dé cuenta de que perdió algo más. Los contratos, la reputación, los socios, el dinero, todo. Pero pieza por pieza.

Nicolás me miró con una expresión nueva. No de sorpresa, sino de respeto.

—Hermanita, eres más fría de lo que pensaba.

—No soy fría. Soy farmacéutica. Sé cómo funciona una dosis gradual.

Gabriel soltó una carcajada, corta, seca, casi involuntaria. Rodrigo asintió una vez, con la mínima inclinación de cabeza que en su lenguaje significaba aprobación total.

—Bien. Marcamos el ritmo que tú digas. Pero Alegra, si en algún momento ese sujeto se acerca a ti, no vamos a esperar tu permiso.

—Entendido, Rod.

A media mañana, sonó el teléfono de Rodrigo. Lo miró, frunció el ceño y me lo pasó.

—Papá.

Tomé el teléfono. La voz de Ricardo Valdés sonaba exactamente como siempre: controlada, directa, sin adornos.

—Alegra. ¿Cómo estás?

—Estoy bien, papá.

Una pausa. Ricardo nunca hacía pausas por accidente, cada silencio era deliberado, como un espacio en un contrato donde las dos partes saben que falta algo por decir.

—Me alegra. —Otra pausa—. Tengo algo para ti. Una oportunidad profesional. El Instituto Nacional de Investigación Médica necesita un investigador asociado en el departamento de farmacología avanzada. El director del programa es Damián Montero.

—El académico más joven del país.

—Correcto. Tu expediente ya está registrado. Te esperan mañana a las ocho.

No preguntó si quería ir. No preguntó si necesitaba tiempo. Simplemente decidió, como decidía todo en la vida de sus hijos, con la autoridad de un hombre que confunde el amor con el control.

Debería haberme molestado. Pero hoy, extrañamente, no me importó. Necesitaba algo nuevo. Algo que no tuviera nada que ver con Sebastián Girón ni con los últimos tres años de mi vida.

—Estaré ahí a las ocho.

—Bien. —Y la misma frase de siempre, pronunciada con la misma parquedad de siempre—: Cuídate, hija.

Colgó.

Nicolás, que había escuchado todo desde el sofá, levantó las cejas.

—¿Te mandó al instituto de Montero? ¿El Damián Montero? ¿El tipo que es tan insoportable que su último asistente duró once días y renunció llorando en el estacionamiento?

—Suena a que lo conoces.

—Conozco su reputación. Genio absoluto en investigación farmacológica. Temperamento de volcán activo. Se dice que tiene una lista interna de reglas que sus asistentes deben memorizar el primer día, y que la regla número uno es: «No me dirija la palabra antes de las diez de la mañana».

Gabriel se acercó, masticando una manzana.

—También dicen que ningún asistente le ha durado más de un mes. El récord es diecisiete días.

Sonreí. No sé por qué, pero la idea de un hombre imposible de complacer me resultaba... refrescante. Después de tres años complaciendo a Sebastián Girón, la perspectiva de trabajar con alguien que no esperaba sonrisas falsas tenía cierto atractivo.

Esa tarde subí a mi antigua habitación y empecé a juntar las cosas que quería llevarme. No eran muchas. Tres años en el departamento de Sebastián habían reducido mi vida a lo esencial: ropa de trabajo, mis libros de farmacología, mi laptop, las notas de mis investigaciones.

En una caja encontré los regalos que Sebastián me dio a lo largo de nuestra relación. Un reloj. Un collar de perlas. Un pañuelo de seda con mis iniciales. Todos elegantes, todos impersonales, todos comprados con el dinero que yo le ayudé a ganar.

Los puse en una bolsa, la cerré y la dejé junto a la puerta con una nota: «Para donar. Sin remitente».

Mi teléfono vibró. Era una notificación de InstaVida. Abrí la aplicación y vi lo que todos estaban viendo: la boda cancelada de Sebastián Girón era la tendencia número uno en Santa Aurelia. Los videos tomados por los invitados ya acumulaban millones de reproducciones. Las capturas de los mensajes de Sebastián a Paz circulaban en todos los foros de chismes.

Y debajo de cada publicación, comentarios que iban desde la indignación hasta el humor negro:

«¿Este es el 'joven emprendedor del año'? Más bien emprendedor de cuernos».

«La novia se fue en un Maybach y el novio se quedó llorando en el altar. Ya sé qué bando elegí».

«¿Laboratorios Aurora? Más bien Laboratorios AuroRoba. Le robó las fórmulas a la novia».

Cerré la aplicación. No necesitaba leer más.

Busqué otra cosa: «Damián Montero, Instituto Nacional de Investigación Médica». Los resultados fueron escasos, el hombre no tenía redes sociales, no daba entrevistas y las únicas fotos públicas eran de ponencias académicas donde aparecía con la expresión de alguien que preferiría estar en cualquier otro lugar.

Treinta años. El académico más joven en la historia del país. Autor de diecinueve publicaciones en revistas internacionales. Director del programa de farmacología avanzada. Y según un foro anónimo de exempleados, «el ser humano más difícil con el que he trabajado en mi vida. Brillante, sí. Pero imposible».

Doce asistentes en dos años. Promedio de permanencia: diecisiete días.

Cerré el teléfono y me recosté en la cama. Por la ventana entraba la última luz de la tarde, tibia y anaranjada, y por primera vez en mucho tiempo no tenía que correr a un laboratorio a terminar una fórmula para nadie.

Mañana empezaba una vida nueva. Con un hombre que, según todo el mundo, era insufrible.

Sonreí.

Mucho más interesante que Sebastián Girón.

Continuará...

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