Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 16
Capítulo 16
Grité tan fuerte que hasta yo me asusté de mi propio grito.
La luz se encendió de golpe.
La casa dejó de parecer mansión elegante y volvió a parecer casa.
Dante estaba junto al apagador.
Y yo...
Yo estaba pegada a la pared como si la pared pudiera adoptarme.
Tenía las manos contra el muro, la espalda aplastada y el corazón en la garganta.
Dante me miró.
Yo lo miré.
Silencio.
Luego me di cuenta de que no era un fantasma, ni un ladrón, ni nada de lo que mi cerebro dramático había imaginado.
Era mi esposo.
Peor.
Porque ahora tenía testigo.
—¿Estabas en casa? —pregunté, intentando recuperar dignidad.
No había mucha.
—Sí.
—Te llamé.
—Estaba en el estudio. Te escuché y salí.
—Ah.
Me despegué de la pared despacio.
—Pensé que habías salido.
Dante bajó la vista a mis manos todavía tensas.
—¿Qué haces despierta?
—Tengo hambre.
La respuesta salió tan triste que hasta a mí me dio pena.
—No cené. Quería bajar a ver si podía hacer algo.
Dante me observó un segundo.
—Vamos.
—¿Tú ya cenaste?
Iba a responder.
Se detuvo.
—No.
—Entonces te preparo algo.
Sus ojos cambiaron apenas.
—¿Sabes cocinar?
—Claro. No insultes mi talento.
Por fin algo en su cara se suavizó.
—¿Qué vas a hacer?
—Depende de lo que haya. Si hay jitomate, huevo y fideo, puedo hacer sopa. Si hay carne, mejor.
Di un paso.
Y noté algo.
Me faltaba una pantufla.
Miré mis pies.
Uno con pantufla rosa.
El otro descalzo sobre el piso frío.
Dante habló antes de que yo pudiera fingir que eso era normal.
—Está aquí.
Levanté la vista.
Mi pantufla estaba junto a sus zapatos.
Cómo llegó hasta allá, la ciencia no lo sabe.
Yo sí: terror puro.
—Perdón.
Fui saltando en un pie.
Muy elegante.
Muy señora Montalvo.
Dante se quedó quieto, pero sus ojos siguieron cada salto.
—No te rías —le advertí.
—No me estoy riendo.
Mentira. Se le notaba en la boca.
Salté más rápido para terminar con mi humillación.
Error.
Perdí el equilibrio.
Dante me sujetó de la cintura antes de que me fuera de lado.
Su mano cayó justo sobre mi cintura, firme.
Mi cuerpo chocó un poco contra el suyo.
—Cuidado.
Levanté la cara.
Estaba cerca.
Demasiado para alguien que sólo quería recuperar una pantufla.
—Gracias.
—Ajá.
Me soltó cuando estuve estable.
Me puse la pantufla y bajé a la cocina con la poca dignidad que me quedaba.
La cocina era enorme. Brillante. De esas que dan ganas de cocinar aunque una sólo tenga hambre y sueño.
Abrí el refrigerador.
Había de todo.
Carne, pollo, pescado, verduras, huevos, salsas, frutas.
Doña Rosa no jugaba.
—¿Hay algo que no comas? —pregunté.
Dante se apoyó en la entrada de la cocina.
—Cilantro.
Me giré con el manojo en la mano.
—¿No te gusta el cilantro?
—No.
—Qué triste.
—¿Te gusta?
—Me encanta. Podría ponérselo a todo.
Dante miró el cilantro como si fuera una amenaza menor.
—Ponle al tuyo.
—Eso pensaba hacer. ¿Chile?
—Poco.
—¿Poco de “sí aguanto” o poco de “me muero con una gota”?
—Poco.
Me reí.
—Tienes muchos límites para comer.
—Tengo gustos.
—Pues tus gustos se están perdiendo de cosas buenísimas.
—Sobreviviré.
Saqué jitomates, fideo, carne de res y huevos.
Dante se acercó.
—¿Te ayudo?
—No hace falta.
Lo dije porque no me imaginaba a Dante Montalvo picando jitomate.
Tampoco sabía si quería verlo.
Busqué platos y no encontré nada. Abrí un gabinete, luego otro.
Dante abrió el correcto a la primera.
Sacó platos y tazones.
—¿Esto?
—Sí. Gracias.
—Menos gracias.
—Cierto.
Empecé a cortar la carne.
El cuchillo estaba muy afilado. La tabla era buena. La carne se dejaba cortar en tiras finas.
Dante se quedó a mi lado, mirando.
—¿Cuándo aprendiste?
—¿A cocinar?
—Sí.
—De niña.
—¿En casa de tus papás?
Negué sin levantar la vista.
—En casa de mi abuela.
El silencio cambió.
No fue incómodo.
Sólo más atento.
—¿Viviste con ella?
—Sí. Hasta los doce.
—¿Por qué?
El cuchillo se detuvo.
Dante lo notó enseguida.
—Perdón. No tienes que contestar.
Respiré.
—No pasa nada. Tampoco es secreto.
Volví a cortar.
—Mis papás me mandaron con mi abuela cuando era muy chica. No sé bien por qué. Crecí con ella. Me enseñó a cocinar, a comprar verduras, a no desperdiciar comida.
La voz me salió más tranquila de lo que me sentía.
—Cuando murió, me llevaron de regreso a casa.
Dante no interrumpió.
Eso ayudó.
—Pero nunca me sentí de ahí. Mis papás eran amables, sí. Me daban lo necesario. Pero con Lorena era distinto. A ella la miraban como hija. A mí como alguien que había regresado tarde.
Me reí un poquito.
No porque diera risa.
Porque a veces una se ríe para no hacer otra cosa.
—Supongo que por eso me acostumbré a no pedir mucho.
El cuchillo resbaló.
Sentí el corte antes de verlo.
—Ay.
La sangre apareció en mi dedo.
Roja, rápida.
Dante tomó mi mano al instante.
—¿Qué hiciste?
—Me corté.
—Eso ya lo vi.
Su voz sonó más dura.
Pero su mano no.
Me sostuvo la muñeca con cuidado, mirando la herida.
La sangre seguía saliendo.
—No te muevas.
—No es tanto.
—No te muevas, Ximena.
Esta vez obedecí.
Dante salió por el botiquín y volvió rápido.
Lo puso sobre la barra, sacó gasas, algodón, desinfectante.
—Dame la mano.
Se la di.
Me limpió la sangre.
Ardió.
Mucho.
Apreté los dientes.
Dante levantó la vista.
—¿Duele?
—Poquito.
—Mentirosa.
No supe qué decir.
Él bajó la voz.
—Si duele, dime. Lo hago más despacio.
Me picaron los ojos.
Qué ridículo.
No había llorado por el corte y casi lloraba porque alguien me decía que podía quejarme.
—Está bien —murmuré.
Dante limpió la herida con más cuidado. Luego presionó con una gasa hasta que dejó de sangrar tanto.
Sus dedos eran firmes, pero suaves.
Raro verlo así.
Con traje, en una cocina, cuidando un corte de nada como si fuera importante.
Cuando terminó, me vendó el dedo.
—No lo mojes.
—Sí.
Miré la tabla, la carne, los jitomates.
—Perdón.
Dante frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Dije que iba a cocinar y mira.
Él cerró el botiquín.
—Tu dedo importa más que la sopa.
Me quedé callada.
No por la frase.
Por la forma en que la dijo.
Sin ternura obvia. Sin drama.
Como si fuera algo lógico.
—Yo cocino —dijo.
Lo miré.
—¿Tú?
—No me subestimes.
—Dante, no es un contrato.
—Puedo seguir instrucciones.
Me mordí la sonrisa.
—Bueno. Entonces, señor Montalvo, lávese las manos. Vamos a salvar la cena.