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Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Status: Terminada
Genre:Maldición / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:468
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6: La anatomía del reposo

El motor del Jaguar negro de Gabriel producía un ronroneo suave, casi imperceptible, que vibraba a través del cuero del asiento del copiloto. Valeria tenía la cabeza ladeada hacia la ventanilla, contemplando cómo los árboles de la carretera secundaria se convertían en trazos oscuros bajo la luz de los faros. Llevaba puesta la chaqueta de lana negra de Gabriel —que le cubría hasta la mitad de los muslos— y sostenía entre sus manos una taza térmica de café con leche que el chofer, un hombre taciturno llamado Mateo, le había entregado en silencio al subir al vehículo.

​En el asiento trasero, Gabriel revisaba una tableta de pantalla translúcida con la frialdad de quien analiza un balance financiero. Aunque su rostro mantenía la compostura habitual, las grietas del cansancio eran evidentes: la camisa arrugada, un arañazo seco en la mejilla izquierda y las sombras violetas bajo los ojos.

​—El informe preliminar de la consultora de infraestructuras estará listo a las ocho de la mañana —declaró Gabriel sin levantar la vista de la pantalla—. La estructura portante de la Casona de los Cedros es estable en un noventa y dos por ciento. Sin embargo, el tejado de la ala oeste requiere una intervención urgente antes del periodo de lluvias.

​Valeria dio un sorbo al café, disfrutando del calor del líquido en su garganta.

​—Traducción: me va a costar un ojo de la cara y la mitad del otro.

​—Traducción: el fondo de garantía del Consejo Arcano asumirá el sesenta por ciento de los costes de restauración bajo el epígrafe de "daños colaterales por contención de masa crítica" —corrigió Gabriel, deslizando un dedo sobre la pantalla para firmar un documento digital—. El cuarenta por ciento restante se financiará mediante un préstamo sin intereses gestionado por mi firma.

​Valeria se giró sobre el asiento, inclinándose por encima del respaldo para mirarlo de frente. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de sospecha y diversión.

​—¿Un préstamo sin intereses? ¿De tu firma? Me suena a que estás intentando comprar mi independencia, Don Frío.

​Gabriel apagó la pantalla de la tableta y la dejó sobre el asiento contiguo. Se cruzó de brazos y sostuvo la mirada de Valeria con esa serenidad matemática que solía exasperarla.

​—Es una inversión de riesgo, señorita Gómez. La propiedad se encuentra en un punto nodal de la red telúrica regional. Mantenerla bajo el control de una persona que ha demostrado ser inmune a la corrosión espectral básica es tácticamente conveniente para mi departamento.

​—Vaya. Y yo que pensaba que lo hacías porque no podías vivir sin mi conversación.

​—Su conversación es un factor de estrés secundario que he decidido tolerar dentro de un margen razonable —contestó él, aunque la ligera tensión en la comisura de sus labios delataba la falsedad de su tono distante.

​El vehículo cruzó el límite urbano de la ciudad, donde las farolas de vapor de sodio reemplazaron la oscuridad de la carretera por un resplandor anaranjado y constante. Valeria miró por la ventana las fachadas de los edificios de departamentos, las persianas metálicas de los comercios cerrados y los pocos transeúntes que caminaban bajo la lluvia fina que comenzaba a caer. La cotidianeidad de la ciudad le pareció, de repente, una escenografía frágil, un decorado de papel levantado sobre un abismo de sombras, grietas y entidades que la mayoría de la gente ni siquiera podía imaginar.

​—¿Hacia dónde vamos? —preguntó Valeria, dándose cuenta de que no reconocía la avenida por la que circulaban—. Mi departamento alquilado está en la zona sur, y la casona se quedó atrás hace media hora.

​—Vamos a mi residencia —respondió Gabriel con naturalidad, sacando un pañuelo de su bolsillo para limpiarse las gafas de lectura que apenas utilizaba.

​Valeria se quedó inmóvil un segundo. Arqueó una ceja y dejó caer la espalda contra el asiento.

​—¿A tu residencia? ¿Tan rápido pasamos de la fase de la cera negra al alojamiento permanente?

​—Su departamento en la zona sur carece de sistemas de filtrado electromagnético —explicó Gabriel, ajustándose el puño de la camisa—. Tras la exposición continuada a la falla del sótano, su cuerpo emite una firma residual que tardará al menos doce horas en disiparse. Si regresa a un entorno urbano no blindado, atraerá a parásitos menores: larvas de moho, ruidos en la tubería, perturbaciones en los aparatos eléctricos. No es peligroso, pero es extremadamente molesto.

​—¿Y tu casa sí está blindada?

​—Mi casa es, a efectos prácticos, una jaula de Faraday recubierta de runas de atenuación pasiva. Allí podrá dormir sin que el microondas empiece a recitar pasajes en arameo a las tres de la mañana.

​Valeria dejó escapar una carcajada corta y sacudió la cabeza.

​—Está bien, Thorne. Acepto la noche en tu búnker de lujo. Pero si intentas cobrarme el minibar, te quemo las cortinas.

​El departamento de Gabriel ocupaba el último piso de un edificio de piedra clara en la zona histórica de la ciudad. No había portero automático ni timbres visibles; el ascensor de madera de nogal y latón pulido requería una llave de bronce pesado que Gabriel introdujo en la ranura antes de que la cabina subiera en un silencio absoluto.

​Cuando las puertas de madera se abrieron, Valeria se encontró directamente dentro de un espacio amplio, de techos altos y paredes pintadas en un tono gris azulado. Las cortinas de lino espeso caían hasta el suelo de madera de roble oscuro, sobre el que descansaban un par de alfombras orientales de tonos apagados. No había adornos superfluos, ni cuadros coloridos, ni recuerdos de viajes; solo estanterías de madera maciza que cubrían paredes enteras, repletas de libros encuadernados en cuero, mapas enrollados y pequeños frascos de cristal etiquetados con una caligrafía minuciosa.

​El aire olía a papel antiguo, cera de abejas y ese inconfundible rastro de sándalo que acompañaba a Gabriel a todas partes.

​—Ponte cómoda —dijo él, quitándose el abrigo y colándolo en un perchero de pie junto a la entrada—. Mateo traerá tus pertenencias básicas de la casona mañana por la mañana. Por ahora, el baño de invitados está al final del pasillo a la derecha. Hay ropa limpia en el armario.

​Valeria caminó despacio sobre la alfombra, explorando el espacio con la curiosidad de quien entra en un museo privado. Se detuvo frente a una gran mesa de trabajo de caoba donde reposaban tres microscopios de precisión, un compás de latón de tamaño descomunal y una serie de láminas anatómicas que no representaban el cuerpo humano, sino la estructura interna de criaturas con demasiadas articulaciones.

​—Es un poco sobrio, ¿no crees? —comentó ella, pasando un dedo por la esquina de la mesa—. Parece el despacho de un inquisidor del siglo XVIII que ha aprendido a usar la luz eléctrica.

​—Es un espacio funcional —corrigió Gabriel, sirviendo dos vasos de agua de una jarra de cristal—. La decoración recargada genera distracciones visuales que reducen la eficiencia en un catorce por ciento durante los procesos de análisis.

​—Claro. No vaya a ser que un cuadro bonito te arruine la eficiencia.

​Gabriel se acercó a ella y le entregó uno de los vasos. Durante un segundo, sus dedos rozaron los de Valeria. La calidez del contacto hizo que ambos se quedaran en silencio por un instante, recordando la violencia del abrazo en el patio y la brevedad del beso bajo la lluvia de sangre.

​—El baño está listo —dijo Gabriel, con la voz un poco más baja de lo normal—. Deberías quitarte la suciedad de la casona. Yo prepararé algo de comer.

​—¿Tú cocinar? —Valeria sonrió con escepticismo—. Pensaba que tu dieta consistía en cápsulas de nutrientes y agua bendita.

​—Sé preparar una tortilla con la precisión adecuada, señorita Gómez. Vaya a ducharse.

​Valeria no discutió. Siguió sus indicaciones por el pasillo de paredes altas hasta encontrar el baño de invitados. Era un espacio amplio con paredes de mármol blanco y una bañera exenta con patas de garra de bronce. Sobre una repisa de madera había toallas blancas dobladas con exactitud milimétrica y un frasco de jabón líquido que olía a lavanda y pino.

​Se desvistió despacio, sintiendo la protesta de cada músculo de su cuerpo. Al mirarse en el espejo sobre el lavabo, vio los estragos de las últimas veinticuatro horas: una línea de hollín seco cruzándole la frente, las ojeras marcadas bajo los ojos oscuros y un moratón violáceo que se extendía desde la cadera derecha hasta la parte baja de las costillas.

​Se metió bajo el chorro de agua caliente y dejó escapar un largo gemido de alivio cuando el calor empezó a disolver la tensión acumulada en sus hombros. El agua cayó oscura por el desagüe durante los primeros minutos, llevándose la ceniza de la falla, la sangre seca del carroñero y la mugre de una casa que había intentado devorarla.

​Cuando salió de la ducha, se envolvió en un albornoz de algodón grueso que le quedaba absurdamente grande y encontró sobre el mostrador una camiseta gris de manga larga y un pantalón de chándal negro que Gabriel había dejado allí. La ropa olía a detergente neutro y al mismo aroma limpio que envolvía al departamento.

​Al regresar al salón, la iluminación de la estancia había cambiado. Las luces del techo estaban apagadas y solo tres lámparas de pie proyectaban un resplandor cálido y tenue sobre la madera del suelo.

​Sobre la pequeña mesa de centro frente al sofá de cuero negro había dos platos con tortillas individuales impecablemente dobladas, una cesta con pan artesanal y dos copas de vino tinto que emitían un aroma profundo a frutos rojos y madera.

​Gabriel estaba sentado en un extremo del sofá, sin la chaqueta, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y el cabello aún ligeramente húmedo por su propia ducha. Estaba mirando hacia el gran ventanal que daba a los tejados de la ciudad iluminada por la lluvia.

​—Has tardado veintidós minutos —dijo sin girarse cuando escuchó los pasos descalzos de Valeria sobre la madera.

​—Tenía que quitarme tres capas de mugre arcana, Thorne —respondió ella, acercándose y dejándose caer en el otro extremo del sofá con un suspiro de satisfacción—. Y hay que admitir que esto tiene buena pinta.

​Gabriel se giró hacia ella. Su mirada recorrió la figura de Valeria, envuelta en su ropa holgada, con el cabello mojado cayéndole sobre los hombros y las mejillas rosadas por el vapor del baño. Algo en la dureza habitual de su rostro se ablandó de forma imperceptible.

​—Coma —dijo, ofreciéndole un tenedor de plata—. Necesita reponer glucógeno.

​Valeria no se hizo rogar. Cortó un pedazo de la tortilla y se lo llevó a la boca. Para su sorpresa, la cocina de Gabriel era tan precisa como el resto de su vida: el huevo estaba en su punto exacto de cocción, la patata tierna y la sal medida con exactitud.

​—Vale, me rindo —dijo ella tras el tercer bocado—. Esto está buenísimo. Si la demonología falla, siempre puedes abrir un restaurante de comida casera para cazadores de fantasmas frustrados.

​—La cocina es simplemente química aplicada al control de la temperatura y el tiempo —contestó Gabriel, dando un sorbo a su copa de vino—. No hay misterio en ello.

​—Siempre le quitas la gracia a todo con tu química y tu física, Thorne —dijo Valeria, apoyando la espalda contra los cojines del sofá y cruzando las piernas bajo la camiseta grande—. A veces las cosas simplemente están buenas porque alguien se ha tomado la molestia de hacerlas bien para otra persona.

​Gabriel se la quedó mirando en silencio. La luz de la lámpara de pie le iluminaba el perfil, resaltando la línea recta de su nariz y la curva de su mandíbula. Sostuvo la copa entre los dedos largos y nudosos sin llegar a beber.

​—A mi hermano le gustaba la cocina —dijo de pronto.

​La voz de Gabriel fue tan baja, tan desprovista de su habitual tono de autoridad, que Valeria se quedó inmóvil con el tenedor en la mano. Era la primera vez que él mencionaba a Julián de forma voluntaria, sin la presión del gas alucinógeno o la conmoción del ataque.

​—¿A Julián? —preguntó ella suavemente.

​Gabriel asintió despacio, mirando el líquido oscuro de su copa.

​—Él no tenía interés en los tratados de la firma ni en la física de las anomalías. Quería abrir una cafetería en la costa. Decía que la gente que bebe café por la mañana es más honesta que la que firma contratos por la tarde.

​—Sonaba como alguien sensato —comentó Valeria.

​—Era un irresponsable —corrigió Gabriel, aunque no había amargura en su tono, sino una nostalgia densa y antigua—. No revisaba las lecturas antes de entrar en un perímetro. Confiaba en la intuición. Y la intuición es un margen de error que la geometría arcana no perdona.

​Valeria dejó su plato sobre la mesa de centro y se deslizó por el sofá hasta quedar a pocos centímetros de él. No lo tocó, pero su presencia llenó el espacio entre los dos con una calidez inmediata.

​—Cometió un error, Gabriel. O lo cometisteis los dos. Pero no puedes pasarte el resto de tu vida convirtiéndote en una máquina para pedirle perdón a un fantasma.

​Gabriel giró la cabeza hacia ella. Sus ojos azules estaban muy cerca, reflejando las pequeñas luces de la ciudad que se filtraban por el ventanal.

​—No es perdón lo que busco, Valeria —susurró él—. Es control. Si controlo las variables, nadie más tiene que morir porque yo haya pasado por alto un detalle.

​—Nadie puede controlar todas las variables —dijo ella, alzando una mano para tocarle la mejilla. Su piel estaba tibia, firme, y la cicatriz que le bajaba hasta el cuello parecía menos amenazante bajo la luz tenue del salón—. Yo soy una variable que no puedes controlar, y sigo aquí.

​Gabriel cerró los ojos un segundo al sentir el contacto de sus dedos. Dejó la copa sobre la mesa sin mirar y, cuando volvió a abrir los ojos, la distancia entre ellos pareció desaparecer por completo.

​—Usted es un desastre estadístico —murmuró él, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se cruzaron—. Una anomalía que rompe cualquier cálculo de probabilidad.

​—Y aun así no me has echado de tu departamento —respondió Valeria, con una sonrisa pequeña que se perdió cuando los labios de Gabriel buscaron los suyos.

​El beso esta vez no tuvo la urgencia salvaje del vestíbulo de la casona ni la desesperación de la lluvia de sangre. Fue un contacto lento, profundo, donde Gabriel exploró la boca de Valeria con una paciencia metódica que la hizo estremecerse de la cabeza a los pies. Sus manos rodearon la cintura de ella, tirando de su cuerpo hasta acomodarla sobre su regazo, mientras los dedos de Valeria se enredaban en el cabello oscuro de él, despeinándolo sin piedad.

​—Gabriel... —murmuró ella contra sus labios cuando él bajó la boca hacia la línea de su cuello, rozando con los dientes la piel sensible bajo la oreja.

​—Regla número cinco —susurró él con la voz ronca, acariciándole la espalda por debajo de la camiseta gris.

​—Dime cuál es...

​—En este departamento no se aceptan objeciones a la autoridad del especialista.

​Valeria soltó una risita ahogada que se convirtió en un gemido suave cuando las manos de Gabriel la levantaron con facilidad para llevarla hacia la habitación principal al final del pasillo.

​La habitación de Gabriel era tan sobria como el resto del lugar: una cama grande con dosel de madera oscura, sábanas de lino gris y una ventana alta que mostraba la lluvia cayendo sobre las tejas de la ciudad.

​Allí, sobre la firmeza del colchón y bajo el sonido rítmico del agua contra los cristales, la distancia entre el cazador de hielo y la heredera arruinada se disolvió por completo. Gabriel la desnudó con la misma atención meticulosa que dedicaba a sus manuscritos, deteniéndose en cada moratón, en cada cicatriz pequeña, cubriéndolas con besos lentos que hacían que Valeria contuviera el aliento.

​Cuando se unieron, el ritmo fue suave al principio, una danza de respiraciones compasadas y miradas fijas en la penumbra, hasta que la contención de Gabriel saltó por los aires y la intensidad del fuego que llevaba dentro los arrastró a ambos en una marea de piel, calor y gemidos ahogados contra la almohada.

​A las cuatro de la mañana, la lluvia se había convertido en una llovizna fina.

​Valeria estaba tendida sobre el pecho desnudo de Gabriel, escuchando el latido tranquilo y constante de su corazón. Él tenía un brazo alrededor de la espalda de ella, trazando círculos perezosos sobre su piel con la yema del pulgar, mientras miraba el techo con la vista perdida en el juego de sombras de la habitación.

​—¿En qué piensas? —preguntó ella en un susurro, pasando un dedo por la cicatriz de su hombro.

​—En el análisis de la falla —contestó él automáticamente, aunque la firmeza de su abrazo decía otra cosa—. La reacción de la casona al mercurio sugiere que el núcleo no está destruido, sino aletargado. Tendremos que volver en primavera para verificar el sellado.

​Valeria levantó la cabeza y lo miró con una ceja arqueada.

​—¿Acabamos de pasar las tres mejores horas de la semana y estás pensando en la primavera y el mercurio?

​Gabriel la miró de lado, y por primera vez en todo el tiempo que llevaba conociéndolo, una sonrisa genuina, abierta y extrañamente joven iluminó su rostro.

​—También estoy pensando en que la primera cena no será de pizza, señorita Gómez.

​—¿Ah, no? ¿Y por qué no, Don Frío?

​—Porque he reservado una mesa en un restaurante con tres estrellas a las ocho de la noche —dijo él, inclinándose para darle un beso corto en la punta de la nariz—. Y el código de vestimenta exige que no lleve pantalones vaqueros rotos ni botas cubiertas de barro.

​Valeria hundió la cara en su cuello, soltando una risa ahogada que hizo vibrar el pecho de ambos.

​—Eres un estirado de mierda, Gabriel.

​—Y usted es una molestia permanente en mi agenda, Valeria.

​Él la apretó un poco más contra su cuerpo, cerrando los ojos por primera vez en tres días, mientras la luz grisácea del amanecer comenzaba a filtrarse muy despacio por el ventanal de la estancia.

​A las nueve de la mañana, el salón del departamento olía a café recién hecho y a tostadas de pan de centeno.

​Valeria estaba sentada en la barra de la cocina americana, vistiendo una camisa blanca de Gabriel que le llegaba casi a las rodillas y remangada en los puños. Sostenía una taza humeante mientras observaba a Mateo, el chófer, que acababa de dejar dos maletas de cuero desgastado junto a la entrada.

​—Las pertenencias de la señorita Gómez extraídas de la Casona de los Cedros —informó Mateo con su habitual tono monótono, ajustándose la gorra—. El perímetro está cerrado con cinta de seguridad de Nivel 2. Los inspectores del Consejo llegarán a las diez.

​—Gracias, Mateo —dijo Gabriel, que estaba de pie junto a la mesa de trabajo, vistiendo un traje gris de tres piezas impecable, aunque sin la corbata puesta—. Puedes tomarte el resto del día libre.

​El chófer hizo una leve inclinación de cabeza, miró a Valeria con un destello imperceptible de respeto en los ojos y se retiró, cerrando la puerta tras de sí con un chasquido metálico.

​Valeria dio un sorbo a su café y miró a Gabriel.

​—Así que... vuelta a la realidad, ¿no?

​Gabriel dejó la tableta sobre la mesa y caminó hacia la cocina. Se detuvo frente a ella, apoyando las manos en el borde de la barra, quedándose a pocos centímetros de su cara.

​—La realidad es un concepto maleable, Valeria —dijo, usando su nombre de pila con esa fluidez que siempre le hacía dar un vuelco al corazón—. La casona estará en obras durante los próximos meses. Su departamento en la zona sur no es seguro mientras la firma residual no desaparezca del todo.

​—¿Y qué sugieres que haga, especialista? —preguntó ella, apoyando las palmas sobre el pecho acolchado de su chaleco.

​—Sugiero que traslade temporalmente sus operaciones a este departamento —declaró Gabriel con su tono más formal, aunque sus ojos brillaban con una chispa de anticipación—. El espacio es tácticamente adecuado, la seguridad es absoluta y la cocina cumple con los estándares mínimos de nutrición.

​Valeria lo miró durante varios segundos, disfrutando del momento, hasta que soltó una pequeña risa.

​—¿Me estás pidiendo que me mude contigo, Gabriel Thorne?

​—Le estoy ofreciendo una solución logística a un problema de vivienda temporario —corrigió él sin pestañear.

​—Claro, logística. ¿Y qué pasa con mis tres cenas?

​—La primera es esta noche —dijo él, inclinándose para darle un beso firme en los labios que le dejó el sabor del café en la boca—. A las ocho. No llegue tarde, señorita Gómez. Odio la impuntualidad en los compromisos no operáticos.

​Valeria lo vio alejarse hacia la entrada para recoger su maletín de cuero negro. Se apoyó contra la barra, viendo cómo se ajustaba el abrigo con la elegancia impecable de siempre, pero notando que la rigidez de sus hombros había desaparecido por completo.

​—Hasta la noche, Don Frío —dijo ella, alzando su taza en un brindis silencioso.

​Gabriel se detuvo en la puerta, la miró una última vez con una sonrisa ligera que solo ella conocía, y salió al distribuidor del ascensor.

​Valeria se quedó sola en el gran departamento de paredes azuladas. Miró por el ventanal la ciudad que empezaba a despertarse bajo el sol de la mañana, sintiendo la firmeza del suelo bajo sus pies descalzos y la certeza de que, pasara lo que pasara en las sombras de la Casona de los Cedros o en las grietas del mundo, ya no volvería a estar sola para enfrentarlas.

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Martha Divas Delgado
🥰woooooo me encantan Valeria y don frío 🤭
Martha Divas Delgado
🥰 me encantó k don friosiempre midiendo todo
Martha Divas Delgado
wooooo espero no termine esta historia aqui
Isabel Sandoval
Jaaaa esa es buena jajaja/Facepalm/
Martha Divas Delgado
ooooooo me encanta 🤭
Martha Divas Delgado
siiiiiiiiiiiii
Martha Divas Delgado
o autora sentí k nuestro hombre frío ahora sí se iba a quedar bien frío
Martha Divas Delgado
autoraaaaa me gusta 🤭 k Valeria sea así y creo esto no acaba AKI con ese demonio verdad
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