Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 7: Guerra textil y el soplón del clóset
La venganza, al igual que el buen café, es un arte que Valeria prefería servir por las mañanas. El secuestro del cable del Wi-Fi por parte de Maximiliano había sido un golpe bajo, una declaración de guerra corporativa en toda regla. Pero si Starling creía que la iba a tener de rodillas lavando sus termos de agua alcalina para recuperar el Internet, no conocía en absoluto la resistencia de los Grien.
Aprovechando que Maximiliano se había encerrado en su despacho para una videoconferencia de tres horas con unos inversores, Valeria ejecutó su plan de infiltración. Su objetivo: el cuarto de lavado.
Con una sonrisa del Guasón dibujada en el rostro, Valeria tomó la cesta de la ropa sucia de su esposo, repleta de sus impecables, carísimas y sagradas camisas blancas de algodón egipcio de ochocientos dólares la pieza. Las metió en la lavadora con un ciclo de agua caliente y, justo antes de presionar el botón de inicio, rebuscó en su propio canasto hasta encontrar una blusa de seda de un rojo carmesí chillón, de esas que destiñen solo con mirarlas. La arrojó en medio del mar de color blanco inmaculado como si fuera una granada de mano.
—Disfruta del baño, Starling —susurró, cerrando la escotilla.
Dos horas más tarde, el proceso de secado había concluido. Valeria se sentó en el taburete de la cocina con una taza de café, esperando pacientemente el desenlace. No tuvo que aguardar mucho. El sonido de los pasos firmes de Maximiliano resonó en el pasillo dirigiéndose al cuarto de lavado, seguido por el chirrido de la puerta de la secadora al abrirse.
El silencio que reinó durante los siguientes tres segundos fue sepulcral. Y entonces, ocurrió.
—¡¡NOOOOOOO!!
El grito de terror puro, agudo y desgarrador que pegó Maximiliano Starling atravesó las paredes de la casa, rebotó en los ventanales y probablemente asustó a las palomas de todo el vecindario. Valeria tuvo que morderse los labios para no escupir el café de la risa.
Maximiliano irrumpió en la cocina un momento después, sosteniendo una percha de la cual colgaba una prenda que solía ser una camisa formal de etiqueta, pero que ahora ostentaba un tono rosa chicle brillante, digno del guardarropa de una muñeca Barbie. Tenía el rostro pálido, la respiración entrecortada y los ojos grises desorbitados por el shock traumático.
—¿Qué... qué es esto, Valeria? —consiguió articular, con la voz rota mientras alzaba la tela rosa como si fuera un cadáver—. Mis camisas. Todas. Mi lote de camisas de sastrería italiana. Son... son fucsias. ¡Hay un degradé fosforescente en los puños!
Valeria fingió una mirada de absoluta sorpresa, bajándose del taburete con pereza y acomodándose el cabello.
—¡Oh, por Dios, Starling! Qué terrible accidente —dijo, arrastrando las palabras con un cinismo delicioso—. Seguro que mi blusa roja se coló por culpa del caos magnético de la casa. Aunque, si te soy sincera, no te queda nada mal. Ese color chicle te va a suavizar un poco esa masculinidad frágil y acartonada que te cargas. Te va a dar una vibra más... accesible para tus empleados.
—¿Accesible? ¡Esto es un homicidio textil! —bramó él, tirando de los pelos de su propio flequillo impecable—. ¡Valeria, esto califica como vandalismo premeditado! ¡Exijo una indemnización!
—Y yo exijo mi Wi-Fi, "cara de iceberg" —le espetó ella, plantándose frente a él con los brazos cruzados y una ceja alzada—. Así que estamos a mano. Tú me dejas incomunicada, yo te doy un clóset digno de una estrella de pop de los noventa. ¿Me vas a dar el cable o la próxima tanda incluye tus calcetines ejecutivos?
Maximiliano la fulminó con una mirada que habría congelado el mismísimo Sahara, dio media vuelta sin decir una palabra y regresó a su habitación dando un portazo que hizo vibrar las lámparas.
La venganza de Starling, por supuesto, no se hizo esperar, y demostró ser un psicópata del orden.
Esa misma tarde, Valeria se reunió en la terraza de un café con Alma y Gabriel para vaciar el buche y desahogarse de su tortura matrimonial. En cuanto les contó el destino de las camisas italianas, sus dos amigos estallaron en una carcajada tan escandalosa que las personas de las mesas vecinas se giraron a mirarlos.
—¡No puedo más! —chilló Gabriel, abanicándose con un menú de plástico mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas—. ¡Una Starling rosa! ¡Por favor, dime que le tomaste una foto! Pagaría mi renta completa de este mes por ver la cara de ese hombre viendo su ropa teñida de algodón de azúcar.
—No es gracioso, Gabriel —se quejó Valeria, cruzándose de brazos con frustración—. Se vengó de la peor manera posible. Cuando regresé a mi cuarto para cambiarme, el maldito infeliz se había metido a mi clóset. ¡Me organizó toda la ropa por orden alfabético de telas y degradación cromática! Me llevó tres horas encontrar mis pantalones negros porque los clasificó como "Lino - Antracita - Uso informal". ¡Es un enfermo!
—Bueno, al menos ahora tu clóset no parece un remate de garaje, amiga —opinó Alma, dándole un sorbo a su copa de vino blanco—. Hay que verle el lado positivo al asunto.
—¡Eso no es lo peor! —continuó Valeria, indignada—. ¿Saben qué hizo? Agarró mis tenis viejos, esos grises súper gastados que uso para andar por la casa porque son los más cómodos del universo, y los tiró directo al incinerador del edificio. Me dejó una nota escrita a máquina en la cama que decía: *"Eliminado por constituir un atentado visual contra la estética de la propiedad y un riesgo sanitario para el matrimonio"*. ¡Mis tenis de la suerte!
Gabriel, que ya se había metido a husmear en el perfil de Instagram de la constructora, soltó un suspiro dramático que rozaba la exageración, ignorando por completo el drama de los tenis de su amiga.
—Ay, Valeria, de verdad que Dios le da pan al que no tiene dientes —dijo Gabriel, girando la pantalla del teléfono para mostrarle una foto de Maximiliano posando en una conferencia, luciendo un traje gris antracita que le marcaba los hombros a la perfección—. Míralo nada más. Esa mirada de "te voy a demandar y luego te voy a comprar la vida". Es un monumento al capitalismo salvaje. Cariño, tú mándalo al cuarto de castigo todo lo que quieras, quéjate de sus códigos de barras y sus batidos verdes, pero te lo advierto desde ya: el día que se divorcien, exijo ser el primero en la lista de rebajas de ese contrato. Yo sí le lavo los termos con una sonrisa.
Valeria le arrebató el teléfono de un manotazo, resoplando con fastidio.
—Es un monstruo, Gabriel. Un monstruo muy bien vestido con una obsesión enfermiza por la limpieza. No sé cómo voy a sobrevivir los meses que faltan sin terminar en prisión por asesinato.
—Sobrevivirás, querida —rio Alma, chocando su copa con la de Valeria—. Solo asegúrate de que la próxima vez que le tiñas la ropa, sea de color verde fosforescente. Le combinaría excelente con sus batidos de brócoli.