Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
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Capítulo 21
Esa tarde, Astrid estaba sentada en el piso de la sala acompañando a Ariana con un rompecabezas infantil. La niña se veía concentradísima armando las piezas, frunciendo los labios de vez en cuando al no encontrar la que encajaba.
Astrid sonreía viendo las ocurrencias de su hija. Justo en ese momento se oyó la puerta principal abrirse. Astrid volteó por instinto. Se sorprendió un poco. Lucas llegaba mucho más temprano que de costumbre. Algo que casi nunca pasaba. Antes de que Astrid pudiera decir nada, Ariana ya se había puesto de pie y corría hacia su padre.
—¡Papá llegó! —exclamó la pequeña con alegría.
El rostro de Lucas se suavizó al instante. Se agachó y levantó a Ariana en brazos.
—¿Qué estaba haciendo Ariana? —preguntó besándole la mejilla.
Ariana se rio.
—Juego pule con mami.
—Ah, qué bien. Eso es genial —Lucas le revolvió el pelo con cariño—. Cuando lo termines, papá quiere ver cómo quedó.
Ariana asintió con entusiasmo.
—¡Sí, papá!
Astrid observaba la escena desde su lugar en el piso. Por alguna razón, hoy Lucas se veía diferente. Mucho más cálido y relajado. También mucho más atento que de costumbre. Incluso la sonrisa en su rostro aparecía con una frecuencia inusual.
Después de bajar a Ariana, Lucas caminó hacia Astrid. Ella seguía mirándolo con extrañeza. Lucas se detuvo justo frente a ella.
Sonrió levemente al ver la expresión desconcertada de su esposa.
—Quiero invitarte a salir —dijo con naturalidad.
Astrid, que seguía sentada acompañando a Ariana con el rompecabezas, levantó la cabeza.
—¿Salir? —preguntó frunciendo el ceño.
Lucas asintió.
—Una cita.
La respuesta casi le arrancó la sorpresa a Astrid. ¿Una cita? La palabra sonaba ajena en boca de Lucas.
Hacía años que ese hombre no la invitaba a pasar tiempo juntos a solas. Incluso antes de que la relación se deteriorara, Lucas siempre estaba más ocupado con el trabajo que con su familia.
Y ahora, de repente, la invitaba a una cita. Demasiado extraño. Astrid contempló el rostro de su esposo durante unos instantes. Intentó descifrar qué había detrás de esa sonrisa. Pero como siempre, Lucas era un experto en ocultar sus intenciones.
Al ver que Astrid tardaba en responder, Lucas se rio entre dientes.
—Hablo en serio —dijo—. ¿Acaso un esposo no puede invitar a su esposa a cenar?
Astrid forzó una sonrisa pequeña.
—Claro que sí.
Lucas pareció satisfecho con la respuesta.
—Esta noche Ariana se queda a dormir en casa de mamá.
Los ojos de Astrid se abrieron de par en par.
—¿Qué?
Lucas se rio.
—Además, a Ariana le encanta quedarse allá.
Como si hubiera escuchado su nombre, Ariana saltó de emoción.
—¡Yo quelo dolmir con abuelita!
Lucas sonrió ampliamente.
—¿Ves?
Astrid también sonrió. Pero solo en la superficie. Por dentro, su mente trabajaba cada vez más rápido. Su esposo que de repente llegaba temprano a pedir disculpas. Luego se volvía atento de la nada. Después la invitaba a cenar a solas. Y ahora, además, mandaba a Ariana a dormir fuera.
Cada pieza le confirmaba más la sensación de que Lucas estaba preparando algo. Y no era nada bueno.
Parada frente al espejo, Astrid contempló su reflejo unos instantes. No porque estuviera nerviosa por la cena con Lucas, sino porque intentaba adivinar qué movimiento estaba planeando su marido.
El cambio de Lucas era demasiado repentino: las disculpas, la atención exagerada. Todo parecía parte de un plan más grande. Astrid conocía a Lucas desde hacía suficiente tiempo para saber que ese hombre nunca hacía nada sin un motivo.
"Estás tras algo, ¿verdad?", pensó Astrid.
Varias prendas descansaban sobre la cama. Acababa de probarse algunas opciones antes de decidirse por un vestido azul marino sencillo. No porque quisiera lucir bonita para Lucas ni impresionarlo, sino porque no quería despertar sus sospechas.
Si Lucas estaba interpretando el papel del esposo atento, Astrid también interpretaría el papel de la esposa que le cree.
Astrid exhaló despacio. Incluso abrió y cerró el armario varias veces solo para elegir qué ponerse.
Un gesto tan simple que hacía muchísimo tiempo no realizaba. Finalmente se decidió por el vestido azul marino. Ni demasiado elegante ni demasiado llamativo. Pero lo suficiente para verse fresca y con porte.
Astrid se arregló el cabello con calma. Su mirada quedó fija en su propio reflejo en el espejo. El recuerdo de las fotos de Lucas y Stella regresó a su cabeza. Después, la conversación que escuchó por accidente.
Mentira tras mentira que Lucas había cubierto durante años. Antes, con solo recordar todo eso el pecho se le comprimía. Pero ya no. Lo único que quedaba era la decepción y la determinación de protegerse a sí misma y a Ariana.
"Quiero ver hasta dónde vas a llegar con tu juego, Lucas", pensó Astrid. Tomó su bolso y salió de la habitación.
Al entrar a la sala, Lucas, que la esperaba, volteó de inmediato. El hombre se quedó callado un momento, la mirada detenida en Astrid.
El vestido azul marino hacía que Astrid se viera mucho más fresca que unos meses atrás. Su cuerpo, ahora bastante más delgado que tres meses antes, le daba una apariencia aún más estilizada. Lucas incluso se olvidó de apartar la vista.
Astrid notó la mirada distinta de su esposo. Esta vez no se sintió nerviosa ni halagada. Tampoco se le aceleró el corazón como antes. Astrid solo observó cómo Lucas interpretaba su papel.
—¿Qué pasa? —preguntó Astrid con una sonrisa tenue.
Lucas salió de su ensimismamiento.
—Últimamente has cambiado.
Astrid arqueó una ceja.
—¿Cambiado?
Lucas asintió.
—Ahora te ves mucho más bonita.
Astrid se rio quedamente.
—¿Qué clase de piropo es ese?
—Hablo en serio —la mirada de Lucas la recorrió de la cabeza a los pies—. Bajaste mucho de peso. La cara se te ve más fresca. Te ves más joven que antes.
Astrid sonrió brevemente.
—Gracias.
Fue toda la reacción de Astrid. No hubo mejillas sonrojadas. No hubo corazón acelerado, mucho menos esperanzas renaciendo. Porque el amor que alguna vez sintió por Lucas llevaba mucho tiempo muerto.
Lucas no se dio cuenta de nada.