En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.
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Capítulo 15
Capítulo 15
La casa de mi familia olía a lo de siempre: a cera de piso, a veladora y a viejo rencor.
Fui porque mi mamá me marcó llorando bajito. "Ven, mija, tu abuela anda mal." Y yo, tonta, todavía con la culpa metida en el cuerpo, fui.
Doña Otilia me esperaba en la sala, sentada en el sillón bueno, el que solo usaba para las visitas y para las escenas. Nico estaba tirado en el otro, con los tenis nuevos encima del brazo del sofá, jugando en el celular sin siquiera saludarme. Mi mamá, de pie junto a la puerta de la cocina, con las manos entrelazadas y los ojos rojos.
—Miren nada más quién se dignó a venir —dijo mi abuela, sin levantarse—. La señorita. La que ya no contesta las llamadas de su abuela.
—Buenas tardes, abuela.
—No te hagas la fina conmigo, muchacha. —Golpeó el bastón contra el piso—. ¿Es cierto lo que me contaron? ¿Que dejaste plantado a Diego Lascano? ¿Que le colgaste el teléfono al muchacho?
—Diego y yo terminamos hace meses, abuela. Usted lo sabe.
—¡Terminaron! —Soltó una risa seca, fea—. ¿Y quién te crees tú para terminar con un Lascano? ¿Ah? Una muerta de hambre, es lo que eres. Los Lascano te pagaron la carrera. Los Lascano nos iban a sacar del hoyo en el que nos dejó tu papá. Y tú, por tu orgullito, por tus humos, mandas todo a volar.
—Mamá... —empezó mi mamá desde la puerta.
—¡Tú te callas, Lucía! —El bastón otra vez—. Tú eres la culpable. La criaste blandita, con ideas. Mírala. Igualita a ti. Buena para nada más que para dar problemas. Al menos me diste a Nico, que ese sí es hombre y no me sale con tonterías.
Nico ni levantó la vista del celular. Sonrió apenas, satisfecho. Traía tenis nuevos, de los caros, de los que mi mamá no se compraba unos zapatos en dos años para poder pagárselos a él.
Yo sentí el calor conocido subiéndome por el cuello. Pero no bajé la barbilla. Ya no.
—Abuela, con todo respeto. Yo le voy a pagar a Diego cada peso de esa colegiatura. No le debo mi vida a nadie.
—¿Con qué? —Entrecerró los ojos—. ¿Con lo que te da el viejo ese de los Montalvo? —Se le torció la boca en algo asqueroso—. Ah, no me mires así. La gente habla. Dicen que andas de arrimada en esa casa. Que subiste de la noche a la mañana. —Se inclinó sobre el bastón—. Dime una cosa, muchacha, y dímela de frente. ¿Qué le estás dando tú a ese hombre para que te mantenga?
La sala se quedó en silencio.
Mi mamá se llevó la mano a la boca.
Y a mí se me acabó, de golpe, la paciencia de tres años.
—Trabajo —dije. Bajo, claro, sin temblar—. Le doy trabajo. Ocho horas al día. Y usted no me vuelve a hablar así en su vida.
Doña Otilia se puso de pie. Más rápido de lo que su teatro de anciana enferma permitía, como pasaba siempre que le convenía.
—¿Cómo me hablas? ¿En mi propia casa? —Le tembló la papada de coraje—. ¡Lárgate! ¿Me oíste? ¡Lárgate de aquí y no vuelvas hasta que sepas cuál es tu lugar! ¡Y no vengas a llorarme cuando ese viejo te use y te tire, porque conmigo no cuentas! ¡Ni tú ni la inútil de tu madre!
—Mamá, por Dios —dijo Lucía, y se le quebró la voz.
—Y tú te vas con ella, si tanto la defiendes. —Mi abuela le clavó el dedo—. A ver de qué viven las dos. Nico se queda. Nico es el único de esta familia que me respeta.
Miré a mi mamá. Encogida junto a la puerta, apretándose las manos, con cuarenta años de aguantar humillaciones metidos en los hombros.
Me acerqué a ella. La tomé del brazo, despacio.
—Vámonos, mamá.
—Pero, mija, tu abuela...
—Vámonos. —La miré a los ojos—. Usted no tiene por qué seguir oyendo esto. Ni yo. Ni un minuto más.
Y por primera vez en la vida, mi mamá se dejó llevar. Agarró su suéter del perchero, con las manos temblándole, y salió conmigo por esa puerta sin voltear, mientras doña Otilia gritaba a nuestras espaldas que nos íbamos a arrepentir, que volveríamos arrastrándonos, y Nico subía el volumen de su jueguito para no oírnos ni despedirnos.
En la banqueta, mi mamá se detuvo. Miró la casa, la fachada descascarada, la ventana de la sala donde todavía se movía la sombra de mi abuela. Cuarenta años ahí adentro. Y por fin, muy bajito, casi para ella sola, dijo:
—Debí sacarte de aquí hace mucho, mija. Perdóname.
La abracé en plena calle. No dijimos nada más. No hacía falta.
—
Esa misma tarde armé el paquete.
Lo hice en la mesa de la cocina de las Lomas, con doña Reme rondándome con un té de tila que yo no le había pedido y que igual me tomé. Metí en una caja todo lo que quedaba de Diego. La pulsera que me regaló en un cumpleaños y que nunca me gustó. El perfume que él escogía porque le gustaba a él. Un reloj. Dos, tres cosas más, cada una con su recuerdo agrio pegado.
Y encima de todo, un sobre.
Adentro, el comprobante de la transferencia. Trescientos cuarenta mil pesos. Completos. Hasta el último peso de esa colegiatura que me habían echado en cara tres años como si fuera una correa.
El dinero era el adelanto que él me había dado, más lo que llevaba ahorrado, más lo que me faltaba y que —tragándome el orgullo una sola vez, la última— le pedí prestado a él con la promesa de devolvérselo trabajando. No me hizo preguntas. Solo firmó el cheque y me dijo, bajito: "Ciérrale esa puerta, Camila. Y no la vuelvas a abrir."
Metí también una nota. Tres líneas, sin adornos.
"Diego: aquí está todo lo que te debía, con comprobante. No me debes tú a mí ni yo a ti. No me vuelvas a buscar. Camila."
Cerré la caja con cinta. La empujé hacia el borde de la mesa para que Saúl la mandara en la mañana.
Y me quedé ahí sentada, en esa cocina enorme y tibia que no era mía, con mi mamá dormida por fin en un cuarto de huéspedes de sábanas caras, con un gato de cono roncando en el sillón de la sala, con la casa de mi abuela y sus veladoras y su rencor quedándose atrás para siempre.
Debí sentir miedo. No tenía casa propia. No tenía familia, más que mi mamá. No tenía nada, en realidad, más que un trabajo prestado y un techo que no me pertenecía.
Pero no sentí miedo.
Me llevé la mano al vientre, sin darme cuenta, como venía haciendo últimamente sin querer.
Y fue justo entonces, con la palma abierta sobre el estómago, cuando doña Reme se paró detrás de mí con la charola vacía, me miró la mano, me miró la cara, y abrió mucho los ojos.
—Niña Camila. —Bajó la voz hasta el hilo, como quien dice un secreto en misa—. ¿Cuánto hace que no le baja a usted?