Luara creció como la humana entre lobos: sin loba interior, sin poder, sin lugar. Criada por una manada que la tolera pero no la quiere, aprendió a bajar la cabeza, a curar heridas ajenas y a no esperar nada para ella. Hasta que la luna decide lo contrario.
Cuando el vínculo de compañeros destinados la ata al Alfa más codiciado de la manada, Luara descubre que ser elegida puede doler más que ser ignorada: él la desprecia en público, la humilla delante de todos y la entrega a un destino que ninguna mujer debería aceptar. Pero la sangre que corre por sus venas no es humana. Es divina. Y hay un rey milenario —frío, posesivo, temido en todos los reinos— que llevaba siglos esperando a que ella despertara.
De esclava despreciada a reina de un imperio inmortal, Luara tendrá que decidir entre el lobo que la rechazó y el rey que mataría por ella. En el camino: traiciones que sangran, rivales que no perdonan, una guerra entre lobos y vampiros que amenaza con incendiarlo todo, y un amor tan feroz como peligroso.
Rechazada por el Alfa. Elegida por el Rey. Y a punto de descubrir que ella siempre fue la más poderosa de todos.
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PRÓLOGO
PASADO
Mucho antes de que los grandes reinos de los lobos levantaran murallas, antes de que los Alfas se disputaran el poder y antes de que la ambición convirtiera a las manadas en campos de guerra, solo existía el equilibrio.
Desde lo alto del Reino Celestial, la Diosa de la Luna contemplaba el mundo que había ayudado a crear. Cada noche, su brillo iluminaba bosques, montañas y ríos. Era ella quien guiaba a los lobos durante las cacerías, consolaba a los solitarios y bendecía a las parejas destinadas.
Aunque la adoraban como a una divinidad, había un vacío que ningún templo lograba llenar.
Conocía cada oración pronunciada en su nombre, pero nunca había sentido la lluvia rozarle la piel. Nunca había caminado descalza por la tierra, nunca había oído de cerca el sonido de una cascada, nunca había abrazado a alguien sin que existiera una distancia entre diosa y mortal.
Su mayor deseo era simple.
Quería vivir.
Quería sentir.
Quería amar.
Una mañana dorada, encontró al Dios Sol en el jardín celestial. Su resplandor hacía florecer las flores por donde pasaba.
—Te noto inquieta.
Ella sonrió.
—Porque lo estoy.
—¿Qué deseas?
Respiró hondo antes de responder.
—Quiero bajar a la Tierra.
El Dios Sol arqueó una ceja.
—¿Como una diosa?
Ella negó con la cabeza.
—No. Como una loba cualquiera. Quiero vivir como ellos viven. Quiero descubrir si el mundo es tan hermoso como parece desde aquí.
El silencio se adueñó del jardín.
Después de unos instantes, el Dios Sol sonrió.
—Si ese es tu deseo, te lo concedo.
Ella lo miró, sorprendida.
—Pero hay una condición.
—¿Cuál?
—Mientras estés entre los mortales, no tendrás tus poderes. No serás inmortal. No podrás intervenir como diosa. Serás apenas una loba más viviendo entre humanos y licántropos.
Ella no dudó.
—Acepto.
Esa misma noche, una luz plateada envolvió su cuerpo.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba tendida en medio de un bosque.
Por primera vez, sintió el viento.
El perfume de los árboles.
El frío de la tierra.
El canto de los pájaros.
Sonrió como una niña que descubre el mundo.
Días después, la encontraron los patrulleros de la Manada Luna de Sangre.
El Alfa de aquella época era respetado por todos los reinos. A ojos de cualquier visitante, aquella manada parecía un lugar acogedor. Ella recibió abrigo, comida y un hogar.
Durante los primeros años, creyó haber tomado la decisión correcta.
Hizo amistades.
Aprendió las costumbres.
Trabajó al lado de los demás.
Rio.
Lloró.
Vivió.
Pero bastaron unos pocos años para que la verdad empezara a asomar.
Detrás de las sonrisas había mentiras.
Detrás de las promesas había codicia.
A los lobos más débiles los explotaban.
A los omegas los trataban como inferiores.
A los humanos los cazaban solo por diversión.
Quien osaba discrepar de las órdenes del Alfa desaparecía sin dejar rastro.
Cada injusticia le lastimaba el corazón.
Intentaba ayudar con discreción, pero sin sus poderes no era más que una loba cualquiera.
Fue durante un invierno crudo cuando todo cambió.
Mientras caminaba por el bosque recogiendo hierbas medicinales, encontró a un hombre inconsciente cerca del río.
Era humano.
Estaba herido.
Cualquier otro lobo le habría quitado la vida en ese mismo instante.
Ella no.
Lo llevó a una cabaña abandonada y curó sus heridas durante días.
Cuando por fin despertó, lo primero que hizo fue darle las gracias.
Sin miedo.
Sin prejuicios.
Sin saber quién era ella en realidad.
La bondad de aquel hombre la sorprendió.
Los días pasaron.
Las visitas se hicieron frecuentes.
Conversaban durante horas.
Él le enseñaba a sembrar.
Ella le enseñaba qué hierbas curaban las enfermedades.
Él se reía de sus propios chistes.
Ella descubrió que le gustaba aquel sonido.
Por primera vez, sintió que el corazón se le aceleraba por alguien.
No era devoción.
No era admiración.
Era amor.
Los años pasaron deprisa.
Construyeron una casita apartada de la manada.
Vivían con sencillez.
Ella jamás reveló su verdadero origen.
No hacía falta.
A él le bastaba con saber que era la mujer de su vida.
Cuando descubrió que estaba embarazada, corrió a darle la noticia.
Él la hizo girar en el aire, embargado por la felicidad.
Durante meses hicieron planes.
Eligieron un nombre.
Soñaron con el futuro de su hija.
Pero la felicidad despierta la envidia hasta en los corazones más crueles.
La noticia de que una loba llevaba el hijo de un humano se esparció por la Manada Luna de Sangre como fuego en pasto seco.
Los ancianos llamaron abominación a aquella criatura.
El Alfa decretó que ninguna sangre humana debía sobrevivir.
Esa noche, decenas de guerreros rodearon la pequeña casa.
El hombre luchó hasta el último instante.
Aun siendo apenas un humano, se enfrentó a lobos mucho más fuertes para proteger a la mujer que amaba.
Ella gritó.
Suplicó.
Intentó impedirlo.
Pero ya era tarde.
Ante sus ojos, el hombre cayó cubierto de sangre.
Antes del último suspiro, le tomó la mano con dificultad.
—Salva... a nuestra hija...
Esas fueron sus últimas palabras.
En ese instante, algo murió dentro de ella también.
Sin mirar atrás, se llevó las manos al vientre ya pesado por el embarazo y corrió por el bosque mientras los lobos la perseguían.
Tenía que sobrevivir.
Tenía que proteger a la criatura.
Aunque eso significara renunciar a su propia felicidad.
Las contracciones empezaron antes del amanecer.
El dolor le atravesaba el cuerpo mientras corría por el bosque, tropezando entre raíces y piedras. La sangre le escurría por las piernas, pero seguía adelante. Detrás de ella, los aullidos de los guerreros de la Manada Luna de Sangre se acercaban cada vez más.
No podía detenerse.
No mientras su hija aún respirara dentro de su vientre.
Después de caminar sin fuerzas durante horas, divisó una pequeña casa de madera escondida entre los árboles. Allí vivía Jorge, el Beta de la manada, junto a su compañera, Marina. A diferencia de los demás, los dos eran conocidos por su bondad y jamás habían estado de acuerdo con la crueldad que dominaba a la Luna de Sangre.
Fue allí donde su cuerpo no resistió más.
Cayendo de rodillas, dio a luz a una hermosa niña bajo el brillo de la luna.
En cuanto oyó el primer llanto de la criatura, las lágrimas le corrieron por el rostro.
—Mi pequeña... mi milagro...
Aun exhausta, envolvió a la recién nacida en una manta, le besó la frente y le susurró:
—Tu nombre será Luara.
Con las últimas fuerzas que le quedaban, acomodó a la niña dentro de un pequeño cesto de paja.
Se acercó a la puerta de la casa de Jorge y Marina.
Sentía que el corazón se le partía en mil pedazos.
Ella quería criar a esa niña.
Quería verla dar sus primeros pasos.
Oír su primera palabra.
Abrazarla cada vez que tuviera miedo.
Pero sabía que, si se quedaba allí, su hija moriría junto con ella.
Se arrodilló ante el cesto y acarició con delicadeza el rostrito de la bebé.
—Perdóname... algún día entenderás por qué tuve que marcharme.
Golpeó tres veces la puerta.
Sin esperar a que alguien abriera, corrió de vuelta hacia el interior del bosque, atrayendo la persecución lejos de la criatura.
Pocos instantes después, Jorge abrió la puerta.
Su mirada se posó en el pequeño cesto.
Al levantar la manta, vio a una recién nacida durmiendo plácidamente.
Marina se llevó las manos a la boca, conmovida.
—Jorge... es apenas un bebé...
Él miró hacia el bosque oscuro y comprendió que alguien había hecho el mayor sacrificio que una madre puede hacer.
Sin decir una palabra, tomó a la criatura en brazos.
—A partir de hoy... será nuestra hija.
En ese mismo instante, los guerreros de la Luna de Sangre alcanzaron a la mujer.
Ya no le quedaban fuerzas para huir.
Rodeada por decenas de lobos, permaneció de pie.
El Alfa se acercó despacio.
—¿Dónde está la criatura?
Ella sonrió por primera vez desde la muerte del hombre que amaba.
—Nunca la encontrarán.
El rostro del Alfa se contrajo de odio.
—Digan dónde está.
Ella alzó la mirada hacia la luna.
—Mi hija vivirá.
—Mátenla.
Las espadas le atravesaron el cuerpo.
La sangre tiñó la hierba.
Caída en el suelo, respiraba con dificultad.
Su visión empezaba a apagarse.
Aun así, encontró fuerzas para pronunciar su última promesa.
—Yo... juro... ante la Luna eterna... que todo el mal de esta manada será destruido. Cada corazón perverso será juzgado. Ningún inocente pagará por los pecados de los crueles... y mi hija vivirá para ver un nuevo amanecer.
Su último suspiro abandonó sus labios.
El cuerpo de la mujer quedó inmóvil sobre la tierra.
Pero su alma regresó a los cielos.
En el instante en que recuperó su verdadera forma, la luna brilló como jamás había brillado.
Las nubes se oscurecieron.
El viento rugió sobre todo el bosque.
Entonces, la Divinidad de la Luna abrió lentamente los ojos.
Ya no había tristeza.
Solo justicia.
Alzó una de sus manos.
Un inmenso fulgor plateado cubrió toda la Manada Luna de Sangre.
Ráfagas de luz descendieron del cielo como el mismísimo juicio divino.
Las casas de los perversos fueron consumidas.
Los guerreros que mataban por placer se volvieron ceniza.
Los traidores desaparecieron.
Los codiciosos ardieron bajo la luz de la misma luna que un día dijeron honrar.
Cuando el silencio se adueñó del bosque, solo quedaron con vida los de corazón puro.
Entre ellos estaban Jorge y Marina, abrazados a la pequeña Luara.
Desde lo alto de los cielos, la Diosa de la Luna contempló a la niña por última vez.
Una leve sonrisa asomó en sus labios.
—Vive, hija mía... algún día, el mundo conocerá a la verdadera heredera de la Luna.
Y esa noche, sobre las cenizas de la antigua Manada Luna de Sangre, nació una nueva esperanza.
A partir de aquel día, ese lugar pasaría a conocerse como Manada Luna de Plata. Allí, Luara crecería sin imaginar que llevaba en su sangre un poder capaz de cambiar el destino de todo el Reino de los Lobos.