Laura murió después de descubrir la verdad.
Durante diez años, su esposo Manuel y su supuesta mejor amiga, Ariana, la engañaron, destruyeron sus sueños y estuvieron detrás de la tragedia que acabó con su familia. Protegidos por el poder de los Betancourt, nunca pagaron por sus crímenes.
Pero Laura despertó diez años atrás.
Esta vez conoce sus secretos. Sabe quiénes son. Sabe lo que harán.
Y no piensa volver a ser su víctima.
Para derrotarlos necesitará el mismo poder que una vez los protegió. Por eso pondrá sus ojos en Don Álvaro Betancourt, el padre de Ariana.
Se convertirá en su amante.
No por amor.
Por venganza.
Laura no vino a negociar. Regresó para destruirlo todo, aunque tenga que quemar su propio corazón en el camino.
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Que ella lo escuche
Esa primera semana me mudé al departamento. Mis padres estaban encantados: la residencia universitaria les parecía la mejor noticia, un ahorro de tiempo y dinero, una oportunidad para que me enfocara en mis estudios. Me felicitaron, me abrazaron y hasta me ayudaron a cerrar la maleta pequeña con la que me fui. No sabían que no me iba sola. No sabían que me iba a la guarida del hombre que sería mi arma.
Álvaro no faltó ni un solo día. Estuvimos juntos todas las noches, entregados el uno al otro, él más perdido cada vez, yo más firme en mi plan. Hasta que llegó el jueves.
Estábamos recostados, su cabeza sobre mi pecho, y lo miré a los ojos:
—Álvaro… ¿soy importante para ti?
Me acarició la mejilla sin dudar:
—Claro que lo eres, Laura. Más de lo que imaginas. ¿Por qué lo preguntas?
Tomé aire, reuniendo toda la determinación que llevaba dentro:
—Porque quiero que me lo demuestres. Quiero saber que con tu esposa ya no existe nada. Necesito sentirme libre, sin sombras, sin dudas.
Se incorporó un poco, confundido:
—¿Y cómo quieres que lo haga?
Lo miré directo a los ojos:
—Llámala. O si ella llama, no cuelgues. Dile que tienes a otra mujer. Que ella ya no significa nada. Y que nos escuche cuando estamos juntos.
Abrió los ojos con sorpresa:
—¿Estás segura de lo que pides, Laura?
Sonreí, acercándome a su oído, con voz coqueta y firme:
—No dirás mi nombre, si eso te preocupa. Pero yo… yo sí puedo gritar el tuyo.
Soltó una risa baja, oscura, complacida:
—No hay ningún problema. Quizás esto me ayude a liberarme de ella de una vez por todas.
Esa misma noche ocurrió. Estábamos juntos, perdidos el uno en el otro, cuando el teléfono sonó sobre la mesa de noche. Su nombre aparecía en la pantalla: Rosalía.
—No cortes —le susurré—. Ponlo en altavoz. Que nos escuche.
Me miró con chispa de desafío:
—Eres traviesa… y diabólica.
Pero obedeció. La voz de ella llenó la habitación:
—¿Álvaro? Ya van cuatro días que no vienes a casa. ¿Dónde estás?
Él no se detuvo. Me besó el cuello mientras respondía con frialdad:
—¿Y cuál es el problema?
—¿Qué estás haciendo? —la voz de Rosalía temblaba—. Se escuchan ruidos…
—¿Qué te importa? —respondió él, sin dejar de acariciarme.
—Soy tu esposa —reclamó ella—. No puedes tratarme así.
—Ya te he dicho que quiero el divorcio —cortó él, con una crueldad que me heló pero que celebré por dentro—. Ya no siento nada por ti. ¿Qué más da?
—Álvaro, por favor… —empezó ella, pero yo no la dejé terminar.
En el momento justo, cuando él me abrazó con fuerza, solté un gemido claro y dije su nombre, alto y nítido:
—¡Álvaro!
—¿Qué estás haciendo? —gritó Rosalía, horrorizada—. ¡Estás con otra! ¡Eres un infeliz!
—Cállate —le dijo él al teléfono, sin detenerse—. Ya no me importas.
—¡Me traicionas! ¡No tienes vergüenza! —lloraba, gritaba, maldecía—. ¡La desprecias a ella y me desprecias a mí! ¡No valoro nada lo nuestro!
Pero nada de eso importaba. Álvaro estaba poseído por la pasión, por el riesgo, por la emoción de lo prohibido. Sabía lo que le gustaba: la intensidad, el peligro, la sensación de desafiarlo todo. Y qué mayor desafío que hacernos el amor mientras su esposa escuchaba, impotente, al otro lado de la línea.
De repente se escuchó un golpe seco y la llamada terminó. Ella había colgado.
—Que se vaya —murmuró él contra mi piel—. Que se entere. No me importa.
Y seguimos. Esa fue la noche más intensa de todas. No había límites, no había miedo. Nos entregamos con una furia desbordada, él demostrando su libertad, yo cobrando cada ofensa, cada lágrima de mi familia. Grité su nombre una y otra vez, sabiendo que ella quizás aún escuchaba. Y él me respondía, me poseía, me juraba que era suya y de nadie más.
Cuando terminamos, caímos juntos, agotados. Él me abrazó, satisfecho:
—Eres increíble… nunca sentí nada igual.
Pero yo miraba hacia la pared, en la penumbra, y sonreí para mí misma.
¿Quién lo diría? ¿Quién sospecharía que la mujer que lo ha llevado a destruir su hogar es la misma que su hija llama mejor amiga? Que la que lo hace olvidar su nombre es la hija de los que ustedes intentaron borrar?
Me acurruqué en su pecho, fingiendo ternura, mientras por dentro saboreaba el momento.
—Lo hice por ti —susurré—. Para que sepas que solo te quiero a ti.
Me besó la frente:
—Lo sé, mi amor. Y jamás te lo agradeceré lo suficiente.
Pero la verdad era otra: no lo hice por él. Lo hice por ella. Por Rosalía, la madre de Ariana, la mujer que había permitido que su esposo usara su poder para destruir a la mía. Ahora ella sentía en su propia carne lo que era perderlo todo. Y esto era solo el principio.
es increíble como puede manipular así
espero con ansias los siguientes capítulos
con esa familia , y no termines vos perdiendo tu vida en una trampa de ellos 🤔😕