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Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Status: Terminada
Genre:CEO / Oficina / Reencuentro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:792
Nilai: 5
nombre de autor: Rafaella Sol

Heloísa aprendió a levantarse antes del amanecer, a tomar dos trenes con la vianda en el bolso y una hija dormida en la memoria, a sonreír con la dignidad de quien no le debe nada a nadie. Seis años atrás, un matrimonio se le deshizo entre las manos y una familia poderosa la borró del mapa como quien limpia una mancha. Ella sobrevivió. Se reconstruyó. Enterró aquel nombre para siempre.

Hasta la mañana en que ese nombre volvió a aparecer en la pantalla de su computadora: Vicente Vasconcelos, el nuevo presidente de la empresa. Su exmarido. Su jefe. Y a su lado, una prometida embarazada del brazo y una sonrisa afilada.

Pero hay algo que no encaja. Un osito de peluche gastado que Heloísa juraría reconocer. Una niña de ojos oscuros que la huele y susurra que "huele a mamá". Un hombre de hielo que, de repente, guarda el aroma de un jabón descontinuado y pide "por favor" por primera vez en su vida. Cuanto más intenta Heloísa mantener las distancias, más se derrumban los muros que tardó seis años en levantar… y más cerca queda de una verdad que alguien enterró junto con todo lo demás.

NovelToon tiene autorización de Rafaella Sol para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

POV: Heloísa

El jardín Estrelinha quedaba en una casa de esquina con portón azul, a dos calles del departamento que yo compartía con Dandá. Era pequeño, olía a crayones y a jugo de guayaba, y era el lugar más seguro que yo conocía en el mundo.

Cuando llegué, ya pasaban de las siete. Bel me vio del otro lado del portón y vino corriendo, los tenis parpadeando una lucecita roja a cada paso.

—¡Mamá! ¡Mamá, hoy aprendí por qué el cielo se pone naranja en la tarde! ¿Quieres que te explique? —Bel tenía cinco años y la cabeza llena de preguntas demasiado grandes para su tamaño.

Isabel, en los papeles. Bel para todo el mundo. La adopté hace muchos años y desde entonces es mi hija, la que yo elegí y que, claro, también me eligió a mí.

—Claro que sí, mi amor. Me explicas en el camino. —La alcé en brazos, aunque la espalda me reclamara las dos horas de tren que al día siguiente me esperaban a la inversa. Ella me enroscó las piernitas en la cintura y encajó el mentón en mi hombro, como hacía desde chiquita, y el olor a crayón y a su champú de fresa deshizo un poco el nudo que había traído de la oficina.

—Es por el polvo —empezó, seria, un dedito en el aire—. Lo dijo la maestra. La luz del sol pega en el polvo y el polvo se come el azul y queda el naranja. ¿Sabías eso, mamá?

—No lo sabía. Eres más inteligente que yo.

—Ya sé. —Lo dijo con la mayor naturalidad, y me reí por primera vez desde que aquel nombre había aparecido en mi pantalla.

Dandara apareció en la puerta secándose las manos en un trapo, el delantal todavía atado a la cintura. Dandara Alves, dueña de la Estrelinha, mi amiga desde que el mundo se me había venido abajo la primera vez y ella había sido la única en sostener los pedazos. Me conocía demasiado bien. Le bastó con verme la cara.

—Para todo. —Le entregó a Bel la mochila y me apuntó con el mentón—. ¿Qué cara es esa? Pasó algo en el trabajo.

—Después te cuento.

—Me vas a contar ahora, porque ya veo que no es cosa de un recibo.

Mandé a Bel a escoger una paleta del botecito de la recepción, el soborno de siempre, y me acerqué a Dandá. Hablé bajo, la voz saliéndome más temblorosa de lo que quería.

—Volvió. Vicente. Es el nuevo presidente de Aurora. Hoy tuve que hacerle el alta. La de él y la de la prometida. Embarazada.

Dandara se quedó callada un instante, cosa rara. Se enredó el trapo en las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—El desgraciado de tu exmarido —dijo al fin, despacio, como quien confirma una grosería—. Apareció embarazado de otra delante de ti.

—La que está embarazada es la prometida, Dandá.

—Para mí es todo la misma desgracia. —Me jaló hacia un abrazo rápido y apretado, de esos que no preguntan si pueden. Sentí el olor a café y a masa de pastel en su pelo, el olor de la Estrelinha entera—. Hoy no haces la cena. La hago yo. Tú te bañas y te acuestas.

—Dandá, ya te pasaste el día con treinta niños.

—Y aguanto una más que tiene treinta y pico y cara de haber visto un fantasma. No te hagas. —Me empujó suave por el hombro hacia Bel, que ya volvía chupando una paleta verde y sacándole la lengua de ese color a todo el mundo desde el portón.

En casa, Dandá preparó unos fideos instantáneos mejorados con huevo y Bel comió contando tres historias a la vez. Las cuentas estaban pegadas con un imán en el refrigerador, todas con la fecha de vencimiento volteada hacia adentro, como si no mirarlas las hiciera desaparecer. El alquiler compartido, la luz, la consulta de Bel. Yo hacía las cuentas de cabeza el día entero y nunca cerraban, pero comíamos, reíamos, y la niña dormía calientita. Por hoy bastaba.

Bañé a Bel, le puse la pijama de unicornio, me acosté con ella en la cama de abajo de la litera. Le conté el cuento de la estrella que se perdió del cielo y una niña la encontró. Se durmió antes del final, como solo duermen los niños, de golpe, confiando en que el mundo seguirá entero cuando despierte. Me quedé con la mano en su espalda un rato, sintiendo la respiración subir y bajar bajo mi palma, contando con ella sin querer.

Después fui a la cómoda y abrí el último cajón, debajo de mis cosas, donde guardaba lo que no se podía dejar a la vista ni tirar a la basura.

Una foto de un bebé recién nacido, los ojos aún cerrados, envuelto en una manta de la maternidad. Fue la única que me dieron. No llegué a tenerla en brazos despierta, no llegué a darle un nombre que quedara. Me dijeron que no había resistido, me dieron esa foto y un papel para firmar, y después de eso vinieron meses que casi no recuerdo. Una casa a oscuras. Dandá golpeando la puerta todos los días, obligándome a comer, obligándome a levantarme. Mucho tiempo hasta que busqué ayuda de verdad, demasiado tiempo. La llegada de Bel a mi vida fue lo que me trajo de vuelta a la superficie.

Al lado de la foto, una medallita de protección, plateada, del tamaño de una uña. La había comprado para colgarla en la cuna. Nunca hubo cuna. Así que se quedaba ahí, en el cajón, conmigo. La plata se había oscurecido en los bordes con los años, y yo nunca la pulí, por miedo a gastar con ella lo poco que guardaba.

Pasé el dedo por la foto una vez, como se toca algo que no puede romperse más de lo que ya se rompió. Guardé todo. Cerré el cajón.

No había lágrimas. Hacía tiempo que no las había. Solo un peso conocido, que subía y bajaba con la respiración, y que ya sabía cargar sin dejarlo desbordar delante de nadie.

Hoy me había preguntado por la criatura. "¿La criatura está bien?" Como si tuviera algún derecho a preguntar. Él no sabía nada. No estuvo ahí aquella noche, no contestó el teléfono aquella madrugada. De todas las personas del mundo, era la última que podía preguntarme por una criatura.

Me acosté al lado de Bel y tomé el celular para apagar la alarma de las cuatro y media.

Tenía una notificación nueva. Del sistema interno de Aurora Tech.

La abrí en automático.

"Estimada Heloísa Ribeiro: por indicación directa de la presidencia, ha sido designada como responsable del acompañamiento integral del alta y la integración del equipo del Sr. Vicente Vasconcelos, con efecto inmediato."

Por indicación directa de la presidencia.

Me había atado a su lado antes incluso de que terminara el primer día.

Bel

Dandara

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