Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 24: Un refugio bajo la tormenta
El restallar de un trueno sacudió el cielo nocturno, rasgando la negrura del bosque imperial con un destello violeta. La lluvia caía con una furia descontrolada, transformando el camino de tierra en un lodazal intransitable. A mitad del trayecto hacia la residencia de descanso de la corona, un crujido seco y violento detuvo en seco la marcha del carruaje real: el eje trasero se había partido y una de las ruedas de madera fina yacía destrozada bajo el peso de la estructura.
Adentro, Vivianne se sostuvo de las manijas de seda para no salir despedida. El pánico de los lacayos afuera era evidente bajo el rugido de la tormenta, pero antes de que la guardia real pudiera reaccionar, el galope rítmico de una pesada caballería cortó el viento.
La portezuela se abrió de golpe, revelando la silueta imponente de Stefan. El agua escurría por las solapas de su abrigo oscuro, y sus ojos carmesí brillaban con una urgencia salvaje. Sin mediar palabra, extendió sus brazos y sacó a Vivianne de la cabina, envolviéndola en su propia capa de viaje. La subió a su corcel negro y, guiando a su guardia personal, cabalgó adentrándose en la espesura del bosque, hacia los terrenos de una antigua cabaña de caza de su propiedad.
Al cruzar el umbral del refugio de madera rústica y piedra, el ruido del mundo exterior se redujo a un eco lejano. El espacio era pequeño, íntimo y austero, impregnado del aroma a madera de pino y resina. Stefan trancó la pesada puerta y, de inmediato, se arrodilló frente a la chimenea para encender las astillas de leña. En pocos minutos, las llamas comenzaron a lamer los troncos, arrojando una luz dorada y titilante que ahuyentó las sombras.
Vivianne permanecía de pie en el centro de la estancia, temblando levemente. El vestido de gala carmín estaba parcialmente humedecido, y los bordados de plata se sentían fríos contra su piel.
Stefan se puso de pie y se acercó a ella con pasos lentos, despojándose primero de su chaqueta húmeda. Sus ojos se fijaron en los hombros descubiertos de la princesa, donde el frío había erizado su piel. Con una lentitud inusual en él, casi temerosa de romper la fragilidad del momento, extendió sus manos grandes y curtidas para ayudarla a deslizar la pesada capa empapada fuera de sus hombros.
—Estás helada —murmuró Stefan, y su voz barítona ya no arrastraba el tono cortante de la corte; sonaba baja, áspera por la contención, pero impregnada de una devoción absoluta.
Tomó un lienzo limpio y seco que descansaba junto al fuego. Por primera vez, el temido Monstruo del Norte despojó sus movimientos de cualquier rastro de violencia, revelando una ternura ruda y conmovedora. Se situó detrás de Vivianne y comenzó a secar su largo cabello oscuro con delicadeza, mechón por mechón. Sus dedos largos se enredaban en las hebras húmedas con una suavidad extrema, rozando apenas la nuca de la princesa.
Esa cercanía física, libre de los corsés del protocolo y de las miradas de los traidores, hizo que la máscara de frialdad de ambos se desmoronara por completo. Vivianne echó la cabeza hacia atrás, entregándose al cuidado de esas manos que sabía letales, pero que con ella se volvían un bálsamo. El eco místico en su sangre despertó, ya no con el dolor de la advertencia, sino con un latido cálido, arrullador y profundamente apasionado que exigía más.
Se giró despacio para quedar frente a él. La luz del fuego delineaba las facciones angulosas de Stefan, suavizando la rigidez de su mandíbula. Vivianne alzó las manos y, con una audacia que le encendió el pecho, tocó las cicatrices de las manos del duque, antes de subir por sus brazos y delinear el cuello de su camisa.
—Stefan... —susurró ella, buscándole la mirada de obsidiana a carmesí—. Aquí no hay imperios que gobernar. No hay consejos que persuadir. Solo estamos nosotros.
Los ojos del duque se encendieron con un fuego líquido y hambriento al escuchar la confesión de la princesa. No pudo contenerse más. Rompiendo la última distancia que los separaba, Stefan la tomó por la cintura con firmeza, levantándola levemente para pegarla a su pecho firme, mientras sus labios buscaban los de ella en un encuentro que borró el pasado y el futuro de un plumazo.
El beso comenzó con la urgencia de dos almas que habían cruzado el umbral de la muerte para encontrarse, pero pronto se transformó en una entrega rebosante de un amor puro, posesivo y desbordante. Stefan la guio con cuidado hacia la alfombra de pieles frente a la chimenea, donde las sombras danzaban al compás de las llamas.
Los destellos de esa noche se grabaron a fuego en la memoria de la Regente: el roce de la seda blanca desprendiéndose de su piel bajo la guía de unas manos temblorosas por el deseo, el calor del aliento de Stefan recorriendo la curva de su cuello mientras pronunciaba su nombre como un juramento sagrado, y la entrega absoluta de sus cuerpos bajo el arrullo de la tormenta. No había estrategia en sus movimientos, solo una adoración mutua que unificó sus latidos en una sola melodía de placer y devoción. El lobo salvaje del norte se había entregado por completo a su reina, y Vivianne, protegida por el calor de sus brazos, supo que su alma pertenecería a ese hombre por el resto de la eternidad.
felicidades por tus novelas.